13 de septiembre de 2015

MIGUEL DE SAN VICENTE DE VIAJE CON SU MAGIA


   Era una delicia conversar con este tipo de talento integral, acelerado, ansioso, que vivía en la permanente y renovada búsqueda de cosas viejas que por ser parte del pasado a veces se refugiaban en la humana ingratitud de los olvidos.
   Y eso hacía Miguel Iriarte, Emperador de San Vicente, consumado e inconstante peluquero que regaló a los escenarios las costumbres, los dichos, las alegrías y los dramas que eran parte de ese otro escenario enorme que es la vida; la vida cercana, la de sus vecinos, la de quienes caminaban y madrugaban aquellas calles con poca luz y aliento a curtiembre y corso.
   Si la existencia de un ser tan especial se midiera en pocos segundos, es para concluir que Miguel nació en San Vicente, voló al Actor Studio de Nueva York y volvió a San Vicente para morir entre los suyos y crear por merecer, en ese instante, un agradecido monumento como pionero del cordobesismo, un título que por su origen y trascendencia no merece ser utilizado más allá de su propio y contundente significado cimentado en eso que algunos le llaman costumbrismo pero que en realidad es lisa y llana historia.
   Esa historia será con el tiempo la encargada de ventilar las mil peripecias del personaje, agudo y pertinaz observador, captador de gestos, ladrón de dichos y partero de actores y de actrices que para el cordobesismo auténtico inmortalizaron creaciones como San Vicente Super Star, 15 caras bonitas 15, Eran cinco hermanos y ella no era muy santa, que incluso despertaron polémicas y envidias en el mundillo farandulero que no alcanzaba a entender que ese negrito de barrio tuviera la magia autodidacta de consumar éxitos como esos, de tamaña taquilla y resonancia.
   Peor aún, cuando se iban enterando que Iriarte conducía talleres y armaba grupos teatrales en la Colonia Vidal Abal de Oliva, en ALPI, en cárceles para hombres y para mujeres y en los Hogares de Día, instituciones destinadas a la contención y atención de ancianos sin cobrar ni un cospel, digiriendo con frecuencia las demagógicas promesas de los dueños del poder.
   Miguel Iriarte fue un capo desde las tijeras hasta las tablas; desde el peine hasta la emoción; desde su desinteresada docencia hasta la amistad fraternal; desde su humildad hasta el compromiso de la adopción.
   Es ahora cuando más se merece una lágrima… y un aplauso.
Gonio Ferrari