14 de mayo de 2013

DERECHOS HUMANOS Y TORTURAS VARIAS




  Hasta no hace mucho tiempo, escuchar hablar de torturas nos erizaba los pelitos de la nuca y no era ser poco hombre aplaudir con las rodillas cuando nos enterábamos de alguna situación vivida, incluso por desconocidos, tanto en los aguantaderos militares como en las que se dio en llamar “cárceles del pueblo”.
   Dejando de lado ese engendro repugnante que le dicen “la teoría de los dos demonios”, el sufrimiento aplicado por el hombre a sus semejantes era igual de doloroso y cobarde si la víctima abrazaba cualquier bandería política o disímiles y utópicos fanatismos ideológicos.
   La historia universal es espantosamente generosa al recordarnos los instrumentos con los que se torturaba: aplastacabezas, cuna de Judas, desgarrador de senos, doncella de hierro, garrote vil, potro, empalamiento, azotes, lapidación, gota china, submarino, bolsa plástica, picana eléctrica, simulacro de fusilamiento y para qué seguir mencionando más elementos que el hombre utilizó para dar rienda suelta a su vileza o la de quienes los gobernaban.
   Y así como los tiempos cambian, la imaginación y la tecnología han hecho que los genios del mal incorporen a sus pésimas costumbres, otras maneras de torturarnos, haciendo del respeto por los derechos humanos nada más que un liviano motivo de oportunismo y barata mercancía electoralista.
   Porque también son torturas el despojo a los jubilados que todo lo merecen; el sometimiento del que son víctimas algunas comunidades aborígenes; la postergación a los sectores no alineados con el poder central; el suplicio de la marginación a quienes piensan diferente al modelo gobernante; el sometimiento político de la Justicia; la insuperable inseguridad; el incontrolable narcotráfico; la selectiva prepotencia sindical; la descalificación a la prensa así no sea independiente o el endeudamiento internacional.
   Tormentos son asimismo las mentiras e injusticias, la corrupción estructural, devaluar y desprestigiar al opositor, quebrar la necesaria igualdad de oportunidades o inclumplir a sabiendas las promesas que se multiplican al amparo de la demagogia.
   Y cualquiera de los martirios apuntados, de los que la historia ha dado y sigue aportando ejemplos, la dinámica tecnológica que tanto está contribuyendo al progreso de la Humanidad, ha implantado con certeza y sin proponérselo, una nueva y lacerante manera de imponer angustia y aflicción, por intermedio de la represión y del desenfrenado y potencialmente inhumano autoritarismo fiscal.
   Así como los implacables señores feudales, que asolaban la comarca universal con sus exigencias y los castigos que imponían por incumplimiento, la voracidad de un Estado malgastador y dispendioso que internacionalmente se disfraza de opulento, viene practicando un peligroso estilo apoyado por la inquietud y la zozobra que trasunta con sus presiones, sus amenazas de ejecución y otros apremios que en lugar de aportar tranquilidad, sumergen a buena parte del pueblo en la inseguridad con miras a un incierto futuro.
   La intimidación, que es una mentira sin patria ni noble origen, no es otra cosa que el fracaso de la cordura cuando naufragan los argumentos y groseramente se derrumba aquella demagogia.
   Y pasa a ser una bravata que solo sirve para poner en evidencia la debilidad política, la falta de ideas, el olímpico desconocimiento de la realidad o es la piedra fundamental de una tiranía.
   Roguemos que no lo sea y que solo estemos viviendo un superable espejismo, porque si esto es el horizonte que nos prometieron, es preferible quedarnos en donde estamos y no avanzar ni un solo paso.
   Porque con un salto al vacío de la incertidumbre, las torturas actuales nos pueden llevar al atraso y a la temida desintegración social, cuyos símbolos son aquellos viejos y desusados instrumentos de suplicio que nadie merece padecer.
   El peligro es doble, porque el Pueblo está -estamos- en el medio de una sorda lucha entre intereses políticos y grupos con apetencias económicas y vocación hegemónica, que jamás han tolerado una derrota.
   No hay ángeles, inmortales ni santos en una vereda ni en la otra.