22 de septiembre de 2015

FOTÓGRAFO: LADRÓN DE RELÁMPAGOS Y OJO DE LA HISTORIA

La fotografía no puede cambiar la realidad 
pero sí puede mostrarla. (Fred Mc Cullin)

   No es cuestión de evaluar si es cierto o no que la aparición de la fotografía fue una bisagra en el devenir de la Humanidad, por el simple hecho de haber abierto al mundo la posibilidad de retener instantes e imágenes irrepetibles.
   Dejemos a los años que no detengan su imparable maratón de progreso y enfoquemos a los artífices que comenzaron a robar instantes con sus cajas mágicas. Los mismos que luego esgrimieron los daguerrotipos como canto al futuro y que en los tiempos modernos nos abruman con una tecnología avasallante.

 Ya quedaron con destino de museo las chapas, las cubetas, los ácidos, el celuloide, las pinzas y las sagradas oscuridades.
   El único que en calidad de cómplice continúa este romance entre la figura y su artífice es el hombre; el fotógrafo rey de antigüedades, poses y paisajes; de felicidades y de tragedias.
   En periodismo -pasión abrasadora-  es el retratista del suceso que muchas veces no necesita palabras que lo expliquen y ni siquiera colores que lo vistan o lo hermoseen, porque basta con la inviolable certeza del instante único que no será igual a ningún otro instante. “Si pudiera contarlo con palabras no me sería necesario cargar con una cámara”, sostenía Lewis Hine.
   Puedo dar fe que son más audibles los latidos del propio corazón que el estrépito, el
fragor y los alaridos de una guerra; las llamas de un incendio, un grito de gol o el bramido de una tempestad, porque ese hombre vive la inminencia de escamotearle un retrato a la realidad de la que es partícipe y testigo privilegiado.
   Así es el fotoperiodista, muchas veces víctima de la injusticia del anonimato; del subterfugio de ignorarlo como si solo fuera trascendente el relato por encima del concluyente e indiscutible testimonio gráfico, lo que está refirmado por las marquesinas y la fama que a veces coronan a los cronistas casi en desmedro de los ilustradores y este juicio cabe también con relación a los camarógrafos.
   Existen para todos ellos y su valentía tanto el vocablo y el significado del peligro como el respeto al riesgo, la amenaza o el conflicto. Son los límites que les impone la prudencia, pese a que con frecuencia son objeto y carne como rehenes de quienes en cualquier parte del mundo plantean demandas o trasnochados caprichos.
   A la hora de homenajear en su día de celebración a los que trabajaron conmigo y con los que trabajé en la paz y en la guerra al igual que en terremotos y fiestas; en tragedias y momentos felices, el reconocimiento y la admiración de este periodista que jamás renegó de la trascendencia de los artífices de la imagen, único elemento que merece su eterna vigencia lejos de las sombras y las injusticias propias de los indignos, despreciables aunque humanos olvidos.
   Que el abrazo fraternal nos mantenga unidos y plenos de orgullo profesional. 
Gonio Ferrari