11 de septiembre de 2015

DIA DEL MAESTRO


   Cuando activo esa parte del cerebro que me maneja la memoria y regreso hacia lo que fue mi escuela primaria, llego a una especie de bloqueo porque a una de las que fui ahora es un shopping y la otra, el Pío Décimo de los salesianos, se me traspapeló en la bruma de los almanaques.
   Soy de los tiempos en que la maestra, hasta segundo grado, era nuestra segunda mamá.
   De tercero a quinto era la persona que más sabía de la vida y sobre todo la que no perdonaba los horrores de ortografía, mi desequilibrio matemático o los equivocados tiempos de los verbos.
   Ya en sexto cuando Bariloche era sólo una postal, ella con su dulzura dejaba de ser la segunda mamá, la peor de nuestras censoras, la que nos convencía que el Everest es más alto que el Cerro de las Rosas, y que San Martín había cruzado los Andes, para transformarse mágicamente -frente a nuestra explosión hormonal- en un precoz objeto de deseo.
   Así es como no olvido mis primeros viajes imaginarios a los más recónditos rincones del planeta, la importancia del Pi 3,1416 o aquella fantasía de las frases que según la historia poco creíble, habían pronunciado nuestros próceres al morir.¿Imaginan eso de “muero contento …” dicho por un soldado atravesado por diez bayonetazos y cosido a tiros?
   Tampoco son parte de mis amnesias las torneadas piernas de Marta Ceballos, los ojazos y la ternura de Gloria Perla Grimaut de Milich que hizo su viaje final pocos días atrás: ella siempre lúcida y coqueta, hija del gran Azor Grimaut y madre de Carlitos “La Larva” que es mi amigo y de Cristina.   
   También debo confesar que me resulta inolvidable el fervor etílico que lucía un par de maestros que tenía en los salesianos y son parte de mis nostalgias como ejemplos docentes la Mima, Rosalba y Lucy Scanferlatto.
   Es cuando valoro más allá del histórico ejemplo sarmientino, la dedicación y el compromiso de aquel fanatismo por enseñar, al menos en aquellos tiempos que la maestra no era “la seño” sino un modelo a seguir más que compinche para sus alumnos.
   Que solo educaba y aparte se llevaba tareas a su casa.
   Porque nos instruía para el aula y para la vida, a diferencia de la actualidad que son cocineras, confidentes, enfermeras, asesoras en materia de sexo y administradoras.
   Antes si el niño tenía malas notas, el culpable era el niño, como nunca debió ser de otra manera.
   Ahora si el niño no pasa de grado, la culpa es de la maestra, muchas veces obligada a soportar agresiones del grupo familiar de algún descarriado.
   Por eso mi homenaje, no tan solo a quienes tuvieron la dura tarea de intentar desburrarme, sino a las que me marcaron un camino de decencia, de honestidad, de apego al trabajo, de respeto y de compromiso con el prójimo.
   Aquellas maestras, mis maestras, siguen siendo iguales a las maestras de hoy, con los cambios lógicos que sobrevinieron con el progreso y la abrumadora tecnología.
   Porque si hablamos de vocación, cada maestra sabe íntimamente cuál es la cuota de entrega que ha puesto al servicio de sus alumnos.
   Al cantar “Aurora” dudábamos si “…alta en el cielo un águila guerrera” era la Bandera o nuestra maestra.
   Mi admiración, mi respeto y mi cariño por ellas.
   Por las de ahora y por las otras, las que quedaron allá lejos pero muy dentro de mí, atesoradas en un rincón de mi alma de niño.
Gonio Ferrari