25 de agosto de 2015

En su día ---------------------------

ELOGIO DEL PELUQUERO/A

   Tiempo atrás, cada lunes era el día que los peluqueros no trabajaban ni siquiera a puertas cerradas, salvo para alguna emergencia bien justificada como podía ser una boda -y más si era “de apuro”- u otra fiesta que demandara sus servicios.
   Ahora atienden todos los días.
   Antes había para hombres y para mujeres.
   Ahora los hay unisex, o sea para los tres sexos. 
   O cuatro.
   Antes un buen porcentaje de los peluqueros para damas apenas se iniciaban ya ingresaban a ser sospechados en el campo de sus preferencias sexuales, a donde por la sola portación de tijeras, peines y ruleros, no contaban con la aceptación de esos asesores en política, economía, deportes y comidas que eran los verborrágicos peluqueros de barrio, solo para hombres.
   Los años, las costumbres, la cultura y las exigencias de mercado y consumo contribuyeron a unificarlos en la profesión y ahora “coiffure” o “estilistas” la mayoría, salvo la
excepción de los veteranos al borde de colgar tijeras y navajas (ya nadie se hace afeitar) no hacen distingos si de atender se trata, ya sean -diría un policía- masculinos o femeninas.
   La vocación por esa novedad de los “metrosexuales” coloca a los muchachos y algunos otros no tan péndex al borde de la mariconería de antaño, lanzados a la depilación, el cuidado de las uñas y una que otra mechita, “clarito” o reflejo piloso que los haga distintos.
   El peluquero ya asexuado en los tiempos que corren, es un protagonista vital en la vida de cualquier persona.
   No tomemos en cuenta el poder adquisitivo del cliente o clienta, porque una mujer coqueta sacrifica cualquier alternativa siempre y cuando se asegure una hora y pico asándose los sesos en el secador, sometida a ese rito casi religioso de la decoloración, la tintura o la planchita.
 
 Y así saldrá oronda, contenta y realizada para que la miren sus vecinas y la envidien aquellas acostumbradas o resignadas a exhibir crenchas desprolijas.
   El/la peluquero/a habrá cumplido con su cometido: hacer feliz a una mujer que de paso lo/la puso al día de todos los chismes, la mejor película, andanzas de anónimos o identificados patas de lana, deudas, desengaños, flirteos y ocultas relaciones del prójimo.
   Porque más allá de pelucas, bucles, tinturas, flequillos, crestas, ruleros y champuses, el peluquero no deja de ser un confesor de cabotaje y sin sotana, personaje ambiguo o no, respetable e imprescindible en nuestra sociedad.
   ¡Feliz día!
Gonio Ferrari