26 de octubre de 2015

La única verdad es la realidad --------------

INTOLERANCIA Y AUTORITARISMO,
PADRES DEL VOTO VERGONZANTE

   Algo parecido ocurrió allá por el ’83 cuando la erguida figura de Luder miraba como de reojo a la humildad de Alfonsín en los primeros escarceos de la campaña proselitista, cuyo resultado nos aliviaría el pesar de tanta sangre derramada; de tantos derechos conculcados, de tantas injusticias perpetradas al amparo de las botas, el secuestro y la tortura, en nombre de la ley.
   Los malos recuerdos setentistas y el nacimiento del terrorismo de Estado durante el isabelato sirvieron para injertar un cierre relámpago en la mente de millones de argentinos que prefirieron esconder sus preferencias políticas para evitar el riesgo de la patota ideológica que pretendía imponer su rigor y su práctica.
   Cuando las encuestas auguraban festejos peronistas y por entonces las campañas eran con presencias reales y no virtuales como ahora, el miedo que a muchos inspiraba el futuro sirvió para que allí abrevara un alfonsinismo vergonzante que se escondía de las encuestas y de los febriles cálculos de los gurúes del pensamiento.
   Un enfervorizado Herminio Iglesias, contra lo que después opinaron los fracasadotes de la adivinación, encendió la mecha de la derrota que expandió su peligroso fuego a lo que vendría de la mano de la fórmula que el Justicialismo presentaba como la mejor y más potable alternativa de poder.
   El onanismo de siempre, de esos que piensan que solo votan los afiliados, se instaló con su ropaje de prepotencia dando por sentada una victoria que luego los acontecimientos mostraron que había nacido muerta después del fosforito que Iglesias acercó al ataúd, donde suponía que enterrarían al partido radical.
   Pasó el tiempo, la venganza se corporizó -entre otros- en Saúl Ubaldini y su enfermiza inclinación por los paros generales que impulsaba su CGT, “columna vertebral del movimiento peronista”.
   Pero volvamos al tema: la simpatía o la militancia vergonzante.

   Al náutico Scioli le auguraban el triunfo en la primera vuelta,  exagerando una humillante diferencia que los más delirantes ubicaban en el 20 por ciento por encima de un apichonado Macri, a quien mostraban como frecuente caminador de los pasillos y las salas de Comodoro Py y una diferencia abismal con Sergio Massa, el ambicioso tigrense con veleidades de encumbramiento.
   Ahora la realidad y los números se han encargado de sacar de la penumbra al voto de confianza a Macri y su política, escondido en la vergüenza íntima de miles de argentinos hartos de intolerancia y autoritarismo maquillado de democracia y cultor de un añorado, oxidado y percudido 54 por ciento de años atrás. 
   Eso de considerar traidores a la Patria a quienes no comulgan con el modelo nacional & popular; descalificar la opinión y el pensamiento en el disenso, el trato despectivo a una oposición que venía tomando silencioso envión, los desaciertos del gobierno, el abuso oficial en muchos sentidos, los ocultos índices adversos, fueron los elementos que se aunaron para la impensada catástrofe kirchnerista, que un apichonado Aníbal Fernández atribuyó a Clarín  y a Lanata en lugar de suicidarse con la autocrítica.
   Así como sorprendió la contundencia de Alfonsín en su momento, impactó en la ciudadanía el resultado de esta consulta que algunos sectores del alicaído oficialismo nacional habían tomado como un simple trámite de homologación de gestión, de renovación del cheque en blanco que la mayoría de los argentinos había endosado al ahora devaluado futuro.
   La incidencia del propio silencio hizo que la gente ocultara su intención de voto, escondiendo su simpatía con la propuesta de cambio porque las presiones fueron tales, que incluso llegaron a la amenaza de muerte a tantos planes de ayudas y subsidios que instrumentara el populismo instalado en el poder. 
   Y además, decretó la defunción de las encuestas manejadas más por intereses partidarios que por apego a la realidad, que a la postre resultó más certera, precisa y honesta que los pronósticos, muchos de ellos emparentados con la adivinanza y divorciados de la seriedad.
   El voto macrista-vergonzante salió a la luz, se hizo pueblo y cegó al poder.
   Es lo que siempre suele ocurrir cuando la gente deja de creer en los espejismos.
Gonio Ferrari