27 de octubre de 2013

“EL POTRO” QUE ES RECUERDO




   Allá por septiembre del ’55 fue que comenzaba la temporaria decadencia política -no ideológica- de un hombre militar de raza que tuvo y aplicó una visión renovadora en el contrato social entre gobierno y pueblo.
   Juan Domingo Perón, “El Potro” para sus seguidores devenidos luego en fanáticos, fue el artífice de la nacionalización de ferrocarriles, teléfonos, flota fluvial, etc. pero también quien en nombre de una nueva manera de gobernar ahondó el abismo entre el capital y el trabajo, se peleó con la Iglesia, captó a una juventud (incluyendo a Nelly Rivas) olvidada por el poder y sucumbió a la fuerza y al ímpetu arrollador de María Eva Duarte, su segunda esposa, acerca de quien se me ocurre pensar, respetuosamente, que no comulgaba con la derecha vernácula importada de Europa.
   Tras su exilio, el frustrado regreso poslanussista y su reinstalación en la Casa Rosada, se encontró con un país que ni por lejos era el mismo que había dejado 18 años atrás; con fracturas en su propio movimiento y una feroz lucha por espacios que desde la izquierda, buscaron fisurar su base fundacionalmente derechosa que tuvo su sangrienta exteriorización en Ezeiza.
   Ya con terceras nupcias en su espalda y después -para su posterior arrepentimiento- de haber fogoneado a Montoneros y otras organizaciones de armas llevar, la ruta se llenó de baches que fue tapando con tierra mientras la violencia ganaba las calles y los argentinos tuvimos que incorporar secuestros, bombas, traiciones y asesinatos a nuestra por entonces tranquila habitualidad.
   Perón murió físicamente, le ocuparon el sillón a medias entre una Isabelita políticamente analfabeta y un Lopez Rega ideológicamente desmesurado y a ese impúdico cóctel tuvimos que beberlo a sorbos todos los argentinos, pese a su raíz formalmente constitucional.
   Fueron ellos -para ayudar ahora la desmemoria de muchos- los auténticos parteros del terrorismo de Estado; los disparadores de una etapa sangrienta y penosamente memorable y que sería pernicioso repetir y tampoco olvidar, porque fue en nombre del peronismo que se perpetraron las malas costumbres de la muerte, el daño y la rapiña.
   Con un solo ejemplo basta: el peronista José Ignacio Rucci fue asesinado por otros que se decían peronistas.
   Más tarde la solución que el pueblo clamaba con desesperación vino de la mano de aquellos iluminados por la venganza, la angurria de poder, el crimen organizado y la consagración de su propia impunidad, hasta que el fervor etílico de un “patriota” acosado por el “scotch” y sus delirios, nos llevó a la derrota en una guerra tan inútil como inoportuna, porque para sus alocados mentores era la única llave que les abría la puerta de la continuidad.
   No quedaba otra que las urnas o la guerra civil; ganó y asumió Alfonsín, el brazo sindical del peronismo no lo dejó gobernar, las corporaciones económicas y la ruleta financiera alimentaron la inflación, desde el mal peronismo inventaron los saqueos, los nostálgicos de los cuarteles quisieron volver y el artífice de nuestro regreso a la democracia debió adelantar la entrega del poder, en tiempos que no era fácil ejercerlo porque los chicos malos con uniformes todavía tenían armas y toda la logística necesaria para amargarnos la vida una vez más a diferencia de la actualidad, que Chile nos puede invadir con los zorros grises de Santiago.
   Carlos Saul I de Anillaco en nombre de su renovado y ferviente peronismo nos vendió el espejismo de una transformación que seguimos pagando en dolorosas cuotas de pobreza y marginación, permitió que en Miami, Gstaad o en la Costa Azul compartiéramos hoteles con los jeques árabes y consolidó el milagro a plazo fijo de hacernos sentir casi ricos y practicantes del ahorro.
   Cuando se derrumbó la perversa estructura que había edificado Cavallo para el enriquecimiento elitista de muchos empresarios ligados con el poder, surgió quien con humor era designado “Ese lentísimo prescindente de la Nación”, socavando su autoridad a través de situaciones ridículas y el ataque a mansalva de la oposición de entonces -mayoritariamente peronista- que optaba por la ofensa al amparo de la irrestricta libertad de expresión, en tiempos que la pauta publicitaria oficial no se utilizaba, como ahora, para los premios y los castigos.
   De la Rua, el helicóptero, 27 muertos y 100 heridos quedaron como apocalíptica imagen de los desencuentros que se venían y si mal no recuerdo, sus principales protagonistas y cada cual a su manera, se autotitulaban peronistas y así desfilaron frente a la Biblia figuras como Ramón Puerta, Adolfo Rodriguez Saa, Eduardo Camaño y Eduardo Duhalde, más para el libro Guinnes de récords que para la historia nacional.
   Y fue precisamente el dueño del conurbano bonaerense, el mismo que forjó a costa de todo el país su reparación histórica, quien inventó la casta pingüinera a la que consideraba incontaminada y químicamente pura, de lo que en poco tiempo no terminaría ni ha terminado aún de arrepentirse.
   Con la bandera de los derechos humanos que no era solo del peronismo (¡vaya ironía!) sino de todos los argentinos que antes la había rescatado Alfonsín, dejaron atrás los nubarrones de su propia historia de haber aplaudido, por ejemplo, el decreto de los indultos o de consolidar patrimonios con maniobras poco claras, para lanzarse a la aventura de gobernar apoyados en el endeudamiento, la soberbia, la demagogia y el discurso único que transforma en traidor a la patria a todo aquel que ose pensar distinto.
   Y también lo hicieron enarbolando el estandarte de Perón, el Gran Muerto, aunque nuestra izquierda intelectual y concheta es tan volátil que en su curiosa amplitud llega a ser una clara expresión de fascismo con el acné de su risueña adolescencia.
   Por eso el aislamiento actual con el peronismo histórico, el de la justicia social masiva y no selectiva; el de la cultura del trabajo por encima del subsidio; el de la salud pública para todo el país, sin que su geografía se acote a las grandes ciudades; el de la economía que iguala hacia arriba y no presiona hacia abajo; el de la soberanía real alejada de las actitudes meramente teatrales e inútiles.
   Si hasta los símbolos más caros al respeto peronista han ido a parar al arcón de los recuerdos, la marchita partidaria es historia, los retratos desaparecieron, los nombres para homenajear hospitales, plazas, calles, pasajes, estaciones de trenes o justas deportivas ya no se usan o mejor dicho tienen sus reemplazantes vivos o muertos …
   Perón murió y se llevó consigo las banderas, el estilo y una impronta inimitable, salvo que hubiera sido recreada a través del ejemplo por el que no muchos se inclinaron, creyéndose dueños de la verdad y de los estandartes ajenos.
   Es patético que la actualidad neoperonista endiose a quien fuera solo su secretario privado, aplicado, obediente y temporario representante del general-lider exiliado en Madrid y que accediera al poder no por ningún mérito reconocido salvo el de abrir las puertas de las cárceles, con votos que le prestara Perón.
   Han pasado 30 años desde que el peronismo luchaba por el sillón de Rivadavia y ahora debe conformarse, quemar colorida pirotecnia y salir a festejar un premio consuelo, ayudado como en el caso de la lectura de los números de esta elección, por su particular y caprichosa interpretación de las matemáticas.
  Es probable que esta síntesis pueda ser calificada como una enfermiza manifestación de gorilismo, pero debo asegurar que no es tal, sino simplemente un intento de evocación cercano al memoricidio por aquello tan sabio que sostiene que “la única verdad es la realidad”.
   Lo más veraz de todo, es que Perón ya no está y por tal causa, así está eso que los nostálgicos pese al viraje ideológico le llaman “peronismo”.
   Perón murió.
   Y nunca faltan los tocadores de oído, pícaros irrespetuosos, ventajeros, imberbes y estúpidos que siguen arrastrando cajones.

Gonio Ferrari
Periodista casi en reposo