1 de octubre de 2014

Hay caminos sin retornos

DE LA CORDURA A LA HISTERIA Y
LOS DELIRIOS PERSECUTORIOS



Nuestra proclamada grandeza
como país no puede derrapar
en la victimización permanente

Que la vida de los argentinos no es un lecho de rosas, es innecesario señalarlo en tiempos de una crisis que se empeña en ser protagonista de la vida nacional no tan solo en la política y en la economía sino en otros escenarios de lo rutinario y cotidiano. No es bueno echar culpas a diestra y siniestra o solo al norte mientras seamos incapaces, antes de disparar los dardos de la acusación, de tener la honesta práctica de la sana autocrítica.
Lo que nos envían desde afuera suele ser el lógico y previsible rebote de lo que nosotros disparamos -por suerte con ofuscados proyectiles dialécticos- que maquillan una imprudente pirotecnia diplomática.
La proclamada grandeza argentina no puede derrapar en la victimización permanente porque le resta legitimidad a la seriedad del país y a la sensatez de sus gobernantes. Y el detalle más cuestionable es que a la hora de enemistarnos, pareciera que buscáramos de antagonistas a los más poderosos procurando salvar nuestra honra en un campo de batalla a todas luces adverso, riñendo en un combate desigual por razones y por fuerzas.
En momentos que la cordura debe tener firmeza de convicción, no es bueno caer en turbaciones ni “persecutas” porque se transitan caminos sin retorno, con el agravante que al final de esa ruta nos encontramos con el aislamiento de un mundo que por eso de la globalización ha reducido al mínimo las distancias.
Los argentinos debemos preservar antes que nada la dignidad y pelear exigiendo respeto y justicia, cuando hayamos satisfecho las demandas en ese sentido dentro de nuestra geografía y entendamos que lealmente somos capaces de ofrecer esos mismos sentimientos más allá de las fronteras de la Patria. Ser respetuoso unilateralmente equivale a sumisión y la justicia si es curiosamente selectiva, pierde su propia majestad.
A la soberanía la debemos fortalecer con actitudes adultas y claras sin ninguna clase de sometimientos, dejando de lado cualquier postura emparentada con la soberbia ni con la implantación de dudas hacia afuera, porque ya son bastantes las otras dudas, las que tenemos hacia adentro.
Siempre hemos tenido una personalidad cercana a lo avasallante, edificada con méritos propios por nuestra histórica hospitalidad, por el sentido solidario, por la vocación de grandeza tanto de los nativos en el llano como de la mayoría de nuestros hombres públicos.
No permitamos entonces que de la mano de la histeria nos lleven de las narices a los predios del desencuentro internacional, pretendiendo desde el poder que a los trapos sucios los laven en el exterior si tenemos la grandeza de asumirnos como mínimos responsables de la mugre.
Lavemos antes que nada nuestras miserias internas, exijamos aquello del respeto y la justicia y después, con la razón y la convicción de nuestra parte, arremetamos contra cualquiera, así fuera la más poderosa de las potencias.
Pero con la casa limpia, la conciencia tranquila, sin deudas y con el alma en paz.
Gonio Ferrari