24 de octubre de 2013

OTRA VEZ AQUEL “POR LAS DUDAS”



   

Tiempo atrás, cuando la inflación diaria nos castigaba sin misericordia y a decir verdad con mayor salvajismo que en la actualidad que es moderada aunque se la niegue, vimos nacer una modalidad en la aplicación de los precios que el vocabulario popular comenzó a llamar el “por las dudas”.
   Si un producto valía 10 pesos y la inflación galopante lo llevaría al día siguiente a los 12 pesos (o sea un 20 por ciento más) los comerciantes para cubrirse a la hora de la reposición le aplicaban el “por las dudas” y el producto finalmente se vendía a 15 pesos.
   Así, esta alocada e incontrolable bola de nieve consumía los salarios que nunca aumentaban en consonancia,  los créditos y préstamos se ajustaban a tasas impúdicas y la mayoría de la gente cayó al pozo virtual de una quiebra de la economía familiar que naturalmente arrastraba otras penosas consecuencias.
   Sin ser apocalíptico, vemos que estamos recorriendo el mismo peligroso camino que no tan solo amenaza la integridad de los bolsillos, sino la fortaleza de la familia y la estabilidad de las instituciones de la República, porque una economía inmanejable es la puerta de ingreso al caos; a la anarquía, a todo lo que es difícil de superar.
   Uno de los ejemplos más cercanos y más a mano como para tenerlo de parámetro es el café que sirven en cualquier bar o confitería, porque si la memoria no me hace una zancadilla, recuerdo que siempre existió la relación de un dólar, con un café y con el precio del diario.
   El dólar oficial, mentira verde y casi inaccesible está a menos de 6 pesos, el diario a 8 pero el café en la mayoría de las mesas urbanas se cotiza a 15 pesos o más.
   Una camisita de tela simple y barata no baja de 350 pesos y un par de zapatillas tiene exponentes que van desde el viejo y añorado “champión” de 150 pesos,  hasta las que lucen plantas con aire a presión, desodorante, cuenta kilómetros y consumo  de calorías incluídos, a más de 1.500 pesotes.
   Me encantaría aunque lo considero inviable, contar con la sinceridad de los comerciantes, siempre pañuelo en mano y profuso llanto, para que confiesen abiertamente cuál es en realidad el porcentaje del “por las dudas” que le aplican a lo que venden.
   Esa modalidad, si, es la perversa manera de formar precios irreales y divorciados de un escenario que si bien es grave, sería menos complicado si no mediara esa costumbre que otra vez se está imponiendo.
   Si tuviéramos la coincidencia absoluta de lo que es la solidaridad ciudadana, haríamos como los pueblos maduros y desarrollados que sin acuerdos pero tácitamente coinciden en no comprar, boicoteando a los productos con precios abusivos.
   Toda una utopía y a la vez un arma de doble filo.
   Porque si la gente pusiera a la par el excesivo aumento de las cosas y el sentido confiscatorio de muchos impuestos que se pagan para que el Estado no haga nada, la gente así como dejaría de comprar, dejaría también de tributar.
   Porque el Estado, por más que lo disimule, es uno de los principales cultores del “por las dudas”.