13 de noviembre de 2014

¿Créditos o subsidios?

LA MAS DOLOROSA DE
LAS DISCRIMINACIONES


¿A qué mente privilegiada, dentro de la nutrida legión
de funcionarios, se le habrá ocurrido una idea que en
lugar de cerrar filas solidarias solo sirve para desunir?
Bien conocemos que muchos sectores de la sociedad argentina son acérrimos cultores del gataflorismo y en tal sentido se manifiestan en contra cuando reciben, después de haberse quejado por no recibir.
Pero cuando las circunstancias imponen el despliegue solidario del Estado sin miramientos de las posiciones económicas de los ciudadanos necesitados, lo aplicable es el equilibrio más cuando hay víctimas de la imprevisión y del descontrol, que precisamente está obligado a ejercer ese mismo Estado.
No importa si los vecinos de Alta Córdoba víctimas de la explosión son pudientes o carenciados, porque “ligaron de arriba” una penosa situación que no buscaron ni de la que fueron responsables.
Que lo entiendan las autoridades: fueron castigados por la desgracia e incorporados, en un fatídico instante, al reinado de la intemperie sin ninguna misericordia y gracias a la casualidad o al factor que le quieran asignar, no hubo pérdidas irreparables en vidas humanas.
Tuvo que pasar una semana para que Su Majestad la Justicia indagara al propietario del predio y a uno de sus asesores, cuando era dable imaginar que eso ocurriría en las horas inmediatas al estallido.
La Municipalidad instaló una carpa con personal para receptar inquietudes, o sea una especie de confesionario destinado al ejercicio de la catarsis y anunció que pagaría los vidrios ¿? de las viviendas afectadas.
La provincia con su gobernador lanzado de lleno a la campaña proselitista difundió anuncios marquetineros, movilizó algunos funcionarios y puso en movimiento su máquina de prometer como siempre se hizo y ya no es novedad.
Todo bien, “lenteja” pero caminando, hasta que alguna mente brillante tuvo la genialidad de instrumentar el otorgamiento de créditos para los afectados, con lo que repararían sus viviendas y repondrían electrodomésticos, ropas, muebles y enseres perdidos.
“Gozarían” de plazos extendidos y bajos intereses, pero con un curioso detalle ¡¡¡ tendrían que pagarlos !!! lo que en pocas palabras equivalía a “regalarles” una nueva deuda sumada al drama existencial, despertando una lógica y previsible reacción negativa.
El último capítulo de esta sesuda trama en que se mezclan indiferencias, miserias políticas y carencia de sentido solidario, los cráneos tuvieron la despreciable ocurrencia de ofrecer ¡5.000 pesos! como subsidio a quienes no estuvieran en condiciones de afrontar el pago de los créditos anteriormente anunciados.
Es preferible no hablar de discriminación, porque si desde el Estado se alimentan las diferencias entre ricos y pobres; entre pudientes y necesitados, es como si otorgaran ventajas a los blancos sobre los negros, a los flacos sobre los gordos, a los de Talleres por encima de los de Belgrano o a los radicales en desmedro de los peronistas o todas sus viceversas.
Ahorremos tiempo: el Estado imprevisor, amante del relajamiento de los controles, debe pagar el precio de su ineficiencia, así como en otros casos e injustamente paga eficiencias inexistentes.
Y debe hacerlo rápido, ya y totalmente, desafectando partidas presupuestarias de efectos inservibles para la gente, asignándolas al maravilloso ejercicio de la solidaridad, allanándose al mandato bíblico que dice “El hermano que ayuda al hermano construye casi una fuerte ciudad”.
Los cordobeses y su pregonado cordobesismo, necesitamos estar seguros de ser fuertes, pese a las omisiones y todo lo malo que hacen los políticos ineptos para intentar debilitarnos.
Porque la tragedia de Alta Córdoba no duró sólo un instante.
Recién comienza y es una obligación atenderla y repararla.
Gonio Ferrari