18 de marzo de 2015

De buitres y carroñas ----------------

PENOSA TAREA EL ERIGIRSE
EN FISCAL, JUEZ Y VERDUGO

Hacerlo en la persona de alguien vivo suele ser
la equivocada práctica del mal periodismo, pero
si la “víctima” está muerta pasa a ser abyección

   “No es la primera aplicación en lo que algunos llaman justicia, de esa vieja ley futbolera que impone un buen ataque como mejor defensa. El caso Nisman se está transformando en el primer asesinato cuyo culpable es la víctima que no puede defenderse porque la mataron”.
   Pienso que ese párrafo inicial de una de mis notas anteriores sintetiza todo.
   Todavía Aníbal Fernández, el nuevo “chirolita” nacional y popular, no había caído en la bajeza de insultar a un muerto, y para colmo a un muerto que SU gobierno tenía la obligación de proteger.
   Ese muerto, como cualquier otro ciudadano sea Oyharbide o Florencia Kirchner, dueño de su vida privada, atesoraba elementos para aportar a la justicia, que comprometían a gente importante, pero quedó demostrado con los hechos que lo más importante era tener a Nisman muerto.
   Es muy fácil ofender, agredir, descalificar, menoscabar y humillar a quien no tiene cómo neutralizar tanta vileza.
   Es también repudiable ventilar la privacidad ajena en una acción alimentada por intereses políticos, desesperación o nerviosismo.
   Con Carlitos Jr. ocurrió que todos aplaudían y envidiaban su vida disipada y salieron a cuestionarla después de muerto, por un episodio que aún navega en un mar de sospechas y conjeturas porque el principal protagonista de esa historia no puede alegar en su defensa.
   Con Yabrán también se ensañaron “pos mortem” y no faltaron quienes juraron haberlo visto con cara nueva en Miami, en París o en Moscú.
   Uno de los pilares de la recuperación de nuestra democracia -Raúl Alfonsín- tuvo que morirse para que luego aparecieran los carroñeros que lo acusaron de debilidad en Semana Santa, en la ley de punto final y en otras medidas de gobierno que adoptara.
   Cuando se buscaban antecedentes descalificadores que afectaran la imagen del fiscal muerto, fue tildado de gay como si la elección sexual no fuera un “derecho igualitario” o como si en el DNI de cualquier argentino figurara, como en el IVA, su posición frente al sexo.
   Haciendo paralelos -porque así lo imponen las circunstancias- de la misma manera pudiéramos sostener dudas compartidas con buena parte de la sociedad, acerca de la muerte de Néstor Kirchner, cuando sabemos que solamente él tiene la verdad que viajó consigo a un destino de eternidad que sólo la historia dirá si es edénica o no.
   Aníbal Fernández consiguió desplazar al pobre “Coki” y se transformó en el más duro escudero de sus amigos encumbrados en el poder, que están en apuros, que jamás pensaron seriamente en un acuerdo entre la oposición y se olvidaron de Boudou, de Schoklender, de Skanska, de la inflación, del alevoso crecimiento del impune narcotráfico, de la inseguridad, del papelón de los trenes, de la desocupación y de otros problemas y arremetieron como los equipos de fútbol, atacando para defenderse, enceguecidos porque van perdiendo y el partido se está por terminar. 
   Aníbal Fernández, reconocido futbolero, “barrabrava” por vocación y convicción, en su momento prófugo de la Justicia, sospechado en un procedimiento con secuestro de droga, de turbios manejos durante su intendencia en Quilmes, pretende ahora y por milagro de olvido, erigirse en fiscal, juez y verdugo de un muerto.
   Ese privilegio es solo de los seres despreciables.
   Aníbal Fernández no es la historia.
   La Historia, de por sí, le queda grande.
Gonio Ferrari