3 de diciembre de 2013

REBELDIA, UNICO LENGUAJE DE LOS CONDENADOS AL SILENCIO





  
 Sin que esta apreciación equivalga a un acto con sentido apocalíptico, bien vale sostener que para dibujar un mapa de la inseguridad que azota a los cordobeses, tendríamos que pintar de rojo a todo el territorio provincial, porque la delincuencia que inicialmente fue urbana, al amparo de la impunidad se fue expandiendo hacia ciudades y pueblos del interior, sumándole el comercio de la droga a un panorama que dejó de ser preocupante para transformarse en salvaje.
   La policía en actividad o la policía en rebelión -como ahora sucede- en nada cambia el escenario porque la diferencia casi no se advierte, si es que hacemos comparaciones de presencia, autoridad y eficiencia.
   Si cobran sueldos míseros no es culpa de la gente sino de quienes administran el presupuesto y le asignan mayor importancia a cuestiones banales que no representan urgencia como el exceso de autobombo publicitario, inútiles designaciones de ciertos “notables” con jugosos sueldos, apresuradas construcciones para la antología de la imbecilidad como la nueva terminal de ómnibus, el faro sin mar y el mismísimo y gigantesco rallador de queso que es la sede gubernamental y otras bobadas.
   Es preferible arreglar las escuelas y los hospitales que pretender instalarnos políticamente a nivel nacional mediante un oneroso y discriminatorio (porque lo es) carnaval cuartetero que solo beneficia a empresas con sólidas e históricas utilidades como lo son los popes de esa expresión musical, los fabricantes de fernet, los dueños de la merca y los sellos grabadores, lo que no significa emparentar únicamente a los ejecutores y fanáticos del “tunga-tunga” con la “frula”.
   Porque si es por cultura, con la noche de los museos no alcanza, con el festival de teatro tampoco, con el concierto de campanas menos y con Cosquin y Jesús María menos aún.
   Un número apreciable de policías está protagonizando un alzamiento no contra las instituciones como lo hizo Navarro, sino que estos obligados rebeldes han asumido una desesperada actitud de ser escuchados, porque no tienen gremio para presionar como los municipales, los docentes o el resto de los empleados públicos.
   Y si tanto se habla de justicia e igualdades, con el mismo criterio bueno sería unificar los sueldos de un policía con los de un bombero, un guardiacárcel, un maestro o un raso empleado municipal.
   Con este autoacuartelamiento es probable que se llegue a plasmar alguna conquista o que no logren nada, que los acusen de sedición o que les hagan sumario y los destituyan, pero pase lo que pase, poco cambiará en cuanto a la seguridad que hemos venido perdiendo los cordobeses. Jamás olvidemos que los inútiles gobernantes encontraron la manera de humillarnos y ofendernos en nuestra inteligencia, intentando meternos en la cabeza eso de que la inseguridad es solo una sensación.
   Y así como negando el escándalo de las drogas en el patio de su casa, fueron varios los que tuvieron que irse, otro tanto ocurrirá ahora porque está quedando al descubierto una enorme fragilidad de gestión que ha socavado al principio de autoridad, hasta el punto de darse el acto extremo de la cesación de los servicios policiales, con todas las consecuencias que ello implica.
   Pueden aumentarles los sueldos; pueden duplicarles las asignaciones por esa embrutecedora práctica que es el servicio adicional; pueden seguir gastando en patrulleros, equipos, armas, municiones, etc. pero el fracaso ya está asegurado mientras sigan careciendo de autoridad, audacia y profesionalismo que les haga elaborar y llevar a la práctica una genuina e integral política de seguridad.
   No es de bien nacidos jugar con la angustia de la gente, con su terror hecho carne, con la duda de salir y no saber si habrá regreso, con la incertidumbre de dejar la casa y al regresar encontrarla saqueada; con el riesgo de una reunión familiar que termine en tragedia porque te sorprendió una pandilla; con la pavorosa certeza del ataque cuando no queda otra que cruzar la Ruta 19, la 9 o cualquier otra a un paso de la ciudad.
   Alguna vez tendrán que convencerse, desde De la Sota para abajo y hasta el último agente, que los acostumbrados remiendos nunca han dado buenos resultados.
   Los cordobeses estamos cansados de que nos tomen por imbéciles y en cada elección nos vendan las mismas mentiras recicladas, pero mentiras al fin.
   Dejando de lado todo lo que pueda ser interpretado como apología de la sedición, que alguien me diga, por favor, si los policías tenían otra manera de hacer conocer su desesperación.
   Es ilegal, no es el mejor estilo, pero solo basta con ponerse en el lugar de ellos, de sus familias, de sus carencias y de sus desesperanzas.
   Tampoco es legal quemar los árboles de la Plaza San Martín, destruir el patrimonio cultural, dañar la propiedad privada, impedir el libre tránsito y agredir a ciudadanos ajenos a cualquier demanda sindical.
   Pero a eso sí, en la práctica, el poder lo permite, lo tolera y no lo castiga.

GONIO FERRARI