21 de julio de 2015

¿Y la policía callejera? ----------

EL VERTIGINOSO REGRESO
A LA PERDIDA SEGURIDAD

   No era necesario ser adivino, perceptivo, brujo, intuitivo ni milagrero, para predecir lo que ocurriría con la seguridad urbana apenas pasaran las elecciones provinciales, en cuya campaña el poder se cansó de prometer a futuro lo que no supo, no quiso o no pudo instrumentar durante más de una década y media y sigue con su brújula desorientada.
   Si hasta era un primor ver a tantos agentes molestándose entre ellos en las esquinas, caminando los barrios, luciendo los coquetos y fulgurantes chalequitos (esos de hacerse ver) y patrullando en sus coches desbordantes de luces, aunque carentes de conducción operativa por falta de políticas.
   Las reacciones frente a delitos callejeros tuvieron rutilantes y mediatizados resultados, durante los últimos días previos a la contienda cívica y se instaló en la gente -en ese caso sí- una sensación tan momentánea como atractiva, de volver a los tiempos en que el paseo por las calles era una costumbre vecinal.
   Pasaron las elecciones, ganaron los que ganaron, festejaron los que festejaron aliviados por la continuidad y aquella alucinación de sentirnos protegidos fue desapareciendo a medida que la televisión, los diarios y las radios nos acercaban noticias de un sensible recrudecimiento de la actividad delictiva.
   La tregua que impuso por unos días la presencia policíal ya estaba quebrada y las consecuencias a la vista, mientras las autoridades miran hacia otra parte, y en lugar de asumir responsabilidades y obrar en consecuencia, le echan la culpa a cualquiera con tal de desligarse de la situación que no saben controlar y que los sumerge otra vez en el descrédito y en la desconfianza ciudadana.
   Nueva Córdoba, el centro y barrios históricamente acosados por el delito eran vergeles de uniformes, motos y patrulleros, un desusado espectáculo que duró hasta que los números le otorgaron el triunfo al oficialismo.
   Ya pasó el susto en El Panal.
   Ahora el susto, el temor, la desconfianza, los rompepuertas, las patotas, los arrebatadores y todas las formas de la delincuencia han vuelto renovadas y con hambre alimentado por la impunidad, a los barrios y al centro, donde ya no existen las “zonas rojas” porque ese triste rótulo tiene penosa vigencia en toda la ciudad incluyendo a los barrios cerrados.
   La policía ni siquiera pudo neutralizar a una patota de casi medio centenar de muchachos y chicas -que con el estilo de los “arrastrones” de los faveleros cariocas- durante demasiado tiempo hicieron desastres de madrugada en Nueva Córdoba, generando un hecho brutal que es vergüenza nacional.
   Después, entonces, que no salgan a endurecer posiciones quienes se oponen a que el ciudadano se defienda por su cuenta, cuando el Estado deja de cumplir con su obligación de asegurarle amparo a su vida y a sus bienes.
   No nos asombremos: crecerán los karatekas, los cultores de la katana y quienes, con todos los riesgos que ello implica, se ven cada día más obligados a armarse en ejercicio y uso de su propia y legítima defensa.
Gonio Ferrari