12 de agosto de 2013

CON VENCEDORES Y ¿CONVENCIDOS?


No siempre todo es según el cristal a través del cual se mira, cuando la disminución visual llega a nivel de bastón blanco, que es la opción menos aconsejable y más peligrosa.
Observando los resultados desde el punto de vista geográfico, aparecen claros indicativos que muestran al oficialismo nacional ganando en las provincias más castigadas por la pobreza, pero electoralmente sostenidas con planes, subsidios, bolsones y toda la variedad que ofrece el asistencialismo.
Es probable que sea un análisis elemental y primario, alejado de los enciclopédicos estudios de las consultoras y los gurúes, pero nadie puede negar que es la más cruda realidad.
En el único nivel que se lo niega en un delirante desafío a la insobornable exactitud de las matemáticas, es desde la cúpula del poder que pretende el milagro de la conversión de una derrota en victoria porque bien sabemos que todas las derrotas son huérfanas.
Nadie desde arriba supo ni quiso escuchar los avisos del descontento -para hacerlo hay que tener grandeza- que se hicieron ver y oír en las protestas cuyos mentores y asistentes se alejaron de las conducciones de una oposición casi ausente que solo trabajaba hacia adentro, en su búsqueda permanente de consolidar espacios propios.
La soberbia cimentada en un legítimo 54 por ciento desoyó también el clamor que generaban la pobreza, la inflación, la inseguridad, la corrupción, la prepotencia de empeñarse en imponer el discurso único, que es el ADN de la intolerancia y del autoritarismo.
En nuestra patria chica la reacción del electorado no fue muy distinta, porque aunque algunos soñadores de Puerto Madero lo piensen a la inversa, en el interior inteligente el vidrio ha dejado hace tiempo de ser parte de la nuestra alimentación.
Lo preocupante, lo ofensivo, lo riesgoso con miras al futuro, es el empecinamiento de un triunfalismo apolillado que ve blanco lo que es negro, o niega con necedad política un escenario social contundente que es el mejor consejero, la brújula indiscutible si de modificar el rumbo se trata.
Los agoreros de las ideologías, los vendedores de eternidades, los aplaudidores de los errores, esos que consideran traidores a la patria a todos los que piensan distinto, debieran tener la grandeza antes que nada, de reconocer haberse equivocado.
No quiero que pidan disculpas los mercachifles del humo ni los “periodistas militantes”, patéticas marionetas de un carnaval al que ellos mismos le robaron la alegría.
Pero al menos, que modifiquen sus conductas porque deben terminar con el palmear de espaldas cuando hay errores, basándose en un porcentaje que en su momento fue abrumador, pero que ahora adelgazó hasta menos de la mitad.
Más que muecas desagradables y forzadas, a veces el silencio de la prudencia y del respeto se impone como la actitud más piadosa.
Este domingo, también en Córdoba fue una fiesta.
En las fiestas nunca falta un mago que de la galera saque un conejo.
O una coneja.