22 de enero de 2014

“Yo, Carmona” ------------------------ ESTADO FISICO Y UN CURIOSO SENTIDO DE LA HONESTIDAD





 


El siguiente material no forma parte del libro
recientemente aparecido del periodista Gonio
Ferrari y que no se incluyó para evitar que se
pudiera pensar en una apología del personaje.
Su difusión, ahora, responde a un honesto y
riguroso espíritu documental de ese trabajo.

   Roberto José Carmona es un tipo apegado al gimnasio, émulo de Rambo, admirador de Rocky y cultor casi enfermizo del estado físico elevado a su más elevada expresión: una hora diaria de ejercicios de elongación, fortalecimiento de bíceps, endurecimiento muscular y énfasis especial en las piernas y en los brazos. Lo que se dice, un gimnasta completo y ambicioso en cuanto a los resultados de tal dedicación.
   Muchos estudiosos de las conductas carcelarias coinciden en que el interno ocupa más de la mitad de su tiempo en pensar. Pero no pensar en las delicias de la perdida libertad, en viajes a recónditos paisajes, en aventuras sexuales o en los placeres sibaríticos, sino soñando e imaginando la mejor, menos riesgosa y más cercana manera de fugarse.
   Carmona no es la excepción y protagonizó al menos un intento desde la cordobesa Penitenciaría de barrio San Martín, que refiere con finos detalles en uno de los reportajes. Un hecho que en su momento ni con el paso del tiempo tuvo difusión mediática.
   El condenado a perpetua poco es lo que tiene para perder incluyendo la propia vida, a la que no le asigna tanta importancia como el resto de los mortales, por esas especiales escalas de valores que manejan los delincuentes. Por las condiciones en que viven hacinados, marginados y olvidados por un sistema que nada hace siquiera por intentar recuperarlos, llega el momento que eso que exageradamente le llaman vivir y aquello tan desconocido como morir, tienen para ellos idéntico significado.
   Aunque las leyes hablan de asistencia sicológica, tratamientos especializados y otras acciones tendientes a cumplir con el mandato constitucional que en el final de su Art. 18 dice que “Las cárceles de la Nación serán sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas, y toda medida que a pretexto de precaución conduzca a mortificarlos más allá de lo que aquella exija, hará responsable al juez que la autorice”, pero son más excepciones históricas que su respeto excluyente. Y el Art. 44 de la Constitución de la Provincia de Córdoba sostiene entre otros conceptos, que “Los reglamentos, de cualquier lugar de encarcelamiento, deben atender al resguardo de la salud física y moral del interno, y facilitar su desenvolvimiento personal y afectivo. Prohibida la tortura o cualquier trato vejatorio o degradante, el funcionario que participe en ellos, no los denuncie, estando obligado a hacerlo, o de cualquier manera los consienta, cesa en su cargo y no puede desempeñar otro por el término que establece la ley. Los encausados y condenados por delitos son alojados en establecimientos sanos, limpios y sometidos al tratamiento que aconsejan los aportes científicos, técnicos y criminológicos que se hagan en esta materia”.
   Y la verdad sea dicha, la mayoría de las cárceles del país no son sanas ni limpias y esos “tratamientos que aconsejan los aportes científicos…” están mucho más cerca de las utopías que de la realidad.
   A Carmona le asignaron una sicóloga que soportó tres o cuatro sesiones hasta que el penado la rechazó por agudas divergencias de criterios. El preso, considerado como persona inteligente que había cultivado su intelecto con lecturas variadas y no tan solo referidas al mundo de las leyes como es la inclinación de la mayoría de los internos, sostenía como íntima convicción -la misma que suelen tener los jueces al juzgar- que el mundo estaba equivocado.
  Hablando de arrepentimiento, que es el argumento que más a mano tienen los acusados por delitos graves y por lo general recomendado por los abogados defensores, Carmona jamás reconoció haberlo sentido apoyando tal actitud en que cuando cometió los delitos más graves, especialmente el asesinato de Gabriela Ceppi, no estaba en sus cabales como consecuencia y efecto de su inclinación por el consumo de drogas.

¿ARRANQUE DE HONESTIDAD?

   Es parte del imaginario popular considerar a cualquier condenado como carente de todo escrúpulo o prurito, capaz de las mayores violaciones a la ley y poseedor de un sentido de la impunidad que lo lleva a creerse insospechado.
   Por eso debe ser, si escuchamos a los internos de cualquier penal, que coinciden casi por unanimidad en sostener indefendibles inocencias
   Es por eso también, posiblemente, que quienes nunca estuvieron viendo transcurrir la vida desde atrás de las rejas, ignoren la existencia y el respeto por los códigos no escritos del hampa, que suelen ser la garantía de supervivencia dentro de una cárcel, en la relación con sus pares y con los propios cancerberos a quienes se les encomendó desde el Estado la complicada responsabilidad de ser garantes de la ley.
   Hay a veces y en situaciones especiales, rasgos de altruismo, de respeto, de solidaridad, lo que no significa que se pretenda maquillarles la ferocidad ni disminuirles las responsabilidades por las que fueron juzgados y condenados, sino la búsqueda de ese delgado espacio que separa a la bestia de la persona.
   A Roberto José Carmona, en sus tiempos de buena conducta dentro de la vetusta Penitenciaría de Córdoba, cuando corría el año 2007, se le encomendó la tarea rentada de fajinero para controlar el ingreso de mercadería y elementos aplicados a la limpieza como escobas, hipoclorito, jabón, desinfectantes, estropajos, etc. lo que lo mantenía ocupado y no tan cerca de su sempiterna vocación de fuga. Hacía su trabajo a conciencia y satisfacción superior.
   Todo caminaba a la perfección, hasta que un día pretendieron hacerle firmar el ingreso de mucha mayor cantidad de hipoclorito que la que en realidad le entregaban. Algunos memoriosos que prefieren que nadie evoque sus nombres,  aún recuerdan que el preso se salió de sus casillas, increpó duramente al empleado penitenciario que lo presionaba a consumar esa maniobra deshonesta y como pretendieron forzarlo, le aplicó un puñetazo.
   Carmona fue reducido, perdió su trabajo y por esas cosas inexplicables que a veces tiene la burocracia carcelaria, lo trasladaron al pabellón de máxima seguridad del penal de Bouwer, enclavado a unos 15 kilómetros de la capital mediterránea. Y con relación a ese episodio, llama la atención pese a transcurrir tanto tiempo, que esa agresión al empleado penitenciario no haya sido judicializada, y el traslado de Carmona fue justificado no como sanción disciplinaria, sino “por razones de seguridad”. Lo importante, de acuerdo con lo que es fácil imaginar, era impedir la investigación de un delito, agravado por el inédito detalle que tuviera a un condenado a perpetua, homicida casi serial, como denunciante de un acto de corrupción.  
                                                                                                                       G.F.