17 de septiembre de 2013

PRIMERO ORDENAR ADENTRO Y DESPUÉS BARRER AFUERA



Siempre que una fuerza de seguridad, si por tal se tiene a la policía, ha significado parte de un botín político o partidario, las tramas internas han sido el dique de contención para la operatividad hacia fuera.
Existe un tácito reconocimiento, seguramente llevado de la mano de la improvisación y de apuro en plena campaña proselitista, en el sentido de comenzar ahora a transparentar como si todo, hasta hoy, hubiera sido parte de las oscuridades de algún sector del poder que es donde se esconden el delito y su principal aliada que es la impunidad.
Seguiremos con la vieja, ajada, impropia e inútil costumbre argentina del remiendo por encima de la audacia creativa, del progreso, de la honestidad funcional que nos permita a los cordobeses -como parte del cacareado cordobesismo- volver a la casi olvidada costumbre de la tranquilidad.
Porque la seguridad no es tan solo sentirnos protegidos de los ladrones, asaltantes, arrebatadores, secuestradores reales o virtuales, narcotraficantes, violadores, estafadores, mecheras o carteristas, sino que merecemos salir a las calles y a las rutas con la saludable certeza de volver sin contratiempos, porque el amparo de la prevención es el primer paso (eso de “primer paso” me suena) en el camino que conduce a la seguridad.
Pero si los patrulleros no tienen nafta, el personal no alcanza, trabajan deprimidos por los bajos salarios, están semidormidos porque debieron cumplir con adicionales para llegar a la dignidad del sueldo o no tienen uniformes, es para pensar que tenemos una policía que como en los tiempos dictatoriales se ocupaba de cuidarse hacia adentro relegando a la comunidad a su suerte.
Si sigue siendo repetido paisaje ver a los coches de la fuerza estacionados frente a las comisarías preparados como para un desfile mientras los barrios esperan patrullaje, eso no ha servido nunca ni ahora tampoco sirve ni servirá jamás, porque la policía en la calle, a la vista, circulando y no estacionada en lugares previsibles, es lo que ahuyenta a los enemigos de la ley.
Y en lo que se refiere a la prevención de accidentes, la realidad muestra que tenemos una Policía Caminera exclusivamente diurna, porque solo en escasas ocasiones se la ve en las rutas cuando comienza a oscurecer y solo suelen estar en inútil y pasiva actitud observadora, a pocos metros de las cabinas de peaje como si la función primordial para la que están fuera proteger ese negocio y no a los automovilistas.
Un hecho preocupante es reconocer ahora, recién ahora porque el número de muertos en los caminos cordobeses es escalofriante, que hubo tolerancia policial hacia el excesivo consumo de bebidas alcohólicas de los que manejan y se anuncia pomposamente eso de la “tolerancia cero”, estilo que no debió quebrantarse jamás.
Todos estos aspectos y más aún, los vinculados con la gestión decente, honesta y eficiente dentro de un ambiente con las modernas tentaciones por su cercanía con los mercaderes del vicio -droga, juego, sexo, alcohol y otros- hace que los descarriados en la familia policial resalten más que los sacrificados, honestos, postergados, arriesgados y profesionales de alma con que cuentan sus filas.
Cuando en los medios son más las noticias que involucran a policías en prácticas delictuales que el número de hechos esclarecidos, es porque algo está podrido dentro de la institución.
Una podredumbre que coloca a todos en la incómoda e injusta sospecha generalizada.
Por supuesto que hay buenos policías y héroes inolvidables.
Pero también están los otros, los que nuestra sociedad no merece y es necesario erradicarlos cuanto antes, escarbando en sus antecedentes y sin importar los padrinazgos ni pagos de favores.
Ordenar y adecentar adentro y después barrer afuera.
Y mientras no se implante como hace tiempo la sociedad lo reclama, una genuina política integral de seguridad, de nada servirán la incorporación de tecnología, el mejor armamento, los chalecos antibalas más seguros, la flota de vehículos, los helicópteros y los aviones; las comunicaciones, las sofisticadas cámaras callejeras, la actuación de los “buchones”, las partidas de gastos reservados y el fervor de los buenos, si los malos avanzan ayudados por la desorientación, el empecinamiento y la ignorancia de la realidad en la que están anotados muchos políticos.
Y no me vengan con endurecer las leyes, porque las leyes están y solo es necesario que se respeten, se apliquen y se controle su cumplimiento.
Mientras la preocupación institucional de la policía sea más hacia adentro que hacia fuera, nada de lo que se pretenda hacer servirá.
Ni siquiera los cambios en la conducción, para seguir igual.
Esto no es ser escéptico ni apocalíptico. 
Basta con ser cordobés.
Y memorioso.


GONIO FERRARI