4 de junio de 2013

¿PARTIDOS POLITICOS O ELENCOS ESTABLES?




Suele provocarme una dulce y cívica conmoción ver en noches y madrugadas y frente a muros o postes en cualquier sector de la ciudad, el meduloso y sacrificado compromiso que asumen los militantes políticos pegando carteles o pintando consignas.
Esa es -y posiblemente equivale a los palotes en la escritura- la primera materia que rinden los jóvenes con aspiraciones a ingresar en los vericuetos de la política argentina y lo hacen con la felicidad pintada en sus rostros, por encima del engrudo o los colores dibujándoles el destino en las manos y en la cara.
El romanticismo, el fuego sagrado de esos muchachos y muchachas es capaz de demoler los muros de alguna incomprensión familiar, o el consejo de los viejos y desganados ciudadanos que cada vez se alejan más del empeño por participar.
Tal el escenario visto desde un ángulo, y la otra visión de la realidad que nos muestra un panorama desalentador cada vez que se aproximan los momentos cruciales de integrar las nóminas de candidatos a cualquier elección ya sea general, o para la renovación de bancas legislativas.
Así como en las calles de Córdoba nos maravilla la pasional entrega de los casi adolescentes, generosos a la hora de jugarse por una idea o un proyecto, es también un duro golpe a nuestra sensibilidad, advertir que a la hora de conformar las boletas, los cargos más importantes están ocupados por los de siempre.
Los Schiaretti, los Negri, los Caserio, los Giacomino, los Aguad, los Nicolás o los muchos otros, (porque no es cuestión de nombres sino de apetencias) nos muestran el patético resultado que se obtiene cuando los partidos políticos se transforman en elencos estables, llevados por esa sensualidad del poder a la que tanto se apegan aquellos que la vienen gozando desde tiempo inmemorial.
Al final queda flotando la duda si lo que existe por parte de esos eternautas es el compromiso con la gente, la continuidad de la buena vida o las ansias de estar amparados por fueros que les garanticen la libertad.
Y allá, en los predios de las postergaciones, siguen quedando cientos de jóvenes, de todas las banderas, que a lo mejor reciben un nombramiento público, algún subsidio o nada, total fueron en su momento calificados como descartables.
Nadie propone que de jardinero o de chofer se pase a millonario, pero que por lo menos aquellos que ya están de vuelta; que más de una vez demostraron ser penosamente inoperantes, se dejen de joder oficiando de tapones a las inquietudes de los que empezaron pegando carteles y pintando paredes y ahora es legítimo que quieran progresar en los espacios de la política.
Que entiendan que están viejos para esos trotes y que su mal disimulada envidia por la juventud ajena no les turbe la mente, y tengan la grandeza de permitir el lucimiento de las generaciones que pugnan por ser parte del futuro, y no desperdiciados espectadores.
Pueden decir -y ya los estoy escuchando- que en el periodismo pasa lo mismo, pero no es así, porque al menos en lo personal me encanta el piberío nuevo, los muchachos y las chicas que lucen su capacidad en los medios, mientras los mayores no les pongamos trabas a su desarrollo profesional y personal.
Los egoísmos y las posturas “artísticas” deben quedar de lado, como homenaje a una juventud impetuosa, ávida de crecimiento, hermanada con el imparable avance de la tecnología, que es lo que les hará posible construir un porvenir que ellos se merecen.
Los políticos viejos, gastados, previsibles y pasados de moda, no tienen ningún derecho a dilapidar un futuro que no es de ellos.
Porque cuando era de ellos, lo dilapidaron puntillosamente.
Por eso estamos así.