18 de diciembre de 2015

Actitud “destituyente” -----------------------

DE AQUELLOS CACEROLAZOS
A “PINTARSE LA CARA” COMO 
EN LA SEMANA SANTA DEL ‘87

No muy atrás en el tiempo, desde el
oficialismo kirchnerista censuraban
las manifestaciones de protesta que
se convocaban en todo el país y las
consideraban desestabilizadoras al
gobierno nacional y popular. Ahora,
la situación ha quedado a la inversa.

   En el tema de las ebriedades, bien sabemos que en manos de la cultura ciudadana son catalogadas según cómo luzca el afectado, porque si es de alta alcurnia estaremos frente a una dulce, inofensiva y social beodez; si se trata de un clase media el rótulo será “estar en copas”, “alegre” o que “empinó el codo”. Pero si hablamos de un pobretón, piruja, marginal o desheredado, no irá más allá de la curda, “estar mosca”, “mamado” o ser esclavo casi vitalicio de un furibundo pedo.
   Como en muchos otros aspectos de la sociedad que nos cobija, todo depende desde qué ángulo se lo mire para caer a la hora del juicio, en actitudes tales como indulgencia, reproche, penitencia, castigo, envidia, desintoxicación o indiferencia. Pero siempre, inexcusablemente, los enfoques estarán ajustados a conveniencias sectoriales.
   Desde menos de un par de años atrás cuando se pusieron de moda (importada) las ruidosas protestas callejeras sin portación de banderas ni estandartes pero sí con creativas y artesanales pancartas, todo al estrepitoso ruido de las cacerolas maltratadas con fruición, desde el poder nacional & popular se las descalificó tratándolas de gorilescos intentos destituyentes que alentaban un golpe de estado. En esas manifestaciones no se observaban banderas ni símbolos de partidos políticos pero en cambio había fervor y ansias de expandir un mensaje que rompiera las barreras de la indiferencia oficial.
   Atrás iban quedando los ominosos miedos y los oscuros silencios distintivos de la última tiranía genocida. La militancia kirchnerista ridiculizaba y descalificaba por supuestamente elitistas a estas expresiones de la gente y los “periodistas militantes” menoscababan su creciente trascendencia.
   Pero las convocatorias se multiplicaban en las plazas del país y se masificaba la asistencia alimentada por el descontento, las dudas y las incertidumbres con cara al futuro, cuando se intentaba convencer al pueblo que la pobreza no existía, que la inseguridad era una sensación y la inflación y la pérdida del poder adquisitivo del salario no eran otra cosa que un invento de los medios periodísticos concentrados alrededor de Clarín, “el que miente”.
   ¡Cómo nos cambian los tiempos!
   Ahora desde el absurdo de no asumir la derrota pero tomando conciencia de la maraña de corrupción cuyo velo se va descorriendo con el transcurrir de los días, los delirantes de siempre han estructurado algo que le llaman “resistencia” a la determinación de una mayoría legítima.
   Ahora son ellos, el brazo trasnochado de su proyecto fallido, los impulsores de la violencia -una vez más- que pretende reemplazar al límpido himno de las urnas con el concluyente mensaje de una relevante parte de la sociedad, que optó por otro modelo de conducción.
   Y “se pintan la cara” como en aquella loca semana santa, sumando los escuadrones femeninos de Hebe de Bonafini con su “batallón Schoklender” y Milagro Sala, al frente de la prepotencia que encarnan muchos de sus enardecidos seguidores, mercenarios del apriete y por la convicción de la dádiva.
   No convocan para golpear cacerolas ni hacer escuchar sus demandas, sino para “resistir” con la fuerza y la intimidación el dictamen de la voluntad popular.
   Roguemos que el casi místico germen de este burdo intento pretendidamente destituyente no supere la barrera de la bravata y la amenaza, métodos que la ciudadanía argentina busca erradicar definitivamente de su cultura, en nombre de la salud y la integridad de la República y de sus Instituciones. 
   Aunque suene a fantasía, los caceroleros de antes eran considerados cipayos traidores a la Patria y los que protestan ahora son románticos militantes y patriotas respetables.  
   En nuestro viejo y florido idioma y en un párrafo de las “Coplas a la muerte de su padre”, Jorge Manrique dos siglos atrás se adelantó a los tiempos: “…cuán presto se va el placer, cómo después de acordado, da dolor; cómo, a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor”.
   Ese juicio en el caso de la democracia argentina no está en manos de los hombres, sino de la Historia.
Gonio Ferrari