22 de mayo de 2013

EL FUTBOL, LANATA Y LOS NERVIOS





Parece imposible, mirando de soslayo y a primera vista, que tuvieran mucho que ver elementos tan disímiles como el fútbol, el colega Jorge Lanata y los nervios.
Sin embargo, estos últimos días han servido para demostrar que contra todas las suposiciones, no es poco lo que los une y de acuerdo como vienen las cosas, van a permanecer durante un tiempo -al menos hasta octubre- en un triángulo amoroso de impredecibles consecuencias.
Uno de los partícipes fundamentales de esta historia es el fútbol, juego mágico, pasión de multitudes, empresa altamente rentable en muchos casos, vehículo de enriquecimiento de los malos dirigentes y de pobreza para muchos clubes y algunos buenos jugadores; ámbito de encerrada violencia alimentada por la droga y el dinero conseguido sin esfuerzo, con el ineludible mecanismo de la prepotencia y la amenaza de los bravucones del apriete.
Desgranando ideas y cercanos recuerdos todavía resuenan aquellos conceptos oficialistas que preferían ignorar la existencia de PPT en la noche de cada domingo, noche de fútbol, restándole hasta una menos que mínima trascendencia como espacio que mereciera la atención del televidente.
En pocas palabras, lo de Lanata no era para inquietar a nadie y sí para embriagar de placer a los destituyentes, caceroleros, sojeros, prensa amarilla, fachos y traidores a la Patria como se considera a todo aquel que no comulga con los postulados del modelo nacional y popular.
Otro de los pies de este trípode es el obeso y barbado creador de Página 12 que si bien viene cayendo en ciertas evitables sobreactuaciones y algunas imprecisiones, meticulosamente se ocupa de intentar (porque lo suyo es solo un intento) correr el velo de impunidad que proteje a grises personajes más emparentados con el delito que con el gobierno.
Esto, porque los funcionarios, de por sí, siempre fueron impunes.
Y el otro gran protagonista, el más necesitado de un buen maquillaje y mayor atención, es el nerviosismo equivalente a la pérdida de la calma para mostrar la hilacha de una intolerancia difícil de disimular.
Porque aquello que no inquietaba al gobierno, que no le provocaba ni cosquillas y por ende tampoco reacciones, ha mutado de la intrascendencia, a ser cuestión de Estado al punto de aniquilar viejas costumbres, como por ejemplo, de ver fútbol en la tarde-noche del domingo.
Y el costosísimo Fútbol para Todos ha pasado a ser un artilugio preelectoral, el deporte una mercancía ofensiva, lo que era un juego ahora es un arma.
¿A dónde fue a parar aquella indiferencia oficial frente a las denuncias de Lanata?
Porque la verdad sea dicha, si solo fuera cierto y se comprobara el cinco por ciento de las acusaciones, revestiría una enorme gravedad institucional que a toda costa, incluso a costa del fútbol, se pretende minimizar.
Es allí donde entra a tallar el otro partícipe necesario de este sainete que también es nacional y popular, porque ocupa la atención del todo el país: los nervios.
Solo alguien que ha perdido la calma, demuestra sentirse acorralado y resuelve situaciones con criterio imprudente y peligroso, termina por empujar a los espectadores a trasnochar, con problemas de transporte e inseguridad, alterando lo que desde muchos años atrás ha sido un rito; una religión.
Ponerse nerviosos ahora y cometer sacrilegio contra una vieja costumbre que sí es nacional y popular, desnuda un alarmante síntoma de debilidad política, desconfianza en los acusados por corrupción y es aumentar las expectativas que pueden tener los próximos capítulos de Periodismo para Todos, lo que seguramente agradecerá Lanata mientras tiemblan los que tienen sucio el tugget.
Es preferible fumar y fumar sabiendo que hace daño, a ingresar al universo de la dependencia de los ansiolíticos.
Como para anunciar lexotanil para algunos … y algunas.