9 de agosto de 2015

Se impone regresar a la cordura --------

LA SOCIEDAD FRAGMENTADA

No es nada grato advertir el profundo cambio operado en 
la sociedad argentina en estos últimos años. Se pasó del
debate a la intolerancia, al sentido solidario en caída libre, 
se dividieron familias y se disgregaron sólidas amistades.

   De ninguna manera la intención es ventilar un pretendido análisis sociológico de la evolución y la realidad que está viviendo la sociedad argentina ni poner al descubierto lo que primero fue una sensación, se desarrolló creciendo como impensada cultura y se instaló en un trono que es más para sentar allí a los olvidos que a la cruda y dolorosa actualidad nacional.
   Cuando la ominosa barrera del miedo, la capucha y el silencio se quebró con la recuperación de la democracia allá por el ’83 creímos haber ingresado a un  paraíso duradero, enaltecedor de nuestra calidad de vida y superador de tantas instancias dramáticas que nos tocara padecer a los argentinos.
   Recorrimos caminos de concordia dentro del disenso y las diferencias en el terreno político e ideológico se zanjaban con el debate encendido aunque enriquecedor; con la sana exposición de ideas y proyectos; con la revitalización del diálogo como instrumento de armonía en la saludable variedad del amplio espectro de la intelectualidad.
 La maduración que se venía operando en nuestra forma de pensar, de asumir las complejas y adversas circunstancias y de obrar con el ánimo de mejorarlas se empezó a deteriorar cuando una incipiente soberbia se instaló urnas mediante en el poder, enarbolando estandartes de viejas y sufridas antinomias y tomando como de exclusiva propiedad la lucha por los derechos humanos, tan vulnerados por los malos cuarteleros que asaltaron la Patria en el ’76.
   De allí a la instauración de cierto fanatismo que no admite pensar distinto y se atribuye la propiedad de la palabra bíblica, transcurrió muy poco tiempo para que raudamente se erigiera en fundamentalismo tanto en lo político al igual que en lo ideológico y lo económico, con una peligrosa tendencia a descalificar, cerrar diálogos, manipular la Justicia y bajo el pretexto de luchar contra  corporaciones mediáticas, edificó la propia que crece con los dineros de todos pero con el mensaje único del modelo.
   Así las cosas, “fabricando” pobres que pasaron a ser parte de la realidad pero no de las estadísticas, desde el poder se fortaleció la poco digna política del subsidio que es enemiga del trabajo, de la producción y del desarrollo pero que alienta la continuidad del asistencialismo y la comida demagógica disfrazada de justicia social, elementos todos que al final de la rueda transforma a esos carenciados en rehenes de las urnas.
   Más allá de los inocultables logros alcanzados en distintos órdenes de la vida nacional -es obligación de todo gobierno trabajar para la gente y no sólo para el aplauso- queda el amargo sabor de la prepotencia en muchos aspectos, los desmanejos de la economía, las mentiras estadísticas, la superpoblación de los organismos del Estado, el manejo discrecional del presupuesto, la postergación de algunas provincias “no simpáticas” al poder central, los índices de corrupción, el exceso de “yoísmo” en las comunicaciones con el pueblo, la inseguridad que se pretende esconder, la inflación incontrolable que agota nuestras reservas, el brutal crecimiento del narcotráfico padre y señor del hampa enquistada, el escaso respeto por tantos miles de ancianos que después de haber dejado buena parte de sus vidas en el trabajo, están sometidos a necesidades cobrando como jubilación menos de lo que fija la línea de pobreza; el escaso criterio oficial para el manejo y la atención de prioridades … en fin, situación actual que solo beneficia a los especuladores y a los amigos del poder.
   Por eso cuando el asistencialismo se disfraza de solidaridad se inyecta en parte de la opinión pública -los beneficiarios- una sensación irreal de un bienestar que no es tal o no existe, pero son ellos -los gobernantes-  principales sostenedores de un sistema perverso que deriva lógicamente en fundamentalismo para la defensa de tantas ventajas a costa del sufrimiento ajeno.
   Este panorama lleva a pensar que ciertos procederes antipopulares no encierran el objeto “de constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general…” que son postulados constitucionales.
   Tal propensión a convencernos que vivimos en el país de las
maravillas y que toda opinión en contrario no merece ser escuchada y menos tenida en cuenta, ha llevado a desarrollar mentes en la obcecación del discurso único e inapelable, lo que en buen romance es una grosera forma que asume la prepotencia que es el umbral de las tiranías.
   Apena entonces y no es nada grato advertir el profundo e impensado cambio observado en la sociedad argentina en estos últimos años, porque se pasó del debate a la intolerancia, se fracturó el sentido solidario, se dividieron familias y se disgregaron sólidas amistades.
   La soberbia y el capricho no son estilos aceptables para gobernar ni siquiera un club.
   Es una situación que debemos superar entre todos regresando a la concordia y al diálogo; a la exposición de ideas susceptibles de ser mejoradas pero sin descalificaciones apresuradas; al debate civilizado que derrote salvajismos, obstinaciones y atropellos; volver a los viejos tiempos de la convivencia entre adversarios y no la actualidad de considerar enemigo y traidor a todo aquel que ose pensar distinto.
   No necesitamos salvadores mesiánicos ni delirantes nostalgiosos que nos sumerjan sino gobernantes que nos respeten.
   No necesitamos próceres de cartón.
   Casi con desesperación necesitamos patriotas.
Gonio Ferrari