10 de febrero de 2016

Cada día, una sorpresa ---------------

TENEMOS NUESTRA PROPIA Y
MERECIDA CAJA DE PANDORA


   Desde el 10 de diciembre y en una sucesión como de culebrón televisivo sudaca, van apareciendo sorpresas que a la vez descorren velos de la más recóndita, empedernida e implacable corrupción vivida por los argentinos en los últimos tiempos.
   Día tras día se va conociendo -y ampliando- la legión de ñoquis y oscuros beneficiarios de prebendas como funcionarios, sus amigos y miles de militantes a quienes se asignaron jugosos sueldos por no hacer nada, o por tomarse el trabajo de aplaudir.
   El vicepresidente motoquero que supimos conseguir debe ser condecorado por su generosidad: hasta tenía amigos que cobraban sueldo viviendo en Australia y sin dejar entre nosotros ni una mísera gota de transpiración, igual que los esquimales aunque ellos trabajan para sobremorir.
   Documentación que se roba o se oculta, salas “vip” para los mandamases de algunos organismos, “arreglos” desde el poder para la evasión de impuestos, gastos desorbitados en cosas innecesarias que vencieron a muchas prioridades en el orden social y lo más corriente, la apropiación de los puestos públicos para transformarlos en bolsa de trabajo destinada a militantes, amigos, barrabravas o amantes de ambos sexos y también del tercero.
   Cada día nos acostamos con alguna nueva sorpresa y también cada día nos despertamos con otra, como si los que ahora se han tomado la tarea de limpiar la mugre lo fueran haciendo despacito,  pausadamente, para que se conozca mejor.
   Bien sabemos que en nuestro país existen las cajas de sorpresas, esas que entregan regalos y golosinas cuando las abren, así como la piñata de origen mexicano que en las fiestas infantiles reparte caramelos, chicles y confites a diestra y siniestra milésimas de segundo después de su explosión.
   Los británicos y los yankis tienen su “jack in the box”, un muñeco con cuerpo de bandoneón vertical que al abrirse la caja que lo contiene salta un payasito para asustarte, hacerte reír o esparcir talco perfumado.
   Hurgando en la historia, es como si esos elementos tuvieran el mismo origen.
   Si había mujeres curiosas en la mitología griega allá cuando los siglos estaban en un dígito romano, una de ellas era Pandora, creada por orden de Zeus quien estaba enojadísimo con Prometeo, quien le había robado su fuego para entregárselo a los humanos.
   Pandora se casó con Epimeteo, hermano de Prometeo y entre los regalos recibidos y acomodados en la vitrina había un misterioso pithos (ya existían), tinaja ovalada, inviolablemente cerrada, que en las instrucciones “de uso” se aconsejaba no abrirla bajo ninguna circunstancia.
   Y Pandora mujer al fin, no pudo con su ansiedad para pispiar el contenido.
   Y abrió su caja obsequio.
   ¡Para qué lo hubiera hecho!
   De lo recóndito de la tinaja escaparon despavoridos todos los males del mundo y al avivarse del error cometido, Pandora quiso cerrar el recipiente cuando ya era demasiado tarde: los males habían sido liberados.
   Sin embargo, sólo uno de ellos permaneció en el encierro y ese era Elpis, espíritu de la esperanza.
   Un pilón de siglos después, a los argentinos nos viene sucediendo lo mismo.
Gonio Ferrari