15 de octubre de 2015

De Judas a nuestros tiempos -------

PRETEXTOS Y RESPONSABLES EN
TORNO DE LA ESTAMPIDA RADICAL

    Los tránsfugas, virtualmente ya se fueron.
   No cuenten con los que pisotearon la fidelidad de ideales.
   Se fueron, porque solo conversar aunque haya sido por curiosidad con el adversario, ya es haber perdido la confianza y la probidad hacia quien -mal o bien- les brindó cobijo hasta ahora. Por eso no es necesario expulsarlos ya que con repudiar tal actitud es cívicamente suficiente como para que la gente no ignore tales casos de exacerbada ciclotimia política e ideológica.
   Es complicado mutar de paradigmas, ejemplos y convicciones. 
   Cruzar la vereda no se justifica haciéndolo en nombre de las necesidades de la gente a menos que se haya mentido a la hora de enunciar objetivos y proyectos, con lo que flota la sensación muy cercana a la certeza, que es el precio que a veces se debe pagar por el ejercicio de la demagogia.
   Cuando generosamente a los burladores de la voluntad popular se les llamaba “panqueques”, surgió de allí una realidad que transforma ese mote en demasiado benigno porque vender su obligación cívica transfigura a los perjuros -nadie olvide que juraron lealtad- en pérfidos renegados de sus propias ideas y compromisos contraídos con la gente y consagrados en las urnas: no fueron elegidos para desertar sino para luchar por quienes los apoyaron y por los demás que no lo hicieron pero acataron la verdad y el mandato de los sufragios. 
   Ergo, la estafa es doble.
   Porque más allá de la felona y aleve actitud de Judas, la historia nos ha dejado otros penosos ejemplos de parecidas perfidias y es como si los responsables que renegaron de su obligación, buscaran refugio en la posibilidad de emerger de la basura ayudados por la benevolencia de quienes los tentaron a la aventura de la puñalada por la espalda pintándoles un paisaje de dudosa bonanza.
   No tan sólo el centenario partido de Alem, Yrigoyen, Illia y Alfonsín entre otros próceres padeció la estampida y en tal sentido la historia argentina está jalonada por episodios de similares características, aunque este caso nos golpea con mayor severidad porque nos sorprende más que como testigos, en condición de azorados protagonistas de la historia viva.
   ¿Cuántos radicales de viejo cuño o de reciente determinación se sienten defraudados, vendidos, marginados, enzainados y engañados por la dirigencia?
   Puede que en su defensa, si cabe, calce aquella sentencia de Gregorio Marañón quien sostuvo que “Cuando a un hombre le traicionan cuantos le rodean, más lógico que vituperar a los traidores es buscar la causa de que todos coincidan en traicionarle. Casi siempre esta causa es la falta de generosidad del traicionado”.
   Con seguridad, más de un joven ascendente, militante sacrificado, guerrero y comprometido, ha flaqueado en su fe radical al estrellarse contra el muro de los eternos y vetustos personajes de lo que queda, más cercano a un elenco estable que a un partido vivo, en movimiento, actualización y espíritu de lucha.
   Por más que se tome como repudiable la actitud de los que huyen, es en el mismo grado cuestionable la obcecación de muchos de los que quedan, aferrados a sus laureles de lustros atrás ahora mustios y envejecidos por los almanaques y por la propia realidad que pocas veces o casi nunca se preocuparon por renovar.
   Los que quisieron irse ya se fueron.
   Ahora los aguardan en el sitial de los jueces quienes confiaron en ellos y en las últimas horas están tratando de recordar y aplicar como analogía, aquello de las treinta monedas.
Gonio Ferrari