6 de marzo de 2016

EL TERROR RESIDUAL Y LA ALERGIA A LOS BARROTES

                                                                      
El miedo es padre de la
                                                                    crueldad. (James Froude)


   No es tanto el tiempo que ha transcurrido desde aquellas maniobras encaminadas a instaurar el terror a lo que se venía y fogoneado por la más recalcitrante de las organizaciones destinadas a la profundización de las diferencias entre los argentinos: La Cámpora. Todo se hacía desde antes de la campaña preelectoral, atemorizando a la ciudadanía con los fantasmas de la desocupación, el costo de vida y las perspectivas de miseria para la clase trabajadora si no se optaba por la continuidad “K”.
   De todas maneras, ni en la mente más delirante de esos rentados soldados de la causa que los había en todos los ámbitos -la mayoría beneficiarios de becas al ocio en pago de militancia- quedaba lugar para las dudas acerca del triunfo comicial que de forma casi automática por lo equivocadamente previsible, los iba acercando a la eternidad en el poder.
   Meter miedo era la consigna que como efecto colateral arrastró quebrantos de lazos familiares, enconos entre amigos, inestabilidad emocional entre adversarios, porque todos ellos -todos- pasaron a ser una curiosa y lamentable mezcla de enemigos: los cultores del autoritarismo y el discurso único en una vereda y en la otra los acostumbrados al sano ejercicio del disenso en el marco de un sistema democrático que recuperamos en el ‘83.
   Las acciones del respeto se derrumbaron en el mercado del debate.
   La soberbia desde el poder intentó imponer aquella peregrina idea de la debacle como si no votar la prolongación sería la condena de caer al más insalvable de los abismos. Ni siquiera tuvieron la hidalguía de la autocrítica por sentirse iluminados y dueños absolutos de la verdad.
   Perdieron y no estaban preparados para la derrota.
   Perdieron y aún la resignación no forma parte de su ajado y triunfalista discurso, pretendiendo reemplazar los lamentos y el odio creciente con altivez y arrogancia que sólo les sirve para hundirse más en su propio fango del desencuentro que supieron alimentar.
   Con esa altanería llorona y lamentosa fueron descubriendo sus ocultos errores, los actos de la corrupción más atroz que recuerde nuestra historia, hasta el punto de transformar a María Julia en mechera y a Mazorín en punguista. Carlos Saúl I de Anillaco quedó para figurar en el santoral y Martínez de Hoz pasó a ser un incontaminado boy scout.
   Los dedos acusadores se multiplicaron desde las fiscalías y la impunidad de la que gozaran se había diluido en las urnas. Era el momento de comenzar a responder por tantos silencios, por tamaño ocultamiento de la realidad, por esa enfermiza costumbre de mentir y de negar.
   Los relojes de la historia estaban marcando la hora de la Justicia, tardía pero Justicia al fin, que sacaron de su letargo a los sordos y ciegos maquilladores de la vívida verdad, que seguían durmiendo en el lecho de su indemnidad ahora de cartón.
   Allí empezaron a enloquecer frente a la inminencia del banquillo, de la balanza y de la señora con los ojos vendados.
   Apenas citaron a la abogada exitosa para que respondiera acusaciones, con la premura que no tuvieron para gobernar estructuraron una movida de agitación recreando su poco feliz experiencia de embadurnarnos de miedo: “No la toquen porque …” y multiplicaron la bravata en muros, estandartes, pancartas y en las redes sociales.

  Una muestra de sectarismo emparentado con el encubrimiento y la complicidad mafiosa y agresiva, ofendiendo a la majestad de una justicia a la que ellos creyeron “domesticar” escamoteándole la independencia. La ceguera y el fanatismo no hacen buenas migas con la democracia y La Cámpora sigue en la creencia del rebaño ciudadano, ese mismo rebaño que les mostró pacíficamente dentro de la legalidad, que el modelo -pese a algunos logros en lo social- había fracasado y que los votos no son de los partidos sino de la gente.
   Para oponer la razón por encima de la violencia que prometen instaurar, los argentinos apegados a la ley tienen -tenemos- el mejor de los antídotos contra la iracundia nacida en el tardío desencanto que los trasnochados vienen padeciendo cuando no estaban preparados para asumirlo. Es el respeto por las mayorías y el innegociable amor por la democracia.  
   Demasiada sangre nos costó recuperarla para consentir que ahora se empeñen en rifarla a los caprichos del autoritarismo residual, ese que empezó a temblar por su propio miedo alimentado por la alergia a los tribunales, a los fiscales, a los jueces y a los barrotes.
   Los nostálgicos de la concentración de poder están demostrando que aquel remanido aunque justo clamor de “memoria, verdad y justicia” era de aplicación hacia fuera y ahora lo transforman en pavoroso cuando son ellos los destinatarios.
   Ya hemos perdido el miedo.
   Lo empezamos a sepultar en el ‘83
   Es de ciudadanos dignos reemplazarlo sin miedos por la acción común, la tolerancia y el apego a la ley.
   Los argentinos no merecemos sufrir más.