16 de abril de 2014

LA CRUCIFIXION EN LUNFARDO







   Para esta Pascua de Resurrección, la cristiandad celebra con toda la pompa después del clásico recogimiento, aquel milagroso acontecimiento emergente del sacrificio de Jesús.
   Rondan por el mundo mil expresiones distintas de abordar el drama de la crucifixión, pero ninguno -y esta es una apreciación netamente personal- tan fuerte y tierno como su versión lunfarda, más aún por tratarse de la creación de un cordobés no tan conocido como pudiera suponerse.
   Dimas, el buen ladrón, crucificado a la derecha de Jesús, era galileo y dueño de una posada.
   Asaltaba a los ricos para favorecer a los pobres y aún siendo ladrón, se parecía a Tobías, pues solía dar sepultura a los muertos, saqueaba a la turba de los judíos; robó los libros de la ley en Jerusalén, dejó desnuda a la hija de Caifás, que era sacerdotisa del santuario, y sustrajo el depósito secreto colocado por Salomón.
   Gestas, el mal ladrón, a la izquierda de Jesús, solía con su espada matar a  viajeros, y a otros los dejaba desnudos y colgaba a las mujeres de los tobillos cabeza abajo para cortarles después los pechos, y tenía predilección por beber la sangre de los miembros infantiles; nunca conoció a Dios; no obedecía a las leyes y venía ejecutando tales acciones, violento como era, desde el principio de su vida.
   Ya en nuestros tiempos, Enrique Otero Pizarro fue abogado, juez, educador, ministro y también pintor, poeta y boxeador.
   Su obra literaria no es abundante. Escribió cuentos, teatro y poesía. En Buenos Aires, en 1967, se estrenó su drama “El proceso de Don Juan”.
    Enrique Otero Pizarro, que había nacido en Córdoba allá por 1915, fue un atildado sonetista, parafraseó a Lope de Vega y abordó temas tan delicados y hondos como el de ciertos pasajes bíblicos que se refieren a Jesucristo, cuya desacralización no resulta para nada irreverente, aunque sí grotesca por la conjunción de gracia y patetismo que alcanza especialmente con la utilización del lunfardo.
   Acostumbraba a firmar sus sonetos, que quedaron inéditos, con el seudónimo de Lope de Boedo.
   Precisamente de la brillante antología que elaborara Luis Alposte, es para recordar esta magnífica pieza de Otero Pizarro que don Edmundo Rivero me regaló de su puño y letra, en ocasión de una nota que décadas atrás le realizara para La Voz del Interior en una de sus visitas a Córdoba.

DOS LADRONES

Hay tres cruces y tres crucificados.
En la más alta, al diome, el Nazareno.
En la de un guin lloraba el chorro bueno
mangándole el perdón de sus pecados.

Escracho torvo, dientes apretados
mascaba el otro lunfa el duro freno
del odio y destilaba su veneno
con el rechifle de los rejugados.

¿No sos hijo de Dios? ¡¡Dale!! ¡¡Bajate!!
¿Sos el rey de los moishes? ¡¡Arranyate!!
¿Por qué no te bajás? ¡¡Dale, che guiso !!

Jesus ni se mosquió. ¡ Minga de bola !
y le dijo al buen chorro estate piola
que hoy zarparás conmigo al Paraiso.

   Como se advierte, de ninguna manera se puede tomar como una expresión ofensiva la utilización de un lenguaje marginal para un tema de tamaña sacralidad en la historia del cristianismo, sino más bien que es una manifestación del decir popular abordada con el debido respeto.
   Es preferible, siempre, recordar la veracidad de la historia en una reivindicación de la memoria, sin que mucho importe la manera de hacerlo porque en definitiva se hace.
   No hay peor y más cruel desmemoria que el olvido.
Gonio Ferrari