28 de mayo de 2014

Absoluciones en la Megacausa -------- LA LIBERTAD, UN FRAGIL CRISTAL

Todo aquel que sabe encubrir la propia injusticia bajo el manto
lujoso de la elocuencia, merece un gran castigo”. (Eurípides).




Cuando fue posible advertir que una Cámara de la Justicia cordobesa había adquirido la ritual práctica de transformar la prisión preventiva en costumbre dejando de lado su aplicación excepcional, no dejó de ser un llamado de atención dirigido a la cordura y al equilibrio, por el riesgo de caer en penosas equivocaciones, evitables solo con el respeto por la ley, la Constitución y las recomendaciones de importantes entidades internacionales defensoras de los derechos humanos.
Ya era una sospecha fortalecida en diversos sectores de la sociedad, que el abuso y la rapiña sobre propiedades ajenas se había viralizado de tal manera, que era imposible sostenerla sin la complicidad o el vistagordismo del Registro de la Propiedad que es donde se desenvuelve el somnoliento papelerío de la burocracia.
Y allí, salvando las distancias con las detenciones masivas que supieran practicar poderosos extremismos ideológicos a lo largo de la historia, fueron encarcelando a unos cuantos empleados (algunos ordenanzas), un jefe de aquel organismo de control y un abogado, que nunca fue autoridad aunque se haya buscado destacar una condición -que no tenía- de secretario del titular del organismo.
El grueso de los imputados eran escribanos, tramitadores y compradores que alegaron buena fe, dado que los informes emanados del Registro de la Propiedad no indicaban anomalías.
Todos ellos, en una práctica descarnada, fueron sometidos a una especie de anticipada condena y elemento de coacción que intentaba inducir la autoincriminación con apresuradas prisiones preventivas.
La febril imaginación acusadora mostró pruebas inconsistentes e infantiles; magnificó relaciones casuales y funcionales que pasaron a ser determinantes, presionó con la tortura del confinamiento, las rejas, el quebranto económico y la disociación familiar para dar sustentabilidad al capricho emergente de la politizada obediencia debida.
Hubo condenas, exagerados montos de caución que los erigían en imposibles de aportar, oídos sordos a instancias y consejos de entidades calificadas y toda una gama de descréditos e injurias hacia quienes permanecían en el purgatorio de Bouwer esperando nada más que justicia, pero que llegara con los ojos vendados y sin dependencia.
En este sano afán periodístico de no ser defensor, fiscal, juez ni verdugo, se llegó -como a veces lo confiesan quienes juzgan- a la íntima convicción profesional del error no por torpeza sino por la participación de componentes extraños a la justicia que podían llegar a ubicar la marcha de la causa en el cenagoso terreno de la duda.
Con curiosas idas y venidas, omisiones, actitudes inéditas y burdas descalificaciones, esta cuestión arribó al punto cúlmine del pronunciamiento de la Corte Suprema de Justicia de la Nación que resolvió el planteo incoado por una de las víctimas de la prisión preventiva: debían devolverles la libertad mientras las sentencias no estuvieran firmes o fueran partícipes de la causa aún en trámite.
La pomposa “comisión especial” creada para aplicar la ley debió rendirse ante la resolución del superior, desactivar los candados y devolver al seno de la sociedad a todos aquellos que habían sido encarcelados por las dudas o por una endeblez probatoria de alarmantes características, como por ejemplo figurar en la agenda de alguno de los acusados o haber intercambiado escasas llamadas telefónicas administrativamente necesarias, en uno o dos años.
No es la cuestión defender, acusar, juzgar o condenar desde afuera.
La Cámara juzgadora, sin la presencia de ninguno de los fiscales intervinientes anunció ayer las sanciones y un par de absoluciones.
Los castigados convencidos de su propia honradez seguramente apelarán las sentencias y seguirán batallando en esta causa por tiempos impredecibles.
Es indiscutible que los declarados culpables por consistencia probatoria con ajuste a la ley merecen la prisión y deben responder pecuniariamente por el daño causado.
El drama está en los exculpados, inocentes por unanimidad, que debieron soportar años de encierro, la pérdida de su trabajo, su anulación profesional, el escarnio social, el desmembramiento familiar, el lucro cesante, el emergente quebranto económico, los elevados gastos en defensores y otras inmerecidas penurias.
¿Será que existen otros casos como los absueltos?
La libertad es un cristal de solemne y sacra fragilidad.
La justicia lo quebró y le será imposible remendarlo.
Nadie bebe el néctar de su triunfo sobre la oscuridad, en una copa rota.
Truman Capote fue contundente al afirmar que “Es imposible que un hombre que goza de su libertad, se haga cargo de lo que significa estar privado de ella”.
Ni todo el oro del mundo vuelve las agujas de los relojes, cura las injurias ni borra la ominosa imagen de las rejas impuestas por la injusticia, el empecinamiento o el verticalismo funcional.
El alma humillada no sabe de cicatrices.
Es la calidad y la calidez del cristal invicto que fuera, lo que ahora y por siempre serán añicos de escarnio y menosprecio.
San Agustín fue menos contemplativo y poético que Capote, al proclamar que “Sin la justicia, ¿qué son los reinos sino una partida de salteadores?”.
La verdad, no merecemos ser resignados súbditos de ese reino.


Gonio Ferrari