6 de julio de 2015

¡FELIZ CUMPLE, PATRIA CORDOBESA!

 
   Desde que tengo memoria, que es el infalible antídoto contra la maldita peste del olvido, sostengo y reitero con orgullo porque así me lo grabé en el alma, que Argentina es mi país pero Córdoba es mi Patria.
   Porque camino los años de los que nos vamos haciendo viejos no tan sabios como se comenta y lo digo sin pena, amando a Córdoba como es: sensual y anárquica; desordenada y doctoral, con humor de exportación que hace enojar a los mediocres y un cierto malhumor social que es preciso atender.
   Ciudad abofeteada por la desidia de los que dicen que mandan y por la confusión que permiten esos mismos, los que siguen creyendo que la gobiernan.
   Aquí en Córdoba anidan el añejo orgullo de las raíces, la proverbial y
callejera arrogancia de sus luchas, la humildad mediterránea y las industrias de los autos, del cuarteto, del apodo, de los diplomas y del fernet.
   Y porque somos sus hijos amamos a esta nuestra Córdoba romántica,  unica, magnética, mágica y soberbia.
   Ciudad con faro, pero sin mar.
   Ciudad sin nieve pero con demasiados pechos fríos.
   Amamos a esta Córdoba avasallante que ejerce idéntica atracción en sus hijos adoptivos, en los que la visitan para después quedarse y en los que se aquerencian, a veces mintiendo que están estudiando porque Córdoba tiene la protectora calidez de una mamá que puede ser biológica o sustituta.
   Ciudad símbolo, ruidosa, altiva, maltratada, insegura y sorprendente.  
   Realmente hay un lujurioso placer que se renueva al abrazar ese improlijo laberinto de tus barrios, los rumorosos bares de mil esquinas, el desorden de tus avenidas, la histeria de tu tránsito, los colores de tus clubes, el caro y esquivo transporte urbano, los candados de tus conventos, la pasión de tus políticos con su vocación de eternizarse, la dañina insolencia de tu río cuando crece, esa insuperable y lacerante intemperie de tus villas, la convocante sonoridad de tus campanas, el interminable catálogo de tus baches, la
penosa sorpresa de los cortes de luz, el histórico y permanente estado de asamblea de los municipales, la siestera e invariable pachorra de tu Justicia, la mentirosa solemnidad de tus doctores, la inimitable contundencia de tu tonada, la frescura de tus estudiantes, la desviada columna vertebral de tu Cañada, la invadida peatonal criadero de palomas y de falsos artesanos, la añosa certidumbre de tus templos, tu maravillosa y ocre lozanía en el otoño, el silencioso abrigo del invierno…
   ¿Qué más puedo decirte que no lo sepas?
   Para cada uno de tus cumpleaños, siento la necesidad y la urgencia, como si fuera por decreto, de confesarte todo lo que te amo.
   Por la generosa hospitalidad de tu tierra.
   Por el linaje de esas pesadas y dulces cadenas que atan mi alma a tu historia, a tus blasones y a tu gente …
   En este cumpleaños, ¡Salud, mi ciudad!
   Patria de siempre …
Gonio Ferrari