30 de julio de 2012

Los amores del Zorzal

 

De Tangocity

 Los amores del Zorzal

  
Los amores del Zorzal

   No fueron pocas las mujeres que sucumbieron a la mentada pinta de Carlos Gardel. El Morocho del Abasto tuvo féminas de barrio, una “madama” de lupanar y acaudaladas señoronas. Más allá de los amoríos, ninguna recibió tanto cariño, idolatría y veneración como doña Berta, su “Viejita”.

   Siempre, los ídolos populares vivos o muertos, están rodeados de una aureola de misterio que procura, por lo general con relativo éxito, preservar los pormenores de su íntima vida amorosa. Las certezas y las habladurías alimentan el imaginario colectivo, que como si faltaran nombres y situaciones, suele inventarlas. Y un personaje como Carlos Gardel, de ninguna manera podía ser la excepción. Es probable que no existan registros con rigor histórico de sus andanzas de adolescente, porque recién con la notoriedad y la fama fue virtualmente imposible ocultar sus preferencias y sus escarceos. Además allá por 1916 con jóvenes 26 años a cuestas, sobrellevaba un peso de 118 kilogramos que lo obligaron a frecuentar el gimnasio, trotar y practicar pelota vasca bajo la atenta mirada y la supervisión del catalán Enrique Pascual, ex luchador grecoromano, kinesiólogo, boxeador, violinista y bandoneonista que atendía en YMCA (sigla en inglés de la Young Mens Christian Association). En sus incursiones como cantor debutante en cafés y restaurantes de la zona del Abasto y luego en lujosos cabarets, Gardel rindió sus primeros exámenes de efímeros romances.
   Terminaba 1913 cuando Razzano, para que se hiciera de unos pesos, lo llevó a cantar a un lupanar de la calle Viamonte  que regenteaba Madame Jeanne. El éxito fue notable y terminaron la noche en el Armenonville donde vocalizaron juntos y fueron llevados en andas por los concurrentes, entre los cuales estaba Jorge Newbery acompañado por varios amigos de la alta sociedad porteña. Los dueños del local quedaron tan fascinados, que contrataron al duo por 70 pesos, comida y bebidas a discreción por cada noche y Gardel, por entonces con 23 años, respondió que por esa plata cantaba y lavaba los platos. Fue el nacimiento de Gardel-Razzano y del romance entre el Zorzal y la madama, también apodada Ritana.
   Corría 1921 y de manera fortuita, Gardel quedó impactado por una jovencita de solo 14 años, al verla cruzar la esquina de Carlos Pellegrini y Sarmiento. Como se estilaba por aquellos tiempos, pidió que se la presentaran. Se trataba de Isabel Martínez del Valle, quien vivía con su madre viuda y varios hermanos. Al día siguiente el astro que ya era bastante conocido y con buenos ahorros, fue a almorzar con ella y su familia que de ninguna manera se opuso al romance pese a que la niña, de llamativo cuerpo y profundos ojos negros, era menor de edad. Gardel tenía 31 años y vivieron en concubinato por más de 12 años en una casa de Corrientes al 1700 sin descuidar la vivienda que compartía con doña Berta en Rodriguez Peña 451. Ireneo Leguisamo, mito viviente del turf al que Gardel era adicto, supo decir que ninguna mujer, como Isabelita, había dejado huellas tan profundas en el alma del cantor.
   La pareja durante un tiempo compartió techo con Doña Berta y la relación no prosperó porque ella no estaba muy conforme por la diferencia de edades, y por la enorme influencia que ejercía la familia de la piba, que permanentemente reclamaba dinero y obsequios. Isabel se enteró de las incursiones de su amado por la pensión de Ritana y un día decidió encarar a la madama que hablaba un español afrancesado. Ella reconoció que Gardel era su amante y que al cantor le había regalado un perrito pekinés (¡el mismo que Gardel le obsequió días después a Isabelita!). Eran tan firmes las evidencias, que la adolescente exigió a su amado que optara, recibiendo como explicación que solo se había tratado de una aventura intrascendente. La niña supo contar a sus íntimos que recibió como respuesta el consabido “…vos sabes gorda, que este grone te quiere solo a vos y nunca te olvidará ni te cambiará por otra”. La historia, ese implacable testimonio de la realidad, demostró que Gardel siguió con las dos.
   Corría 1931 cuando el Zorzal viajó a Francia, acompañado por Isabel, quien tenía el objetivo de estudiar canto en Milán con la profesora Gianina Ruzz. Allí se trasladaba el astro en los intervalos de sus actuaciones y esa ocasión de lejanía fue propicia para que le encomendara a su viejo amigo, el periodista Edmundo “Pucho” Guibourg, que hablara con Isabel para encarar el punto final de la relación, deteriorada por las ingratitudes y la prepotencia de la familia. En una carta a su administrador Armando Defino, Gardel le dice “Se acabaron las subvenciones mensuales y bajo ningún concepto debes darle un centavo más… quiero trabajar para mí, para poder darle una situación a mi viejita y para poder disfrutar con cuatro amigos viejos el trabajo de treinta años. Estoy dispuesto a no hacer más tonterías. La de Isabel y Cia. será la última (…) Si siguen cargándome se quedarán sin el pan y sin la torta. Que elijan”. Todo esto no impidió que tras la tragedia de Medellín, Isabel asumiera el papel de viuda, se unió en el dolor y en el luto a doña Berta y con frecuencia se las solía ver, juntas, en el cementerio de la Chacarita.

   Dentro de ese entramado que conformaban Isabel y la veterana madama Jeanne -o Ritana- durante su paso por Francia, Carlitos intimó con la matrona Sally Barón Wakefield, hija de Bernhard Baron, quien le había dejado una herencia que allá por 1929 se estimaba en cinco millones de libras, una cifra abrumadora para aquellos tiempos. Además, era dueña de la fábrica de cigarrillos Craven, razón por la cual sus íntimos la llamaban Madame Chesterfield. Ella, que se daba lustre con la amistad de Gardel lo distinguió con finas atenciones y apoyo monetario para la realización de sus películas. El matrimonio Wakefield ganó mucho dinero con los filmes y le cedían al Zorzal una enorme mansión en Niza, a donde solia aposentarse junto a su amigo Ireneo Leguisamo. La millonaria, de acuerdo con lo que sostienen algunos historiadores era norteamericana. Esta sexagenaria, si tenemos que hablar de presentes fastuosos supo regalarle un imponente auto negro con sus iniciales en oro colocadas en las puertas como así también una cigarrera del mismo metal con el monograma hecho en brillantes, pieza que está en poder de un coleccionista particular. La coupe Chrysler blanca modelo ‘31 única en Buenos Aires, fue también un regalo de los Wakefield y Gardel la usó hasta 1933.
   Asimismo entre sus conquistas de la ciudad luz aparece el nombre de Gaby Morlay, actriz de renombre con mansiones en París y en Niza que eran asiduamente visitadas por el cantor. Igual suerte tuvo en España con la tonadillera Teresita Zazá y una tal Blanquita, de Barcelona. Ni siquiera viajando Gardel perdía el tiempo: en el barco que lo llevaba de regreso a Buenos Aires entabló relación con una vedette que estaba noviando con un conocido deportista argentino: Gloria Guzmán, a quien consideraban la más bella de los escenarios porteños. Ambos artistas, según refieren los memoriosos de la época, compartieron muchas cosas durante la navegación pero al llegar al puerto cada uno volvió a sus menesteres. También ciertos historiadores refieren la convivencia que tuvo en 1925 con una joven brasileña que en 1923 viajaba en el mismo barco hacia Europa. Existe una carta de ella -la paulista Elsa Braga- que nunca llegó a manos del Zorzal, pues quedó en poder de una persona que recibía su correspondencia.
   Gardel y la actriz argentina Mona Maris, estrella de Hollywood donde trabajó con Gary Grant Y Humphrey Bogart, tuvieron una relación tan breve como intensa, dado que compartieron cinco semanas en Nueva York filmando Cuesta Abajo y la simpatía era recíproca, hasta el punto de plantearse la realización de otros filmes. Después de separarse, llegado 1935 Mona Maris se encontraba en el Hotel Savoy de Londres cuyo maître, gran admirador de Carlitos tuvo que darle la triste noticia de su muerte. Fue tal el impacto que según lo relatara la actriz, estuvo recluida, casi un mes sin comer.
   Un diario madrileño hizo alusión a la vedette Perlita Greco como novia del artista. En declaraciones periodísticas la dama supo afirmar que “A veces he pensado que él no quiso de veras a ninguna mujer, que su única y verdadera pasión era su madre”. Y en Montevideo, cuando corría 1937 apareció otra novia de Gardel, Magalí de Herrera, quien se dedicaba a la declamación cuando le dejaba tiempo libre su ocupación de manicura.
   Gardel las prefería latinas y bellas, aunque no le disgustaban las europeas consideradas frías. Tomando en cuenta sus amoríos y devaneos, de poco le debe haber servido ser compañero de dormitorio de Ceferino Namuncurá, hoy santo, estando pupilos en el Colegio Salesiano Pio IX entre 1901 y 1902.
   En el diario El Nacional de Bogotá, edición del 18 de junio de 1935, seis días antes de su ingreso a la inmortalidad, se publicó un reportaje a Gardel. Entre otras cosas, le preguntaron si era partidario del divorcio.
   “Debido a mi carrera -respondió- no soy partidario del casamiento”.

                                                                                        GONIO FERRARI

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