16 de abril de 2013

EL ESCONDRIJO DE LA VERGÜENZA





   Tiempo atrás era casi normal esconder a los locos, a los deformes, a los leprosos, a todos aquellos seres humanos con los que Natura se había quedado sin imaginación  ni argumentos a la hora de hacerlos atractivos o al menos no tan impresentables.
   A ese resultado del pensamiento y el espíritu de una sociedad hipócrita que pregonaba y pregona igualdades y abomina de “lo anormal”, todavía lo observamos y padecemos con una vigencia espectacular.
   Los muros, las pantallas y los biombos se hicieron siempre para separar; para aislar, para negar o al menos esconder.
   Por eso ahora a los pobres infelices que se amontonaban en Bell Ville, los han llevado a distintos lugares no para atenderlos mejor, sino para esconderlos; para que no los vean; para que las cámaras no cometan el sacrilegio ni el mal gusto de mostrarlos y desnudar una realidad que pocos se preocupan por atender y menos de superar.
   Porque esos enfermos no son los enfermos que se quedan en la cama, toman los medicamentos, piden la chata o el papagayo, conversan entre ellos, se duermen cada noche y seguramente no se privan de soñar.
  
Estos enfermos, esos locos, no son autoválidos y sus casos no se resuelven con tres enfermeras para cien pacientes, sino que requieren atención especial y personalizada, contención fuera de lo común y cuidados totalmente distintos a los demás pacientes.
   Aquí el presupuesto se desgrana en onerosa, machacante e inoportuna publicidad política pregonando logros en otros aspectos como caminos, escuelas, puentes, etc. pero los dineros no alcanzan cuando se trata de ofrecer alguna calidad de ¿vida? a los que padecen entre la mugre, el abandono del Estado y el olvido de los parientes.
   Y como los malos políticos siempre tienen una desencajada sonrisa y un argumento para justificar su propia inoperancia y su mal disimulada indiferencia, enfrenten las cámaras con su arsenal de gastadas promesas y su estudiado manual de la demagogia.
   Pero de soluciones integrales, ni hablemos.
   Siempre triunfa la cultura del remiendo.
   Como ahora, que tener a 200 locos juntos representa un peligro nacional e internacional para cualquier aspiración política a mediano plazo.
   Entonces e intentando que el bulto del escándalo sea menos impactante y perjudicial para esos intereses, hay que fraccionar a esas víctimas indefensas, separarlas, disolverlas…
   Y si las pueden esconder, mejor.
   Como ahora lo están haciendo sin siquiera ponerse colorados.