8 de marzo de 2014

LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA Y LOS PRESOS POR LA MEGACAUSA






Es positivo comenzar citando a Santo Tomás: “La corrupción de la Justicia tiene dos causas: la prepotencia del poderoso y la astucia del sapiente. La astucia del sapiente que le demora los juicios indefinidamente y, por supuesto muchas veces, la prepotencia del poderoso que impone condiciones”.
   De poco valieron las definiciones y las recomendaciones de encumbrados organismos defensores de los derechos humanos, tanto del ámbito nacional como internacional, que se pronunciaron desnudando la ilegalidad de la aplicación de la prisión preventiva como norma, cuando la ley señala que debe ser la excepción.
   Desde hace más de un par de años en mi espacio radial de los domingos me veo forzado a puntualizar un detalle, porque han sido varios los que han llegado a sospechar -y a  manifestarlo- que persigo intereses (políticos, entre otros) que no me juego por la inocencia ni la culpabilidad de nadie, en este elaborado mamotreto jurídico rotulado ampulosamente “megacausa” del Registro de la Propiedad.
   Pero durante ese tiempo en que pude advertir la inocultable presencia de la soberbia en el manejo de la vida y el destino de tanta gente, tuve -como a veces se justifican los jueces- la íntima convicción de la injusticia o la omisión de justicia que es lo mismo.
   Fue cuando al ver aplicar como costumbre lo que debía ser excepción, por considerarme un ferviente amante de la libertad, que tuve la horrenda y opresiva impresión de transformarme en sospechoso.
   Una condición que vaya ironía, se me antoja no tuvieron los verdaderos ideólogos y mentores de las maniobras o sus ocultos beneficiarios, muchas veces amparados por escudos que la política suele tejer con envidiable laboriosidad y fineza.
   No será simple que recuperen su libertad todos aquellos sometidos a la tortura de la prisión preventiva, que es de por sí una condena anticipada por el rigor del encierro, el escarnio social, la marginación laboral y otras secuelas imposibles de revertir, ni siquiera con todo el oro del mundo como resarcimiento a un perverso daño moral, físico y mental plagado de cicatrices.
   Por fortuna para muchos y desgracia para otros que ya venían saboreando desde afuera de la causa el placer de la impunidad, la Corte Suprema de Justicia puso la situación en claro, lo que puede llevar a medidas reparadoras que rescaten el respeto por la correcta aplicación de una medida cautelar como lo es la prisión preventiva y no equipararla en lo práctico a una virtual toma de rehenes.
   Y si liberan a quienes debieran seguir presos, es preferible diez delincuentes sueltos y no un inocente entre rejas.
   La Justicia, esa señora que en ocasiones suele mirar a través de la venda de sus ojos, se hizo presente con la injuria del retraso pero finalmente llegó a esta Córdoba conservadora y acostumbrada a manejar la balanza muchas veces con caprichos y empecinamientos instalando en la sociedad la sombría sospecha de una inadmisible e inconstitucional dependencia del poder político.
   No pretendo darle a estas consideraciones, ni por asomo, un enfoque técnico en reconocimiento y homenaje a mi supina e irreversible ignorancia en la materia, pero debo confesar que a la hora de optar por un modelo de Justicia, me inclino por su respetuosa aplicación conforme a derecho y no en los casos que exhibe una vocación apresuradamente carcelera.
   Bien vale repetirlo: no soy defensor, fiscal, juez ni verdugo, pero tengo la pésima costumbre profesional de esquivar el engañoso rigor de la interpretación antojadiza de los códigos y dejarme llevar por eso tan saludable que es la lógica.
   Porque esa lógica me ha enseñado muchas veces con dureza y otras con dulzura, que las miserias humanas tienen a la larga, el dique de contención y la redención que impone, precisamente, el ejercicio desapasionado y comprometido del sentido de Justicia.
   Montesquieu lo definió con sabiduría: “Una cosa no es justa por el hecho de ser ley. Debe ser ley porque es justa”.
                                                                                               Gonio Ferrari