10 de diciembre de 2013

¿TREINTA AÑOS DE DEMOCRACIA O DE SU BASTARDA UTILIZACION?


Con la democracia se come, con la democracia se educa …” era parte del impactante discurso de Raúl Alfonsín, el gran recuperador no tanto de un sistema, sino de un estilo de vida perfectible, en su campaña cuando a modo de oración cívica recitaba el preámbulo de nuestra Constitución Nacional. Para el británico caballero Sir Winston Churchill desde su experiencia y sabiduría, la democracia era “…el peor de todos los sistemas ideados por el hombre, con excepción de todos los demás”.
Pasaron 30 vertiginosos años en que el pueblo asistió, a veces feliz y otras azorado e impotente, a situaciones conflictivas que los entendidos las atribuían a los típicos dolores del crecimiento, aunque no fuera tanto el desarrollo alcanzado en calidad de vida o en cantidad de recursos.
Los partidos políticos en lugar de abrirse a la ciudadanía se esmeraron en fortalecer bretes y aquellos pomposos anuncios de los gobiernos “de puertas abiertas” quedaron en el olvido cuando los dirigentes optaron por comprar candados; por abroquelarse en su propio egoísmo que tenía sus lógicas y malsanas excepciones con las actitudes nepotistas o la gestión en beneficio de los amigos.
Las fuerzas armadas con sus sanguinarios exponentes de la capucha, el secuestro, la tortura y la muerte cerraron filas al amparo de la amnistía y la obediencia debida, que no significaron perdón ni olvido, pero si para ellos, en su momento, la equivocada expectativa de consagrar su impunidad.
Le tocó “en suerte” a Alfonsín tomar un país desquiciado en su economía, con una ciudadanía dominada por el espanto, la tiranía del terrorismo de Estado, el autoritarismo en todas las manifestaciones de la vida nacional y la caprichosa vigencia de las organizaciones armadas.
La columna vertebral del otrora peronismo, personificada en la CGT y sus ¡trece paros generales! fue el ariete desestabilizador para el pueblo, pero enriquecedor para su dirigencia, y no es casual que de aquellos tiempos hayan surgido prósperos empresarios de los que fueran “descamisados” laburantes, pero dueños de la chequera sindical.
Otros protagonistas, aquellos iluminados que pretendían el poder a través de las armas y la violencia siguieron operando, en muchos casos fogoneados y sostenidos por los nostálgicos y trasnochados, muchos de los cuales todavía alientan proyectos inviables de ser aplicados a la idiosincracia de los argentinos, al menos de los que renegamos de los extremismos tanto de derecha como de izquierda.
Después el neoliberalismo con ropa justicialista hizo lo suyo, impuso el estado de fiesta casi permanente, lujuria y derroche, todo a cuenta de lo que estrepitosamente nos íbamos endeudando. La industria nacional tuvo su tobogán de varios años, nos invadieron los productos extranjeros, se decretó la muerte del sistema ferroviario y la desocupación alcanzó niveles inusitados a la par del crecimiento del descontento, cuando no quedó otra alternativa que empezar a pagar el champán que habíamos tomado al fiado.
Todo esto y lo que escapa a la memoria por el cúmulo de acontecimientos, se hizo en nombre de la Democracia.
De aquel discurso inicial de Alfonsín debimos resignarnos a que “con la democracia nos endeudamos, con la democracia no nos curamos, con la democracia cierran las industrias, con la democracia no nos educamos”.
Vivimos luego los escándalos políticos, varios de ellos con derivaciones familiares, sospechosos accidentes o tras curiosas alternativas que fueron minando, no nuestra fé en la democracia, sino su vigencia plena como sistema superador de los padecimientos que nos asestara impíamente la dictadura militar cívicoeconómica.
El abandono, la fuga o la deserción en helicóptero fue poco después, la lógica consecuencia de la ceguera intelectual por una parte y el empecinamiento político por otra, frente a una oposición fragmentada pero que a la hora de hacer daño bebía las mieles de la concordia y el consenso y De la Rua dejó en la ciudadanía la extraña impresión de ni siquiera haber asumido la presidencia.
Todos los gobiernos tuvieron que acostumbrarse, y el pueblo a resignarse en algunos casos antes o después, a vivir cercados por la inflación y la pérdida del valor adquisitivo del salario, cuando el crecimiento y el ahorro estaban reservados a los amigos de quienes manejaban la economía.
Posteriormente, también en nombre de la democracia se dio la inédita sucesión de varios presidentes en pocos días, lo que no agregó otra cosa que folklore y pirotecnia a nuestra historia rica en fastos gloriosos, pero también en situaciones para la antología de la ridiculez.
Y en estos últimos años, emulando a don Arturo Illia -el único e incomparable, intocable paladín de la honestidad- surgió un gobernante con poco más del 22 por ciento de adhesión popular que puso algunas cosas en orden, como para evitar el caos y la desintegración nacional, un mérito que es imprescindible reconocerle.
Ya cerca de nuestros tiempos, la sucesión casi monárquica refirmó ese karma de los argentinos con relación a la repetición de mandatos, certificable con los ejemplos de Ménem, Angeloz, Sahade y algunos otros que todos conocen.
El empecinamiento por retrotraer nuestra historia a los ’70, el abuso del aparato estatal, la vigencia de ciertas restricciones y otras medidas zigzagueantes con la tradición peronista, demostraron lo poco que el modelo nacional & popular se asemeja a los postulados del viejo y desparecido caudillo, enloquecedor de multitudes.
Hubo logros importantes como la asignación universal por hijo, el matrimonio igualitario, la recuperación de YPF, el clavo de Aerolíneas Argentinas, los 20 mil millones de dólares que traerían los chinos, la atención de los derechos humanos que ya eran de todos los argentinos y un festival de subsidios.
Dicen los índices que creció la economía, que bajó la desocupación, que todos vivimos felices y desde el poder sostienen que Clarín miente pero que las cifras del Indec son creíbles, aunque los jubilados nacionales cobren por debajo de la línea de pobreza.
La autoridad y la Justicia también se devaluaron, las sospechas de corrupción llegaron para irse a dormir a Tribunales, como luego la política del socorro económico y la dádiva fueron el maquillaje de un asistencialismo mal practicado en nombre de la inclusión y la acción social, porque destruyó la dignidad de trabajar.
De última, la Democracia con mayúsculas es lo mejor que hemos tenido, aunque ande crenchosa, moreteada y con muletas, porque dentro de todo -también lo decía Churchill- “la democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás”.
Porque todo aquel que considere destituyente, traidor a la Patria o enemigo de un sistema como quiera que fuese, a quien piense política o ideológicamente distinto, no es otra cosa que un despreciable tirano autoritario, de esos tantos que no tienen derecho a celebrar ningún aniversario.
Y menos de una Democracia que la mayoría de nuestros dirigentes se esmeró en bastardear.

GONIO FERRARI