13 de octubre de 2015

Falta de argumentos ---------

¿PUBLICIDAD POLÍTICA O LA
INSTAURACIÓN DEL MIEDO?



“Vivimos en  un  tiempo  muy, muy ingenuo. Por 
ejemplo, las personas compran  productos cuya 
excelencia es anunciada por los mismos que los 
venden. Me  parece una prueba de ingenuidad”.
La  cita tiene su tiempo y es de Jorge L. Borges, 
anglófilo  declarado,  a lo que no hay que temer: 
Dieguito Maradona también  ha  pasado a serlo.

   Todo indica que al promesómetro de las variadas corrientes políticas le fallaron las pilas o estamos frente a una penosa falta de argumentos, como para convencer al electorado de las bondades que cada una exhibe como “mercadería” a ser votada el 25.
   Ya pasamos la etapa de la simbólica y almidonada seriedad que a todos mostraba como duques británicos, recorrimos la siguiente que fue la de descalificar al adversario de cualquier manera incluso sin dejar de lado alusiones a problemas físicos, luego vino algo parecido a “tomar envión” como que todos se sintieron ganadores, hasta caer a un miserable final donde el distintivo argumental es la instauración del miedo.

 Los grandes pensadores alguna vez se refirieron al miedo y James Froude lo definió como “el padre de la crueldad”, en tanto Octavio Paz sostuvo que “Las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas ha sido inyectado el veneno del miedo” y Hugo Wast fue terminante: “Que nadie se vaya a dormir teniéndote miedo pues se despertará teniéndote odio. Si quieres que te quieran no te hagas temer”. 
   Mientras en el cantero central de esta ancha avenida política desde el poderoso sector de la omnipresente propaganda oficialista -que pagamos todos- se agita el fantasma de la desaparición del festival de planes y subsidios y se hace hincapié en la Asignación Universal por Hijo transformando sospechosamente al beneficiario en rehén, desde una de las veredas opuestas las advertencias están centradas en el caos económico y social que sería emergente de la continuidad del modelo.
   En la acera de enfrente optaron por un falso tonito moderador aunque desafiante, apelando a que se sigan peleando entre los otros y esos tres protagonistas dejaron al margen en una actitud ideológicamente discriminatoria, al resto de los competidores y en especial a la izquierda legítima que no debe confundirse con la disfrazada de tal, que con su pasado violento vive en Puerto Madero.
   Las propuestas llegan a tal grado de delirio en muchos casos, que no tardan en mimetizarse entre sí conformando un intragable cóctel de utopías.
   Es como si se hubiera suscripto un repudiable pacto decretando la muerte de la lúcida confrontación de ideas; del frente a frente sin injurias pero con esperanzas; de llegar a la ilusión de compartir proyectos si de mejorar la calidad de vida de la sociedad se trata; de pelearla cada uno desde su propia trinchera baleando al enemigo y no al compatriota, pero sepultando esta estúpida costumbre de inspirar miedo como arma proselitista.
   No es la primera vez que se hace necesario recordar que desde hace tiempo los argentinos hemos eliminado al vidrio de nuestras costumbres alimentarias.
   La mayoría del electorado piensa, evalúa -unos con la mente, otros con el corazón y muchos con el bolsillo- y analiza la realidad con el grado de íntima honestidad que cada uno puede lucir, apelando tanto al presente como a la memoria, haciendo un guiño a un futuro demasiado cercano.
   Ese es el camino hacia la madurez del pensamiento que volvimos a recorrer desde el ‘83 cuando naufragaron la capucha, el secuestro extorsivo, la tortura y la muerte que dividieran tan penosamente a los argentinos en aquellos años de plomo y de sangre hermana.
   Que ahora no sea el miedo, de aquellos viejos y espantosos miedos que nos desvivimos por superar, lo que profundice la grieta que el autoritarismo y la sensualidad del poder insisten en fortalecer, por lo que ahora vemos, desde todo el arco ideológico en tiempos que debieran sacrificarse por la pacificación y la serenidad de los espíritus.
   Y tomar en cuenta la sentencia de Publio Siro: “Nadie llegó a la cumbre acompañado del miedo”.
Gonio Ferrari