29 de noviembre de 2015

S.L.B.: 29/11/15 - (Emisión reducida a una hora, en el horario de 13 a 14) – YA SOMOS PARTE DE LA HISTORIA – EL CURIOSO CASO CORDOBÉS – SOLO ODIAN LOS MEDIOCRES – SIN MIEDOS NI SILENCIOS – SUOEM EN PIE DE GUERRA – LA MEGACAUSA, etc.

 Desgrabación de los comentarios del periodista Gonio Ferrari en su programa “Síganme los buenos” del 29-11-15 emitido por AM580 Radio Universidad de Córdoba.

SOMOS PARTE DE LA HISTORIA


   Ya está.
   Ya pasó.
   No me vengan ahora con aquello de “Ni vencedores ni vencidos” porque a los vencedores antes de la batalla ya los daban por muertos, empachados de votos y humillados por lo que se sostenía desde la prepotencia y el autoritarismo, que la revalidación de títulos era nada más que un trámite.
   Si bien no es elegante pegarle a nadie en el suelo, el morder el polvo de la derrota suele fortalecer a la gente de convicciones que restaña sus heridas y se prepara para la próxima batalla, por la que deberán esperar un tiempo apostando al fracaso de una gestión condicionada por los escollos que los políticos berretas sembraron en el camino de la alternancia.
   Es cierto que ha ganado la democracia, demostrando que el aparato estatal con sus
enormes ventajas, la máquina de imprimir dinero y el abuso de los medios periodísticos oficiales no es invulnerable y para vencerlo sólo hace falta un pueblo conciente de haber perdido los miedos, esos miedos que nos acosaran en los tristes años de las dictaduras que hemos sabido padecer.
   Pero ese otro miedo, el implantado en nombre de la democracia, es el más dañino y ruin porque pretendieron inocularlo en los sectores más postergados; en los dependientes del subsidio o del plan; en aquellos que de verdad han sido víctimas de un Estado abandónico que optó por el asistencialismo salvaje y desmedido en reemplazo de la creación de fuentes de trabajo, al menos para preservar eso que se llama dignidad.
   Los que perdieron deberán ahora, más que buscar responsables del fracaso -que son harto conocidos- esmerarse en cumplir con la breve transición sin delirios de venganza como lo anunciaron los intolerantes que nunca faltan, escudados en su temporaria fortaleza de cartón. 
   El pueblo se ha expresado.
   Vox pópuli, vox dei.
   Ahora más que nunca.

EL CURIOSO CASO CORDOBÉS


   Es llamativo que un mes atrás, el peronismo haya sostenido la gobernación cordobesa y este último domingo, el candidato kirchnerista ataviado de justicialismo, haya caído en la provincia, con el mismo electorado, por un sugestivo 70 por ciento a 30.
   No le busquemos la quinta pata al gato: los números son infalibles pese a ciertos manejos sospechosos impulsados por la desesperación de último momento, al ver diluirse el poder, morir las prebendas y oscurecerse el futuro.
   Fue claro el grito de esta Córdoba jetona y postergada que no se arrodilla: en lugar de aquel vetusto “que se vayan todos”, el clamor hecho urna fue “que se vayan ellos”.
   Pero antes de entregar las valijas al changarín de la historia, la cúpula nacional deberá cumplimentar lo que tanto esperó el gobierno de Córdoba agobiando a sus jubilados con la penosa, injusta y prepotente demora de liquidarles los aumentos por 6 meses y la aplicación de la tasa vial a los combustibles, razones por las cuales aquí todo es más caro.
   Es para rogar que más allá del merecido festejo delasotista, por ganar el equivalente a los premios del Quini 6 y el Loto durante un año todas las semanas, se cumpla con la promesa precomicial de restablecer la inmediata normalidad en esos dos aspectos.
   El inventor del cordobesismo, atacado impiadosamente desde Buenos Aires donde lo acusan de haber traicionado sus ideales, seguramente se inclinará por hacer cumplir eso que el promesómetro tantas veces anunciara aunque partiera del Gringo Schiaretti, inminente gobernador.
   Quienes cuestionan como inoportuno el fallo de la Corte Suprema, sin dudas no están acosados por las urgencias que desvelan a los jubilados, ni la indignación de los cordobeses que deben rendir culto al remiendo cada vez que cargan combustibles.
   Y si califican la sentencia como una factura póstuma que la Justicia desde su pináculo le pasa a los salientes, es porque reconocen -tardíamente reconocen- que cometieron una iniquidad contra las provincias que no se arrodillaron ni arriaron sus banderas del desoído reclamo.
   La humillación al prójimo tiene su precio, sus consecuencias y la comprensión de la sociedad, al menos de la tantas veces ofendida.

SOLO ODIAN LOS MEDIOCRES


   Es patético el caso de la inquilina de Olivos, porque esconder la realidad es instaurar el rencor, ya que si la transición no es honesta, generosa y transparente es porque la gestión fue oscura.
   Es lógico pese a las diferencias ideológicas que los separan, pensar en que quien deja el poder tiene la obligación al menos ética y moral, de facilitar el acceso de quien lo venció, a los vericuetos de la economía durante tanto tiempo encapsulada en dudosas estadísticas y cifras poco creíbles.
   La autocrítica avasallada por la altivez de la soberbia, es la gran materia que los que se niegan a una despedida decorosa, tienen pendiente con la sociedad.
   En política los odios condenan al olvido y en consecuencia la opción es olvidar a los rencorosos y que Dios les ayude en la eludida manera de asumir errores.
   Juan Domingo Perón, ex general de la Nación y tres veces presidente de la Nación por mandato popular, aquel “Potro” que de política algo sabía, supo sentenciar inapelablemente: “Cuando los pueblos agotan su paciencia, suelen hacer tronar el escarmiento”.
   Y a veces ocurre que más allá de la violencia que tiempo atrás utilizaron algunos de sus seguidores en tal intento, la historia recordará que a veces, ese escarmiento tiene la pacífica y democrática forma de votos, depositados en las urnas.
   Perdonar ofensas y desplantes suele ser atributo que actúa como distintivo de grandeza en quien asume esa postura y también es vacuna contra la mediocridad.
   Aunque Unamuno decía que “La  última y definitiva justicia es el perdón”, mucho tiempo atrás Shakespeare era terminante al sostener que “El perdón es casi siempre el padre de la reincidencia”.
   Los odios, los rencores, los perdones, los olvidos y la historia nunca, jamás, se llevaron bien.

SIN MIEDOS NI SILENCIOS


   Uno de los primeros anuncios del presidente electo fue el desmantelamiento del programa propagandístico 6-7-8 de la TV pública, con el agregado que no se reemplazará por un 8-7-6 ni parecido, como homenaje a la libertad de opinar sin ser considerado traidor a la patria, destituyente, cipayo o empleado de Magnetto y de los medios opositores.
   Y como todo indica que esa será política de Estado, es para suponer que perderá su perniciosa vigencia esa curiosa categoría del periodismo militante, muchos de cuyos cultores se marginaron y creyeron marginarnos de la profesión para transformarse en intolerantes mercenarios ideológicos del modelo gobernante.
   Más allá del daño que le hicieron a muchos colegas, es hora de continuar la vida sin odios, rencores ni ansias de revancha, elementos disociantes que en los últimos años profundizaron penosamente las diferencias entre los argentinos.
   Es patético y denigrante que ahora, cuando presienten el espanto de una previsible despedida y la caducidad del padrinazgo político, exijan el respeto que nunca tuvieron por sus pares ni por la dignidad de la profesión.
   Aunque la generosa indulgencia imponga clemencia a la hora del juicio de valores, ello no implica el olvido porque es la memoria el componente más valioso de la justicia y de la historia.
   Pueden ahora los trasnochados asegurar que nadie cercenó la libertad de opinar y eso es cierto, pero siguió vigente como elemento condicionante el perverso sistema de premios y castigos, de la mano de una suculenta pauta publicitaria estatal que encumbraba a los aplaudidores y sepultaba a los criticones.
   Odio la futurología pero me encantaría en un tiempo prudencial, poder comentar que nos sentimos libres todos los periodistas; que hemos desterrado los miedos y los silencios; que no se rifa nuestra opinión al mejor postor.
   Será el tiempo de gozar la plenitud de la libertad que no es ni fue graciosa concesión de ningún gobierno, sino que está consagrada en nuestra Constitución como parte de esa maravilla de sistema de vida, respeto y convivencia que es la democracia.
   Quienes piensen que el autoritarismo, la marginación y el odio son superiores, que suban a la máquina del tiempo y se ubiquen dentro de la historia, en el lugar y el año que quieran.
   Pero serán inexorablemente parte del pasado.
   Porque el discurso único es un intelectualizado disfraz con el que se viste la tiranía.


LA MUNICIPALIDAD PARALELA


   Es gracioso y desorienta a la vez la desaforada queja del sindicato de municipales, acusando a Mestre y su equipo de pretender crear una municipalidad paralela, cuando ellos, los gremialistas, crearon una por su cuenta, que desde hace años pretende cogobernar con la que eligiera la ciudadanía.
   Más allá que a ellos no los eligió nadie, no es la primera vez que se espantan frente a la posibilidad de ser controlados, o que se tercericen todos los servicios que dejan de cumplir por sus reiterados caprichos, que luego transforman en asambleas que les llaman informativas pero que lisa y llanamente son paros encubiertos que perjudican a la gestión, pero a la vez son una injuria a los vecinos.
   La feroz interna que se vive en el seno de la organización gremial se ha desplazado de su cauce intestino para trascender en perjuicio hacia quienes, con sus impuestos, sostienen los elevados estándares salariales de más de diez mil empleados que revistan en la comuna capitalina.
   Y el mandamás del sindicato, acostumbrado a la prebenda de no trabajar, amparado en sus discutibles fueros sindicales, necesita mostrar imagen de guerrero para tener el camino liberado hacia el que puede ser su último mandato, antes de jubilarse, pero no como empleado municipal sino como secretario general del gremio, al que conduce con dureza desde hace más de tres décadas.
   La ciudadanía cordobesa no merece asumir la eterna condición de rehén, seguir siendo víctima de desplantes y amenazas o asistir al reiterado festival del daño y la prepotencia que los malos empleados protagonizan movidos por dirigentes que necesitan aparecer combativos.
   Los reiterados y violentos ataques a la libre circulación y los perjuicios que sufren bienes de la comunidad configuran delitos y es hora que algún fiscal actúe de oficio frente a su consumación.
   Poner límites a sus interminables reuniones donde se les encienden los ánimos, es tan legal como el acto de justicia de no pagarles por las horas que dejan de trabajar.
   No se les prohíbe protestar, pero sí es un deber exigirles respeto por los vecinos.

LA MEGACAUSA

   La libertad, definida por la Real Academia Española como la facultad natural del hombre para obrar, hacer o decir cuanto no se oponga a las leyes, reconocida por casi todos los Códigos y enarbolada por toda organización defensora de derechos, es hoy una garantía tan elemental como pisoteada.
   Podemos considerar que la prisión preventiva masiva aplicada en forma sistemática a los imputados en la causa del Registro, constituye un grave atropello a este bien primordial en el que, además del apresurado arrebato de la libertad ambulatoria sólo “por las dudas”, subyacen mecanismos de presión, amedrentamiento o extorsión para provocar la desesperación de hacer o decir lo que sea para retomar la vida normal.
   Una lógica de pensamiento indica que no difieren mucho robar una cartera, apropiarse de un espacio ajeno o arrancar la libertad en un minuto a un inocente.
   Pero esto último reviste mayor gravedad cuanto que proviene de quienes han sido investidos para administrar  Justicia y esta responsabilidad  fue tajantemente marcada desde afuera.

   Los agravios a la libertad no pueden ni deben tolerarse, ya que sin ese respaldo fundamental, cualquier sociedad está condenada a desaparecer.