29 de septiembre de 2015

¡CHAU, SERGIO!



   Desde adolescente -y salvo contadísimas excepciones- arrastro la costumbre de no asistir a velatorios ni realizar inmediatas visitas de pésame, por interpretar que ni siquiera por un compromiso amical tengo derecho a invadir el íntimo dolor de la familia de quien ha partido.
   Porque ese pesar azota las entrañas, trae recuerdos, instala vivencias compartidas y momentos irrepetibles que se conjugan en la simpleza de evocarlos así, entre los que buscan frente a lo irreparable de la ausencia, el consuelo y la resignación.
   Prefiero dejar que se diluya el estrépito mediático si se trata de alguien conocido y el inicio del luto en los más allegados que ya cumplieron con la reiterada costumbre del abrazo, las lágrimas y todas las calcadas palabras de pésame.
   Porque es pasada la conmoción cuando el familiar; el amigo de años, se sienten solos e inmersos en la tristeza esencial ante aquella irreversible instancia de la partida, de quien jamás volverá aunque viva en el cariño del recuerdo y la evocación de instantes que ahora la muerte -si, la muerte- los transformó en dulcemente mágicos.
   Acompañar en su congoja a una personalidad fuerte como lo es Ana María Alfaro hubiera sido cumplir con afecto ese ritual de adioses que a todos nos espera, demasiado pronto e injusto para algunos. No es posible asumir alejamientos definitivos así tan abruptamente en esa vertiginosa transformación de la plenitud y la felicidad de madre, en dolor desgarrante.
   Y otro tanto debe lastimar al hermano compinche, compañero, amigo y confidente que despide a un pedazo de su propia alma y mastica ese adiós fraternal, desesperado y brutal.
   Para los hijos; para sus afectos más cercanos, el júbilo de haberlo gozado plenamente, íntegro en su conducta, ejemplar como padre y vástago paradigmático en una síntesis de lo que en vida es una buena persona, el título más honorífico que no otorga ninguna universidad sino la propia trayectoria.
   Que el Altísimo, el Dueño de Todos los Relojes, se llame como le quieran llamar, le asigne a mi querido Sergio Kloner el destino de los elegidos.
Gonio Ferrari