6 de marzo de 2014

EL NIÑO QUE FUI Y MI PRIMER DIA DE CLASE



Guardapolvo almidonado, peinado con jopo y a la gomina, un cuaderno Lancero de 36 hojas rayadas, lápiz Faber nº 2, sacapuntas y goma de borrar conformaban la añorada imagen del primer día de clase en la primaria, en aquellos tiempos en que la mochila con rueditas no era siquiera proyecto, la birome no se había inventado y la maestra era LA maestra y no la seño, moderna versión de la compinche que igualó la disciplina hacia abajo.
La verdad, cuesta recordar si cuando con el Coco, mi Viejo, nos bajamos del tranvía en el centro luego de viajar desde barrio Firpo, empecé a sentir eso que los mayores le llamaban nudo en la garganta, ahora calificado como angustia o estrés y para el vulgo era, es y seguirá siendo cagazo.
Tampoco me viene a la memoria si me prendí a las piernas del Coco cuando se iba y me abandonaba entre extraños, si lloré o hice escándalo o me atraganté eso que me era desconocido y allí descubrí lo que era la bronca.
Y me dejó nomás ante una vieja de 25 años con peinado de peluquería, ojos azules con persianas de rimmel, delantal con lucecitas y sonrisa de circunstancias ante la presencia de uno de los tantos vándalos que pondrían a prueba lo que ella tenía, tienen y seguirán teniendo los maestros esclavos de su vocación.
No llevábamos lanchera, cajita feliz, vianda, termo, celular ni aspirinas por las dudas, porque todas nuestras pertenencias cabían holgadamente en la carterita con una correa y solo los pudientes se daban el lujo de llevar una manzana que la mayoría devoraba en el primero recreo, y los olfas de entonces la regalaban a la maestra.
A lo mejor fue traumático el hecho de experimentar una inicial soledad de afectos dentro de una multitud, sentimiento que al cabo de pocos días se fue transformando en amistad, compañerismo y mucho de complicidad.
Es momento que aparecen, en ciertos personajes, los primeros síntomas de masoquismo porque hasta resultaba grato que ella, de quien te enamorarías perdidamente y a primera vista, te diera dolorosos tirones de orejas o te aplicara prolijos coscorrones y te mandara como penitencia de cara a un rincón del aula.
Fue cuando las maestras inventaron la prisión preventiva.
Todos estos son deshilachados recuerdos que se amontonan cuando uno por eso que se llama lógica existencial, empieza a dar las hurras, porque al descubrir en los avisos fúnebres de los diarios los amigos y conocidos que se van yendo, uno también comprende que están convocando a su clase.
Ese primer día, aunque los detalles se diluyan, fue para muchos y me incluyo, el primer escalón del conocimiento; de nuestra inserción en la sociedad, lección inicial del camino a ser personas y de la maravilla de saber que la educación es la mejor manera de entender la teoría, la práctica y los beneficios de la libertad.

Gonio Ferrari