26 de octubre de 2012

QUIERO PEDIRLE A D'ELIA QUE TOME A MIS HIJOS EN ADOPCIÓN

Por allí me hago a la idea que Lanata es la versión masculina de Lilita Carrió.
             La actitud de permanente denuncia no es la adecuada, mientras esa conducta marketinera no se complemente con la propuesta superadora emergente del intercambio de ideas, vivencias y un sincero y desapasionado análisis de posibilidades.
             Aquella vieja costumbre de llevar agua para el molino propio en nada ha cambiado a uno de los más acendrados deportes de los argentinos: esa enfermiza moda de descalificar al prójimo en lugar de sacar a relucir la propiedad de algún mérito auténticamente logrado.
             La Sra. Carrió se cocinó en la propia salsa de su agresiva verborragia y el creador de aquel suceso editorial ahora transformado en un virtual Boletín Oficial de la Nación está corriendo el mismo riesgo, empujado por esa embriagante sensación que sin dudas aporta el rating, al que también se vienen rindiendo mansamente los funcionarios seducidos por la sensualidad del poder.
             Y en ese jueguito perverso de coquetear primero a través de la civilizada expresión de protesta que fueron en sus comienzos los piquetes, se destacaron dos personajes que con el tiempo tomaron distintos caminos ideológicos y abrazaron la prepotencia, cada uno a su manera, para consoilidar las posiciones populares y los espacios políticos alcanzados. Porque Castels anda inspirando más lástima que adhesiones y D'Elía más odios que seguidores desinteresados.
             Es probable que ellos nada tengan que ver, cuando estamos hablando de Carrió y de Lanata, a todos los cuales une e iguala su inclinación por las metamorfosis que en el terreno ideológico argentino, nacional y popular, dejaron de ser la excepción para llegar a su mágica transformación en costumbre.         
             No es una mescolanza que se me pueda ocurrir, sino un retrato al paso de esta realidad que recoje devociones oportunistas cuando de por medio hay ventajas, prebendas o favoritismos que ofenden la angustia lacerante de los que esperan en vano. Alimentarse de la teta del Estado -de cualquier manera con excepción de sus genuinos y necesarios dependientes- es todavía una lamentable rutina a la que apelaron sin pudor y sin medida todas las corrientes del pensamiento afin (y en algunos casos no) a los gobiernos de turno.
             Pero si lo de Lanata y Carrió se acerca al escándalo que ambos suponen es un buen negocio, lo de D'Elia roza dos aspectos muy diferentes como lo son el delito por una parte o el ridículo por impunidad, si lo evaluamos desde el ángulo de un escenario de crisis.
             Tener a toda la familia conchabada en un organismo de humillación, menosprecio y escarnio contra una mayoría de jubilados nacionales que solo merece respeto y agaradecimiento, es una afrenta a la decencia y al sentido común, porque el sueldo de cada uno de los hijos del ex piquetero devenido en funcionario, equivale por lo menos a diez mensualidades de un pasivo, con el agravante que quienes dejaron jirones de su vida en el cumplimiento de sus tareas a lo largo de tantos años, debieron sacrificiarse para llegar a esto, que los exagerados y demagogos le llaman "beneficio".
             Beneficio es para la Flia. D'Elía, que embolsa mensualmente medio centenar de sueldos de los pasivos nacionales.
             Mis dos hijos fueron precoces, fervientes, ejemplares y comprometidos laburantes. En definitiva, si no estuviera seguro que ellos me repudiarían por la actitud, se los ofrecería en adopción al patriota de D'Elía, quien ahora a partir del diálogo pretende expiar sus culpas y su vocación de violento, juzgado y condenado patotero.

                                                                                                                                                                                                                 Gonio Ferrari