7 de septiembre de 2014

SLB - 07-09-14-DE PATRIMONIOS Y POBREZAS - EL DELITO NO CEDE - AUMENTOS EN LOS COMBUSTIBLES - 56 AÑOS NO SON POCOS - LA MEGACAUSA - AUTOMOTRICES EN AGUDA CRISIS - SE VIENE EL DIA DEL MAESTRO, etc.

Desgrabación de los comentarios del periodista Gonio Ferrari en su programa “Síganme los buenos” del 07-09-14 emitido por AM580 Radio Universidad de Córdoba.

DE PATRIMONIOS Y POBREZAS



   En los últimos tiempos venimos acostumbrándonos peligrosamente a tomar con indiferencia, ganados por el cansancio, enterarnos de ciertos patrimonios que han crecido desproporcionadamente con relación a la realidad del país.
   Pocos años atrás se asignaba al éxito en su profesión de abogada el incremento de los activos de la señora, aunque desde su ascenso en la política y como empleada del Estado debió dejar de litigar.
   Por eso llama la atención que desde una posición declamadamente cercana, no a la indigencia, pero sí a un discreto pasar, se haya operado un  considerable aumento de sus bienes.
   Pero dejemos de lado ese caso y vamos a otros símbolos de los últimos años que sin necesidad de nombrarlos porque todos los conocemos, tuvieron la magnífica suerte de ser tocados por una varita mágica que en poco tiempo les hizo abultar sus depósitos dinerarios personales.
   En momentos que el país, o su gran mayoría, se debate en una crisis que la mayoría de los jerarcas nacionales se empeña en ignorar, esas propias declaraciones aumentan las dudas acerca de su legitimidad.
   El colmo, como no podía ser de otra manera, estuvo dado en las afirmaciones del superministro nacional que parece haber olvidado el drama de su provincia: Capitanich cumplió con el mandato superior de anunciar que en Argentina se ha terminado con la pobreza.
   No dijo de qué manera ni aportó mayores detalles, pero hay veces que ciertos anuncios, más allá de la pena que provocan, significan una burla a la inteligencia colectiva.
   Los que sí han dejado de ser pobres, son varios funcionarios que hasta poco tiempo atrás eran solemnes secos de toda sequedad financiera, y de buenas a primeras pasaron a ser protagonistas y elegidos beneficiarios del milagro nacional y popular.
   Que por lo visto, no es para todos… ni todas.

EL DELITO NO CEDE

   Algunas medidas de impacto solo visual, no alcanzan para revertir el preocupante panorama de la inseguridad en Córdoba, acerca de lo cual es conveniente coincidir que la presencia policial en algunos lugares y a ciertas horas se multiplica, pero los resultados no se advierten.
   No basta con que la policía recorra las zonas más densamente pobladas para hacerse notar y de alguna manera ahuyentar a los cacos, porque lo único que consigue es que cambien de barrio o de objetivos.
   El patrullaje, al entender de los que saben, debe hacerse desde las afueras hacia adentro, a toda hora y sin la previsibilidad de los controles en puentes y lugares hartamente conocidos por los hampones.
  El hecho impactante por cierto, de la presencia de las más altas autoridades policiales en los lugares donde se ha perpetrado un ilícito, es solo marketing o expiación de las culpas por omisión que varios policías deben sentir.
   Y las reuniones con los vecinos no han demostrado ser la mejor manera de terminar con la delincuencia, porque no bastan los consejos de cuidarse mejor, de no repetir rutinas, de apelar a las alarmas comunitarias o de cuidarse entre ellos: es la Policía la que debe protegerlos.
   Además en esos encuentros suele deslizarse el consejo de no acudir a los medios con el argumento que eso no resuelve nada.
   Y no es así: conocer la realidad sin mentiras, maquillajes ni ocultamientos, es la mejor manera de enfrentarla.
   Por allí la policía deja una imagen parecida al retrato de la abuela: siempre en la cómoda.

EL 4 POR CIENTO NO ES POCO

   Escuchar a los funcionarios, y no excluyentemente a la máxima estrella de la cadena nacional, no deja de ser un baño de frescura que desde la opulencia patrimonial nos anestesia el alma y consigue, por nuestra fragilidad de memoria y de protesta, trasladarnos al Paraíso con el que siempre soñamos los argentinos.
   Tal sensación que nos enriquece el espíritu mientras ellos enriquecen sus cuentas corrientes y depósitos en sus paraísos -fiscales- suele durar hasta que algún impacto nos devuelve a una lacerante realidad, a la que poco a poco nos vamos resignando como si ese fuera realmente nuestro destino al final del caótico camino que desde el poder nos empujan a transitar.
   Parece una pavada, pero el aumento del 4 por ciento aplicado a los combustibles demuestra una vez más, por si hiciera falta, que el Estado es un auténtico y malparido formador de precios, ahora desesperado ante el avance incontrolable de la inflación, del dólar marginal, de la desocupación, de la caída de reservas, de la desindustrialización y del malestar general que le ha cambiado el carácter a mis compatriotas, transformándolos en perros de presa más inclinados por trompearse que por discutir, intolerantes generadores de violencia y caos urbano e indirectos "fabricantes" de una inseguridad de la que todos somos víctimas.
   Solo del 4 por ciento es el séptimo incremento en lo que va del año y con certeza que antes de Navidad nos sorprenderán con dos o tres más, con lo que están develando sus propias mentiras de bonanza y los fantasiosos dibujos del Indec que son una síntesis de la decadente patraña nacional ... y popular.
   Cuando en unos días concluya el festival de la inevitable remarcación de precios, esa marioneta que todas las mañanas ocupa el púlpito de su iglesia berreta, pronunciará una de sus habituales homilías con la repetida parábola del reacomodamiento, que no es lo mismo que incremento.
   Y los argentinos, al borde de reconocernos avergonzados frente al espejo de la conciencia por nuestra actitud de sumisión por acostumbramiento, apretaremos los puños y nos tragaremos la bronca y la frustración porque desde el mismo poder nos han inoculado el virus de la docilidad que íntimamente le llamamos prudencia.
   Una prudencia que suele ser el creciente forúnculo donde el maldito pus del abandono y la mansedumbre, con el tiempo y su acumulación sin terapia que lo ataque, tiende a mutar para transformarse en escarmiento.
   Es lo que -según sostenía sabiamente Perón- suelen hacer tronar los pueblos cuando agotan su paciencia.

MAÑANA, 56 AÑOS EN LA PROFESION




   Malcolm Forbes, quien para pensar no era tonto,  sostuvo tiempo atrás que “La jubilación mata más gente que el trabajo”.
   Y es cierto, porque si a uno le toca -como a la enorme mayoría- la mala suerte de no cobrar una jubilación de privilegio, corre el penoso riesgo de pasar a las huestes de los desposeídos.
   Por eso, porque me encantan los manjares, el buen vino, viajar y esquivarle a las penurias, no me jubilé de mi vocación y he seguido trabajando, para llegar, precisamente mañana, a cumplir 56 años ininterrumpidos en el ejercicio del periodismo que para mí no es un trabajo sino una pasión, una adicción, un saludable vicio.
   Ya ni me acuerdo por cuántas redacciones de diarios, revistas, radios, noticieros de cine y canales de televisión he pasado, en muchos tramos de mi vida con una curiosa simultaneidad, que a la hora de hacer números, suman 110 años efectivos.
   No es lo mío un acontecimiento social ni es para tapa de diarios, recibir distinciones, reconocimientos, estatuillas, ser ciudadano ilustre o que me envíen almidonados saludos protocolares.
   Los que abrazamos esta profesión, sin dudas la más invadida del universo, sabemos que nuestra lucha es hacia fuera y hacia adentro, contra los oportunistas y los avivados de siempre que se cuelgan de una ideología, de un personaje o de una promesa; pontifican aquí y allá, a los cuatro vientos, juegan a que son comunicadores impolutos y por su militancia, más que por la perofesión, reciben jugosos beneficios.
   Puede que eso sea divertido, que les permita facturar y socializar mejor que si fueran carpinteros, farmacéuticos o artesanos -solo por citar casos distintos- pero cuando desnudan su liviandad de conceptos o el compromiso es solo parcial, interesado y sectorizado, es que descubrimos a los invasores de los que  hablaba.
   Lo quiero festejar simbólicamente, sin ceremonias, misas de acción de gracias ni nada parecido.
   Todavía tengo amigos de fierro y colegas a los que admiro y frecuento, porque quiero seguir aprendiendo.
   Quiero celebrarlo evocando momentos, trayendo al alma instantes únicos, recordando a los afectos que me acompañaron y me acompañan: a mi familia que le tocó sufrir las persecuciones que me agobiaron, las presiones, las amenazas y los malos ratos.
   De no ser por ellos, probablemente hubieran tambaleado mis convicciones y al primer traspié hubiera cedido al retiro.
   Debo ser agradecido con los que me enseñaron, cuando el periodismo se ejercía y no había aulas para aprender.
   Debo caer a la folklórica simpleza de confesar que mi universidad fue la calle, las angustias, conocer el mundo, acercarme al horror, vivir instancias mágicas, llorar a escondidas y ser feliz con la sencillez de un abrazo, de una caricia o de un oportuno consejo.
   Porque pese a los contratiempos, al sufrimiento, a la marginación laboral de algunos sectores, cada uno de nosotros tiene el mejor antídoto contra eso que es sentirse libre, que es la certeza de sentirse útil.
   Solo esto quería decirles, como una confesión de vida, que en 56 años de trabajo me colmó de sorpresas.
   En este mundo, aquí donde nadie regala nada salvo que sea un despreciable demagogo, no existe placer mayor que seguir trabajando; no abandonar lo alcanzado, porque la meta está siempre enfrente de nosotros.
   Y los malos momentos, la indiferencia y las traiciones, en lugar de amontonarlos para que te hagan daño, hay que seguir el dictado de Roberto Stevenson, quien tuvo la genialidad de decir “Mi memoria es magnífica para olvidar”.
   A mi edad y con 56 años de periodismo sobre mis hombros y dentro del alma, no es necesario tocarle el timbre a la nostalgia.
   Esa dama sensual e imprescindible, tiene siempre sus puertas abiertas.

LA MEGACAUSA

   Los delitos económicos llamados también de cuello o de guante blanco, plantean un desafío y una de las nuevas preocupaciones del derecho penal. Los especialistas los definen como delitos íntimamente relacionados con los negocios y la política, propios de personas de status social alto y con poder. Entre sus características describen como comunes el pertenecer a estratos sociales privilegiados, contar con un buen pasar económico y tener contactos con personas poderosas que les permitan poder influir sobre la legislación y los medios de comunicación a fin de mantener su impunidad.
   Algunos autores hablan de una burguesía mafiosa que debe llegar a un acuerdo con las instituciones del Estado para poder sobrevivir y si bien tener dinero y poder no es sinónimo de ser delincuente, claro está  para el sentido común, que sí es condición sine qua non para ser acusado de este tipo de delito.
Y es en este punto donde se plantean discrepancias con la mayoría de los que fueron imputados y condenados en la causa del Registro de la Propiedad que no tienen status social alto ni poder, no son privilegiados con buen pasar económico, sino ciudadanos que viven de su trabajo diario, carecen de contactos y/o influencias: de hecho, mientras las condenas y prisiones preventivas gozaron de pomposa difusión mediática, la mayoría de los medios fueron sordos a las voces de reclamo de los imputados, aunque nosotros debemos ser la única excepción.
   Es necesario un derecho penal justo que no persiga sólo a quienes provienen de sectores socialmente desprotegidos. Los delitos de los poderosos plantean un desafío importante que, como definió textualmente la Procuradora Alejandra Gils Carbó,  "involucran enormes cantidades de dinero y fraudes económicos que conducen a la concentración de la riqueza".
   Por ello mismo, querer aparentar la persecución de esos delitos apresando y condenando a personas comunes sin dinero ni riquezas, cuyo único privilegio es contar con una fuente laboral o una formación profesional, es desviar peligrosamente el objetivo, perpetuando la impunidad de los culpables y el daño que  producen.
   Sólo que en Córdoba se sospecha de un Poder Judicial que parece que no quiere ver.

AUTOMOTRICES EN GRAVE CRISIS

   Mañana, sin que esto sea el apocalipsis pero es una manifestación palmaria de la crisis, cerca de cuatro mil cordobeses pasarán a ser víctimas, si, víctimas de suspensiones en la industria automotriz.
   En realidad si a ese número lo transformamos en familias, el panorama no aparece tan alentador como se lo pretende vender desde el poder, tal si viviéramos en un país híper industrializado, productor de bienes a granel, exportador y generador de divisas.
   Decir que estamos en la postración sería exagerado, pero es más grave sostener que vivimos en el paraíso.
   La mayoría de las automotrices instaladas en el territorio nacional son de capitales extranjeros, aunque se diga que el mayor componente de inversión es argentino.
   Y ninguna de esas empresas ha venido al país, o se queda entre nosotros por vocación filantrópica porque no regalan nada y como negocio, solo tienen el horizonte de su rentabilidad, ahora seriamente amenazada.
   No es casual la marcada merma que operada en la venta de autos y no tratemos de encontrarle otras explicaciones que no estén vinculadas con la situación general.
   Si los empresarios encanutan los coches es una cosa, pero si el Estado lleva la realidad a que no se puedan comprar autos, la culpa no es de los fabricantes, porque ellos no regalan nada.
   Lo triste es que la variable del arreglo o el fracaso es el trabajador, que está lejos de ser empresario y más lejos aún de aparecer como jerarca que puede superar la crisis.
   El peligro está en que esas empresas, cansadas de los vaivenes políticos, opten por buscar nuevos horizontes que les ofrezcan mayores garantías de permanencia y progreso.
   La amenaza, lanzada ya veladamente por algunos capos de la industria automotriz, debiera ser tomada en cuenta, con la seriedad que se necesita, y no como parte de una sorda lucha que no conduce a nada.

EL DIA DEL MAESTRO

   Cuando activo la memoria y esa inestable neurona me lleva hacia la escuela primaria, me encuentro con que una de las que fui alumno ahora es un shopping y la otra, el Pio décimo de los salesianos, se me traspapeló en la bruma de los almanaques.
   Soy de los tiempos en que la maestra, hasta primero superior, era nuestra segunda mamá.
   De tercero a quinto grado, la persona que más sabía de la vida y sobre todo la que no perdonaba los horrores de ortografía, mi desequilibrio matemático o los intrincados tiempos de los verbos.
   Ya en sexto, dejaba de ser la segunda mamá, y era la peor de nuestras censoras, la que nos convencía que el Everest era más alto que el Cerro de las Rosas, y que San Martín había cruzado los Andes.
   Y la maestra, frente a nuestra explosión hormonal, se transformaba mágicamente en un precoz objeto de deseo.
   Así es como no olvido mis primeros viajes imaginarios a los más recónditos rincones del planeta, la importancia del Pi 3,1416 o aquella fantasía de las frases que según la edulcorada historia, habían pronunciado nuestros próceres al morir.
   Pero tampoco olvido las torneadas piernas de Marta Ceballos, la ternura y los ojazos de Perla Grimaut de Milich que hoy debe andar por los noventa y tantos años, siempre lúcida, madre de  Carlos que es mi amigo y abogado, y de Cristina.  
   También me resulta inolvidable el fervor etílico de un par de maestros que tenía en los salesianos.
    Son parte de mis nostalgias como íconos docentes, la Mima, Rosalba y Lucy Scanferlatto.
   Es ahora cuando valoro más allá del obvio ejemplo sarmientino, el sacrificio y el compromiso de la vocación por enseñar, al menos en aquellos tiempos que la maestra era modelo a seguir más que compinche para sus alumnos.
   Que educaba y se llevaba tareas a su casa.
   Que nos instruía para el aula y para la vida, a diferencia de la actualidad que por imposición de circunstancias son cocineras, confidentes, enfermeras, asesoras de sexo y administradoras.
   Si el niño por aquellos tiempos tenía malas notas, el culpable era el niño, como nunca debió ser de otra manera.
   Ahora si el niño repite grado, es como si la culpa pasara a ser de la maestra, muchas veces obligada a soportar agresiones del grupo familiar de algún descarriado.
   Por eso mi homenaje, no tan solo a quienes con su sentido de la generosa entrega tuvieron la dura tarea de intentar desburrarme, sino a las que me marcaron un camino de decencia, de honestidad, de respeto y de compromiso con el prójimo.
   Aquellas maestras, mis maestras, siguen siendo iguales a las maestras de hoy, con los cambios lógicos que sobrevinieron con la llegada del progreso en las comunicaciones.
   Si hablamos de vocación, cada maestra sabe cuál es la cuota de sabiduría y amor que ha puesto al servicio de sus alumnos.
   Mi admiración, mi respeto y mi cariño por ellas.
   Por las de ahora y por las otras, las que quedaron allá lejos pero muy dentro de mí, atesoradas en un rincón de mi alma de niño.