5 de noviembre de 2013

EL HUMOR INOCENTE, SIN LOLAS, TRASEROS NI ESCATOLOGÍA SE FUE DE GIRA Y NO DEJÓ HEREDEROS




Con el sexo o con la política cualquiera es humorista.
Creo que la sabiduría popular de Juan Carlos Calabró mucho se basó, paradojalmente, en la
dulce ignorancia que lucían sus personajes comunes, habituales, previsibles y normaloides de esos que podemos encontrar sin esmerarnos en la búsqueda.
Al menos en esa luminosa y atrapante pantalla que entra a tu casa y solo se muestra con tu permiso y desde el clic inicial del control remoto te deja la opción de elegir, de continuar o de terminar esa relación que renovamos domésticamente a cada rato.
Es probable que en el teatro de revistas, donde por encima del buen gusto y la imaginación reinan el humor escatológico, la doble intención y las poses coitales explícitas, el comportamiento de Calabró no haya sido el mismo, pero al menos en esos recintos no se permite la asistencia de criaturas, como las que tenemos en la mayoría de nuestros hogares.
Quiero hablar del Calabró que me gustaba y me seguirá gustando por esa magia que tienen los archivos que atesoran los canales de TV y que cuando alguien, como se dice en la jerga farandulera “se va de gira”, florecen con el formato de lucrativos recuerdos.
No es necesario analizar a cada uno de los desopilantes personajes que se metieron en el alma del capocómico, pero es un deber rescatar su simpleza cercana a la inocencia y al infantilismo.
Los golpes bajos no son necesarios cuando se apela al talento y la creatividad que los reemplace.
Juan Carlos Calabró, “El Contra”, “Anibal”, “Borromeo”, “Johny Tolengo” y otros eran una síntesis de ternura y gracia, que no necesitaban exagerados recursos pectorales, abrumadoras cantidades de traseras siliconas ni palabrejas prostibularias, porque el humor bien entendido reniega de tan baratos artilugios.
Dos o tres bocadillos, un gesto, los estudiados silencios y otras manifestaciones de su lenguaje corporal, hacían de Calabró un personaje en sí.
Ya no está.
Se fue.
Lo vamos a extrañar.
Sufrió con dignidad la inevitable y dolorosa aventura de irse con el sufrimiento a cuestas, sin llevar valijas, aunque haya cargado su alma con los afectos familieros que eran parte trascendente de su personalidad.
Seguramente ahora lo empezaremos a ver y a escuchar más seguido, recreando sus mayores éxitos.
Porque a la vista, herederos de su estilo se me hace que no quedan.



Gonio Ferrari
Periodista casi en reposo