14 de septiembre de 2012

PROTESTAR CON RESPETO Y SIN MIEDO NO ES PARA PONER NERVIOSO A NADIE.

   No había ómnibus especiales, contratadas y onerosas estrellas de la música, cartelones políticos ni gremiales, punteros barriales ni los que iban arriados como rebaño por el sánguche y la coca más unos pesos en sus bolsillos.
   No se escuchaban bocinas de esas que atruenan conectadas a garrafas de aire comprimido, alucinante pirotecnia ni discursos histéricos, amenazantes, sobreactuados o estentóreos.
   No había pancartas identificatorias de grupos, sectores o pandillas ideológicas.
   Solo algunos imaginativos carteles de protesta, creados por el proverbial ingenio cordobés que se viene acostumbrado a tomar con humor hasta las situaciones más adversas y dramáticas.
   Había, si, muchas banderas argentinas.
   Chicas, medianas y grandes.
   De papel y de tela.
   Elaboradas artesanalmente y de esas que ondean en los triunfos deportivos.
   Inofensivas ollas, cacerolas, tapas, cucharas y todo lo que sirviera para hacerse escuchar sin amedrentar.
   Ingredientes simples, domésticos, insustituibles, como las conmovedoras y maravillosas voces de una democracia que se aproxima a los 30 años de su histórica recuperación.
   Había fervor de sentirse juntos, respetuosamente y codo a codo, igual que cuando hubo que salir a la calle para recordarles a los delirantes y trasnochados que por más que se hicieran fuertes en sus cuarteles, ellos nunca más.
   No ocurrió tan solo en Córdoba, sino que esta actitud de auténtica rebeldía y descontento se multiplicó en toda la geografía nacional, provocando casos -aunque muchos se empeñen en negarlo- de una explosión en la demanda y el consumo de Valium.
   No era puntualmente por el cepo del dólar, por la presión impositiva, por el autoritarismo de muchos, por la obsecación de otros, por la ceguera de tantos, por la prepotencia sindical ni por el corralito fronterizo.
   Era por todo; por la incertidumbre y por la amenaza de fragmentación social.
   Ordenadamente, sin insultos, peleas ni situaciones desagradables o censurables y una desconcentración ejemplar.
   Lo que no había, de ninguna manera, era miedo.
   Ese miedo que los argentinos, allá por 1983, empezamos a perder.
   Que a nadie se le ocurra reimplantarlo.


Gonio Ferrari