14 de febrero de 2014



Si tuviera que hacer un retrato de Wally, diría que es un tipo más bien reservado, a veces ciclotímico, que está por encima del medio siglo de vida, una vida con alegrías y penurias; con amores y con adioses. Wally, pese a todo, es un adicto al trabajo; un fervoroso laburante que ha ganado cientos de batallas en esta larga guerra que es su natural e inmodificable manera de ver pasar los años.
Sus vecinos lo querían y lo quieren por lo servicial, siempre dispuesto a dar una mano
En el barrio, más que amores pasajeros o relaciones tipo delivery, no se le conocían a este ex joven madurado a cascotazos, escritor vocacional, amante de la buena cocina y de las eternas conversaciones políticas. Se iba y volvía a su trabajo caminando, siempre a horas intempestivas porque los horarios rígidos no eran parte de su personalidad de hombre libre, sin yugos ni ataduras.
Uno de sus alimentos más deseados era la música y el otro una rareza no tan curiosa: los ojos de las mujeres. Los ojos de cualquier color, pero que fueran expresivos, frescos y accesibles a su manía, cercana al delirio, de escuchar las miradas.
Porque Wally tenía y aún conserva intacta una excelsa capacidad perceptiva que le permite oír colores, mirar música y tocar lo inaccesible. Y nunca falta quien ponga a prueba tantas virtudes. Wally es un tímido no asumido, apasionado por el trabajo, que tiene como -llamémosle entretenimientos- encerrarse en la música y otear en los ojos de las mujeres.
Me supo comentar meses atrás que aunque nadie le creyera, tenía el privilegio de escuchar las miradas.
Era una especie de melodía que lo invadía desde algún iris cercano y hasta se permitía y aún se permite el lujo de saber si esa mirada es natural o cosmética. El brillo especial no te engaña; las lentejuelas son artificiales y suele ser solo un instante mágico el que te hace llegar ese luminoso mensaje hasta el alma, me dijo un día mientras caminábamos por una vereda de la Cañada.
Las miradas azules me transmiten paz, las verdes erotismo, las negras un cúmulo de misterios … me decía entusiasmado.
Y cada mirada tiene su música.
Me mira Vivaldi, me mira Bach, me mira Wagner, me mira Beethoven, me mira Grieg o me mira Mozart.
Todas las miradas, me dijo antes de darnos un abrazo y cada uno seguir su camino, tienen la pirotecnia del estallido en algunos casos o de la mansedumbre en otros… Wally tenía razón y me dejó tan pensativo que casi me atropella un auto al cruzar la calle.
Wally jamás dejó de ser un tipo sencillo, emprendedor, fanático del arte en general e inveterado cultor de la música que irradian los ojos de las mujeres.
Buscando temas de Vivaldi los encontraba en los ojos azules o a Beethoven en los verdes.
Pero aquella vez, pleno abril y en la calle guareciéndose de la lluvia en un umbral mientras esperaba el ómnibus porque no estaba como para volverse caminando, Wally vio a Mozart.
Bah… lo vio es un decir, porque escuchó un Mozart dibujado en el despreocupado murmullo de una flaquita con piernas largas y pollera corta, que se apoyaba en el hombro de un muchachito adolescente.
El ómnibus por supuesto demoraba, mientras la pieza de Mozart seguía penetrándole en el alma. Hasta que en un movimiento lógico, en la estrechez de la vereda descuidada se enfrentó con Mozart y con aquellos ojos increíbles.
Tenían el color único e inimitable de la miel, con un tornasol de mínimos espejos y mostacillas doradas.
Era el color de Mozart; de su música; de su juventud; de su enorme talento creativo.
¿Saben lo que es la desesperación por hablar con alguien, que parece que te está esperando, cuando justo llega el ómnibus y no hay cómo acercarse y cruzar un par de palabras?
Pobre Wally …
La lluvia y el desencanto lo llevaron a sospechar y esperanzarse que inexorablemente dentro de siete días y en la misma parada, algo sucedería para cambiarle la vida …
Los días eternos de aquel otoño pasaron y justo una semana después de mirar esos ojazos y percibir en ellos a Mozart, Wally, el curioso y romántico espécimen que escuchaba música en los ojos de las mujeres, la volvió a ver.
En el mismo lugar, en la misma parada, con el mismo muchachito que la acompañaba estaba ella, la pollera un poquito más larga y las piernas tan bonitas como las soñara durante esos siete días.
No esperó que llegara el ómnibus y venciendo su timidez casi de jardín de infantes, Wally se animó a preguntarle, como al pasar y con la boba dimensión de un susurro, si le gustaba Mozart. Sorprendida, ella le dijo que si, que era su predilecto, que la acompañaba desde niña y se había transformado en la luz de sus penumbras.
El, ya enamorado hasta la médula, recién cayó en cuenta que Mozart era toda la luz que esos ojos condenados al eclipse no tenían.
Por eso, desde entonces, buscó la manera de hacerle sentir lo que más amaba, cada vez que pudiera y de las formas más inimaginables.
Por siempre le arrimaría los destellos radiantes de Mozart para que sus ojos, esos ojos de increíble color miel, escucharan la luz.
Cuando me lo contó, la historia me pareció de novela.
Sobre todo, porque hace más de cinco años que ellos están juntos y caminan la vida canturreando Mozart.

Gonio Ferrari