5 de marzo de 2015

Nisman no descansa en paz -----

LA VIL Y SUCIA COSTUMBRE 
DE INVESTIGAR A LA VICTIMA
No es la primera aplicación en lo que algunos
llaman justicia, de esa vieja ley futbolera que
impone un buen ataque como mejor defensa.
El caso Nisman se está transformando en el
primer asesinato cuyo culpable es la víctima
que no puede defenderse porque la mataron.

   Cuando las dudas se van fortaleciendo empujadas por las tramoyas políticas y sus metástasis en la justicia, es que todo pasa a dirimirse en el incierto terreno de las dudas porque la seriedad se mandó a mudar y dejó en su lugar al descriterio, al mal manejo de la opinión pública, a la instalación de versiones, todo esto en el apuro nacional y popular por cerrar con algo de pretendida dignidad, uno de los capítulos más ominosos de su extendida década en el poder.
   Casi desde el comienzo del drama, a mediados de enero, ya se vislumbraba la tónica que alcanzaría el proceso cuando se echaron a rodar las dudas, primero acerca del apresuramiento en el regreso de Europa, luego la inestabilidad emocional del fiscal muerto, supuestas relaciones equívocas, inconsistencia de los cargos, intervención de servicios secretos extranjeros, intereses petroleros y otros factores que pretendían justificar una enorme presión causante del suicidio.
   Se le faltó el respeto a la preservación del escenario del drama porque el departamento, el piso y el edificio se transformaron en  una romería de funcionarios que nada tenían que hacer allí; tardías inspecciones oculares, sospechas sobre la custodia y otros elementos que solo sirvieron para contaminar de charlatanería la marcha de una investigación errática  y desorientada, que solo buscaba fortalecer la idea del suicidio como única causa de la muerte.
   Y en el terreno político, donde también se mueve un “partido judicial” oficialista, apretaron el acelerador de la desesperación en un intento de diluir la situación, las dudas y las sospechas, desacreditando la denuncia y enviándola virtualmente al archivo en un trámite más veloz que la desestimación de la causa por el vertiginoso enriquecimiento de la pareja gobernante, de unos años atrás.
   Quienes sostienen que Rafecas no leyó el amplio escrito acusatorio contra la Sra. K y compañía ni escuchó las grabaciones de las conversaciones telefónicas se equivocan, porque no faltaron los comedidos que lo hicieron por el Juez y con esos interesados elementos indujeron su conducta.
   Posiblemente las últimas -de lo que con seguridad habrá muchas más- fueron la aparición de la supuesta novia y la exagerada cantidad de alcohol en sangre que habrían detectado ¡¿recién ahora?! en el cadáver.
   Todo esto al menos avisado de los argentinos, le lleva a pensar que el giro obligado de los desahuciados por la realidad ya que a todas las chicanas que se inventaban surgía su desestimación técnica o testimonial, era caer a lo más burdo que se está haciendo peligrosa costumbre en los argentinos: investigar a quien no puede defenderse, que es la víctima. 
   Uno a uno vienen cayendo por su inconsistencia en unos casos y por honestidad jurídica en otros, los maquillajes que pretendieron disfrazar como única causa el suicidio por estrés excesivo o apremios íntimos.
   No es para afirmar que lo asesinaron por esta o por tal desconocida causa, si actuaron sicarios, si al autor le facilitaron la entrada, si lo habían planificado la Cia y el Mossad o cualquiera de todas las versiones que aún no se han cansado de circular.
   Pero todo indica que no fue suicidio, como desde el principio y apresuradamente se lo anunció por parte de encumbrados funcionarios, hasta la instancia cúlmine de paralizar judicialmente la investigación sobre quienes acusaba el fiscal antes de morir.
   Investigar a la víctima es una infame y desleal actitud de vileza.
   La impotencia y el despecho son malos consejeros a la hora de escudriñar el camino para llegar a la verdad, salvo cuando prevalecen intereses cuantiosos, posturas políticas inmodificables y caprichos de eternidad.
   Como ahora, ni más ni menos.
Gonio Ferrari