1 de enero de 2014

EL MENSAJE DEL SILENCIO





   La verdad y buscando en todos los sitios donde uno imagina que pueden existir ciertos datos de la historia reciente, no fue posible establecer si desde fines del ’83 a esta parte, algún presidente dejó de difundir el clásico saludo de fin de año al país por la cadena nacional de radio y televisión.
   Al omitir ese detalle en la última Nochebuena, pese a la excelente relación -al menos desde el lado de aquí- que se ha alcanzado con la Iglesia Católica unos días después de la asunción de Francisco y la conversión de varios y varias, se llegó a pensar que como se trataba de una fecha no ecuménica, bien podía pasarse por alto y reservar las municiones de todo lo que había que decir para la despedida del 2013 y la bienvenida al año virginal.
   En su recoleto palacete sureño, la Señora está superando el estrés y recobrando la calma sin dudas perdida por tanta carga de negatividad acumulada en los últimos meses, tales como la inflación escondida, el generalizado motín policial que le obsequiara De la Sota, la inocultable crisis energética huérfana de padres, el brutal déficit diario de Aerolíneas Argentinas, la controversia acerca del crecimiento o la disminución de la pobreza, el avanzado estado de ciclotimia verbal de Capitanich, el oneroso subsidio a la Universidad de las Madres (¡!) que imploramos no lo maneje Schoklender, las peleas en el mundo K y otras cuestiones irritantes que sacan de quicio al más pintado … o pintada.
   Mas de un iluso compatriota enrolado en las huestes del modelo nacional y popular, estuvo esperando con lógica ansiedad una arenga, un discurso tranqui o livianas definiciones políticas porque no es cuestión de dramatizar, acerca de los problemas vividos a lo largo del año, y las perspectivas a las puertas del ’14.
   Los sectores empresariales y el campo aguardaban anuncios en un discurso que sería coloquial y aglutinante y el mundo laboral creía en la llegada anticipada de los Reyes Magos con el regalo formal de un bono, paritarias anticipadas, yates para todos o al menos un vale anual para el asadito dominguero como para mantener viva ante el mundo una tradición tan difundida.
   Muchos jubilados -así me lo contaron- esperaban que con uno de sus característicos gestos de generosidad mientras revoleaba el flequillo, les anunciara que levantaría el veto al pago del 82 por ciento móvil y los planeros ya pensaban en abortar su plan de barricadas para presionar por un suculento aumento de sus asignaciones mensuales, equiparables a los sacrificados policías.
   Los maestros ya daban por sentado que desde enero inclusive, cobrarían lo mismo que un agente, cana, botón o cobani, como los quieran llamar y esos mismos canas, botones, agentes o cobanis pensaban que les darían vacaciones de tres meses como a los docentes.
   Resumiendo, todos calcularon que en el discurso, que sería mucho más sustancioso que un palabrerío de ocasión, se dejaría de lado esa vieja costumbre de decir lo mismo en cada final de año, tanto que en la Secretaría de Prensa y Difusión de Casa Rosada el saludo del 31 de diciembre está hecho desde mediados del siglo pasado en copias al carbónico que ya no existe.
   Pero nada.
   No habló, no hizo anunciar que no lo haría, no se sabe cómo está y nadie le ha dicho que en Canal 7 la extrañan y más aún que los empleados se pierden las horas extras que cobrarían por una producción de tal envergadura.
   En lo personal y como argentino pendiente del devenir nacional debo confesar que me sentí frustrado, con una sensación de vacío y casi ninguneado, una realidad -que no es sensación como dicen los K que lo son la inflación, la desocupación, la pobreza o la inseguridad- que padece por lo menos la mitad de mis compatriotas.
   Si en una de esas estamos algo enfermos, el silencio no es salud.
   Y en este caso, ¿el silencio es un mensaje?
   Solo quería verla, saber que está entera, sospechar que lidera y pensar que gobierna.
   Se me hace que no es una pretensión inoportuna, alocada, disociante o maliciosamente destituyente.

Gonio Ferrari