6 de abril de 2016

El despertar de una larga siesta ----------------

SIN LA JUSTICIA ¿QUÉ SON LOS REINOS
SINO UNA PARTIDA DE SALTEADORES?

Esta maravillosa definición es de San Agustín y nuestra realidad nos viene castigando con la inmarchitable lozanía de su vigencia


   No deja de ser una maravilloso deleite doméstico eso de destapar la olla para encontrarnos con lo más apetecible de nuestra lujuria gastronómica: un manjar en plena cocción lo que nos lleva a la inevitable instancia del babeo, sensación que los italianos golosos definen gráficamente como “l’ acqualino in bocca”.

 El comienzo -tardío pero comienzo al fin- de las acciones para llevar a juicio a los sospechados de haber vaciado una buena porción de las arcas del Estado, le aportó a la ciudadanía decente el valioso antídoto que reclamaba su impaciencia, que en el apuro por tener culpables tras las rejas, no tomó en cuenta que para poner de pié a un país saqueado antes que nada hay que identificar (por si hiciera falta), detener, juzgar y condenar a los responsables del latrocinio.
   Buscando y encontrando el respeto por las garantías constitucionales, aquella señora de blanca túnica con los ojos vendados -no siempre- y una balanza -con su fiel algunas veces inclinado- despertó de su laaaarga siesta, sacudió su modorra de una década, sopló una nube gris que venía desde Panamá y les puso metálicos grilletes en las muñecas a dos símbolos, al menos, de la olvidable y memorable -a la vez- impunidad maquiavélicamente consagrada desde el poder.
   Las cosas están donde deben estar: en manos de la Justicia y sin las acostumbradas y
nefastas presiones políticas o ideológicas que durante tanto tiempo maquillaron de legalidad a caprichos impulsados por la necesidad y la urgencia de mantener la indemnidad para el saqueo. Así como se alentó la grieta en la sociedad argentina para dividir y seguir reinando, se buscó arteramente sectorizar a la Justicia separando a los adeptos de los rebeldes o apegados a la ley, aunque estuvieran pisando el siglo de vida.
   Posiblemente sea la materialización de aquella sentencia peroniana que refería a la reacción de los pueblos cuando agotan su paciencia, aunque aún estemos lejos del escarmiento porque recobrar la paz sólo sería posible si los depredadores devolvieran el jugoso fruto de sus andanzas de pillajes y ocultamientos.

 Roguemos que se haga carne entre nosotros no únicamente la sensación sino la certeza de la recuperación de la honestidad, la decencia y el imperio de la ley, ahora desde arriba hacia abajo. Es un pesar que esta generación del sufrimiento arrastrará de por vida, pero dejará como valiosa herencia los cimientos del honor, el decoro y la virtud que vimos dilapidar en nuestras narices y no supimos reaccionar hasta que tomamos cabal conciencia del innegociable valor de las urnas y el respeto por su mensaje.
   Porque si hay que limpiar la casa, que esa limpieza se haga afuera de sus límites a los últimos moradores, pero sin dejar de lado la pulcritud interior que es lo que la hará vivible para quienes la habiten después.
   Para los trasnochados y delirantes nostálgicos, alimentados y sostenidos por la cleptocracia, les quedará el sabor de sus años felices hecho consuelo, aunque alcanzaran aquel sentimiento apoyado en el sufrimiento ajeno, porque es oportuno tener presente para no olvidar jamás, que cuando se posee la fuerza -esa de la que tanta gala hicieron- se deja de invocar a la Justicia.
Gonio Ferrari