10 de diciembre de 2014

CONTUNDENTE SIMPLEZA DE PRINCIPIOS INSOBORNABLES






Pasaron 31 años desde el día que el Dr.
Alfonsín pronunciara su vibrante discurso
inaugural ante el Congreso de la Nación,
en la recuperación de la Democracia. Es
bueno recordar como homenaje, algunos
de sus conceptos y básicas definiciones:

   “El método violento de las élites de derecha o de izquierda se justifica a sí mismo con el triunfo definitivo y final, absoluto, de una ideología sobre otra y de una clase sobre otra”.
   “La democracia aspira a la coexistencia de las diversas clases y actores sociales, de las diversas ideologías y de diferentes concepciones de la vida. Es pluralista, lo que presupone la aceptación de un sistema que deja cierto espacio a cada uno de los factores y hace posible así la renovación de los partidos y la transformación progresiva de la sociedad”.
   “El país está enfermo de soberbia y no está ausente del recuerdo colectivo la existencia de falsos diálogos, que, aun con la buena fe de muchos protagonistas, no sirvieron para recibir ideas ajenas y modificar las propias. El diálogo no es nunca la sumatoria de diversos monólogos sino que presupone una actitud creadora e imaginativa por parte de cada uno de los interlocutores”.
   “Sin la conciencia de la unión nacional será imposible la consolidación de la democracia; sin solidaridad, la democracia perderá sus verdaderos contenidos. Esta llama debe prender en el corazón de cada ciudadano, que debe sentirse llamado antes a los actos de amor que al ejercicio de los resentimientos”.
   “Habrá libertad en la Argentina, y habrá también orden. El orden presupone el rechazo de las violencias particulares, pero no solamente de la violencia terrorista sino también de la violencia que se perpetra sobre el alma de los argentinos para tratar de empujarlos hacia las ideas autocomplacientes y decadentes”.
   “Todos los habitantes de esta República podrán saber lo que ocurre, sin que la información vuelva a ser jamás reemplazada por una guerra psicológica que se perpetró contra el pueblo argentino, generando una verdadera muralla de incomunicación entre los gobernantes y los gobernados e impidieron así la realimentación de un circuito que sirve a la gente común, con derecho para juzgar y opinar, pero que también sirve a las mismas autoridades”.
   “En la administración de los medios transitoria o defi nitivamente en manos del Estado, así como en la administración de la agencia oficial de noticias, existirá juego limpio; los instrumentos del Estado no son propiedad privada de los gobernantes ni de un partido, sino de todos los argentinos”.
   “A través de esos medios, así, se expresará la natural pluralidad de la república democrática, a través de todos sus matices”.
   “Terminó la confusión entre organismos oficiales, o momentáneamente intervenidos por el gobierno y organismos oficialistas. A través de todas las vías en que pueda influir, el gobierno transmitirá la natural diversidad de opiniones de los ciudadanos, sin cesuras ideológicas y sin discriminaciones”.
   Eran tiempos duros.
   Y vale reiterarlo, porque alguien debiera decirles a los jóvenes de hoy cuál era el escenario
en el que le tocó actuar a Raúl Alfonsín cuando enjuició a los genocidas, que todavía tenían  poderío bélico y apoyatura financiera como  para  sostener  sus nostálgicos y autoritarios caprichos.
   Ya en la lona cualquiera podía mojarles las orejas, descolgar sus retratos y abrumarlos en los tribunales de la democracia con justas y merecidas perpetuas.
  Si hay algo que sintetice todo lo que hizo Alfonsín por la democracia, se lo digo en pocas palabras, que me cambiaron la vida.
   Hizo que perdiéramos el miedo a ser libres.
   Eso solo de por si, ya fue y sigue siendo una enormidad.
   Y se agranda su estatura política cuando evocamos que gobernó sin franelear la Constitución, porque le bastó solo con el Preámbulo para hacernos rezar la oración cívica más conmovedora que pueda recordar.
  No hizo falta que corriera tanto tiempo y fue que alcancé a valorar y comprender, por haber vivido esos años y no tocar de oído, lo que más allá de las banderas políticas, es la inmortalidad de los héroes.
Gonio Ferrari