10 de agosto de 2014

Pisando los ¾ de siglo … JURO QUE FUI NIÑO






También fui niño.
   También me pelé las rodillas en el piso áspero del patio donde gozaba los recreos en el colegio Pio X, lugar que fue el primer intento y fracaso paterno por hacerme obediente cuando en la escuela Olmos que ni soñaba con ser Shopping tenía fama de ciclotímico.
   No llevaba manzanas a las maestras porque no teníamos para comerlas nosotros, que éramos mis viejos y los cuatro vándalos.
   Fui niño insultando al cura que volteaba con su rifle de aire comprimido, las palomas aquerenciadas en los elevados recovecos de los Capuchinos, cuando nos tocó vivir en Ituzaingó, a un costado de la magnífica iglesia.
   Fui niño cuando nos mudamos a la vuelta de allí, a San Lorenzo al 200, la casa de mi abuelo paterno, primer escribano jubilado, artista del billar y ávido consumidor de maní.
   Y por ser niño cometía la inocente torpeza de no guardar como inversión a futuro los dibujitos y bocetos que hacía uno de mis vecinos casi de la misma edad, el gallego Antonio Seguí.
   La vida no le regaló nada a mi familia y con cierta malaria de entonces nos fuimos como inquilinos al Pasaje Italia en el viejo Barrio Firpo, a cincuenta metros de la avenida Augusto Lopez por donde pasaba el tranvía 7 y a cuatro cuadras del “Chaco chico”.
   Cerca vivían los Ribotta, el Pichón Rotlisberguer, el Queco y la Queca Gomez (¡estaba buenaza!), el Victor Leguizamón, los Contreras, el Negro Puerta, los Benzi, los Cuadrado (de Despeñaderos), el “Araña” Galindez con quien todavía nos vemos con frecuencia.
   Posiblemente los mejores años de mi infancia, cuando respetábamos a ultranza los tiempos del trompo y los del barrilete, en cada agosto que nos obligaba a la frenética fabricación de mediomundos, estrellas o papagayos. Mi Vieja -que a sus 39 años ya era viuda del Coco quien partió a sus 42- amagó dulcemente con llevarme al juez de menores cuando le saqué una enagua y la corté en jirones para hacerle la cola a la cometa.
   Y si no teníamos hilo para que esos juguetes de caña y papel ganaran el cielo porque alguien nos lo había “catiteado”, la diversión era colocar sobre las vías del tranvía chapitas de gaseosa con clorato de potasio (que venía en pastillas para la garganta) y azufre. A veces, todavía, me invade el recuerdo de la cara de espanto que atormentaba a los mótormans con la seguidilla de explosiones.
   Promediando el siglo pasado, el plan de viviendas Eva Perón nos llevó a la casita propia ¡con amplio patio! en Bajo Palermo, a dos cuadras del cruce de Caraffa y Octavio Pinto.
   Por entonces y con el primer trabajo a los 15 años, había dejado de ser niño.
   Ese niño que fui y que ahora, vaya paradoja, lo siguen siendo para mí, Mariana y Luciano aunque el cuarentón luzca las canas de la experiencia.
   Y ella, tan radiante y bella como desde que abrió los ojos y me encandiló con su mirada celeste.
   Ahora cuando los veo, tengo la secreta convicción de haber nacido viejo …
Gonio Ferrari