18 de enero de 2016

18 de enero de 1983 / 18 de enero de 2015 -----

DOS MUERTES Y UN MISMO DOLOR 
PARA LA DEMOCRACIA ARGENTINA



Fueron los trasnochados del infame  onganiato los 
artífices de un reiterado quiebre de nuestro sistema
democrático. Y fue la versión  delirante de aquellos
enemigos de la verdad, mano impune que empuñó
un arma para encubrir la atrocidad de la Amia y los
grises vericuetos de  la sospechosa política interna

   Suena poco oportuno tan siquiera intentar un paralelo entre las vidas de un monumento a la decencia como lo fuera el Dr. Arturo Umberto Illia, ex presidente argentino, con el desafortunado final del Dr. Natalio Alberto Nisman, Fiscal de la Nación, investigador de la causa Amia y de varias denuncias contra la ex primera mandataria Doña Cristina Fernández de Kirchner.
   La única coincidencia en lo aparente, es la fecha de los decesos: Illia el 18 de enero de 1983 y Nisman el 18 de enero de 2015, una distancia de 32 años en la cíclicamente convulsionada historia de nuestro  país, de las instituciones de la República y de su gente.
   Illia, hijo de un matrimonio de tanos, había nacido en Pergamino, provincia de Buenos Aires pero por elección, convicción y compromiso se había radicado en Cruz del Eje donde ejerció como médico, visitaba a sus enfermos, les llevaba medicamentos que compraba con dinero de su bolsillo y fue siempre enemigo de las ostentaciones, aparte de no contar con bienes que las justificaran.
   Su carrera política lo llevó a la Presidencia de la Nación, encaró medidas de fondo que afectaron a ciertas corporaciones, comentando entonces “No les tengo miedo a los de afuera que nos quieren comprar, sino a los de adentro que nos quieren vender”. Y el poder militar de entonces le bajó el pulgar con la cínica actitud de Juan Carlos Onganía y su pandilla.
   Nunca existió tamaña libertad de expresión y de opinión como en el gobierno de Illia, quien debió soportar más allá de los insultos la mofa permanente, cruel y despiadada que aludía a su lentitud provinciana.
   Pero no cerró ningún diario, no censuró a ningún periodista, no acalló ninguna radio, no cuestionó a la TV desde donde era atacado sistemáticamente y alguien debe recordar las contadas ocasiones en que utilizó la cadena nacional, hasta el punto de sostener que “Una nación está en peligro cuando su presidente habla todos los días y se cree la persona más importante del país”.
   Lo derrocaron porque los facciosos sabían que Illia no propiciaría en defensa de su cargo, el enfrentamiento entre compatriotas civiles y militares. Y se fue de la Presidencia con lo mismo que había llegado, para lo que basta leer su declaración de bienes al ser despojado de su cargo: ni propiedades más allá de su casa, ni hoteles, ni aviones, ni automóviles, ni bóvedas con efectivo, sociedades sospechosas, testaferros, prestanombres, acciones en el exterior o depósitos ocultos. 
   Fue un ejemplo de honestidad y modestia sin altisonancias ni falsas posturas: un demócrata por excelencia que dejó a su familia al margen de las cuestiones políticas aunque no pudo evitar que dos de sus hijos después las abrazaran con pasión y la misma heredada decencia.
   Hablar ahora de Natalio Alberto Nisman no llevará tanto tiempo ni tantas palabras por lo reciente de su actuación y lo fulminante de su no querido adiós porque todo indica que la teoría del suicidio se derrumba, cuando se van conociendo algunos pormenores que en nada contribuyen a sostenerla.
   Lo penoso -sumado a una muerte injusta y terrible- fue el escenario que se armó para presentar la autoeliminación ilógica y escasamente creíble, de un funcionario judicial de elevado rango que se aprestaba a escribir una página memorable en su carrera.
   Las amistades y los compromisos ideológicos -internos e internacionales- de nuestro gobierno saliente son parte del ADN de esta historia de intrigas y presiones que sin embargo, dan para pensar que no alcanzaban para crearle a Nisman un pánico escénico que lo llevara al suicidio.
   Pero lo mismo lo suicidaron al amparo de una tenebrosa trama política y judicialmente
sometida a “tropa adicta”, apoyada en la inhumana descalificación del muerto que no se podía defender, en las dudas que se urdieron incluso acerca de su vida sexual y que nunca, ni siquiera por mandato protocolar, haya surgido del gobierno el más mínimo mensaje de condolencia hacia sus hijas y toda su familia.
   Más allá de la insigne cobardía de atacar al indefenso subyace el agravante de la eliminación de pruebas, de la manipulación de testimonios, de la oscuridad en el procedimiento inmediato a su muerte, todo en manos de quienes en pocas horas más debían responder ante la Justicia por los cargos que formulara, precisamente, el Fiscal Nisman.
   Duele la coincidencia de la fecha, en dos casos tan distintos.
   Nisman no puede acusar y  tampoco defenderse.
   Lo apretaron en vida y lo acallaron con la muerte.
   Illia ya es una de las partes más tiernas de nuestra historia.
   ¿Será por eso que se lo extraña y necesita?
Gonio Ferrari