3 de mayo de 2016

HOY ES EL DIA MUNDIAL DE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN


   Suele ser un argumento de los gobiernos autoritarios, sostener que le esta otorgando a los medios periodísticos y por ende a la ciudadanía, el beneficio o la gracia de poder decir lo que se les antoje.
   La necedad está en que ningún gobierno debiera asumir esa temeraria potestad, porque la verdad sea dicha, es un derecho consagrado en nuestra Constitución Nacional y es básico en los genuinos sistemas democráticos.
   Si desde el poder se pregona la generosidad de dejarnos opinar o hablar, es cuando más se esconde la censura disfrazada de varias sutiles maneras, como son el condicionamiento económico a través de la pauta publicitaria, la discriminación a la hora de informar o el perverso y tan aplicado sistema de premios y castigos.
   Existe entre nosotros y ya es conocida por su práctica habitual, la malsana costumbre oficial de suponer que con la onerosa y por lo general inoportuna publicidad de los actos de gobierno, que es un disfraz de promoción partidaria, se compran aplausos.
   O que con los montos exagerados que se destinan a los medios de mayor audiencia, se pagan silencios.
   Ambas posturas, en definitiva, son dos de las visiones que nos aporta esa insuperable
vocación por la hipocresía que caracteriza a muchos de nuestros políticos, y más aún cuando manejan eso tan sensual que es el poder.
   Después de todo, el hecho de sentirse salvajemente libre está en cada uno de nosotros, con una sutil diferencia: los que tomamos esa actitud como una forma de vida, y los grises que al quedar bien con Dios y con Satanás, creen que transmiten una imagen de libertad.
   Y a la hora de hablar de libertad de expresión, mi abierto desdén profesional hacia aquellos que se dicen colegas, enrolados antes de la derrota y firmes ahora por su postura negadora, en esa curiosa figura del “periodismo militante”, cuando solo fueron y persisten en su actitud de exagerados propagandistas de un modelo que fracasó en las urnas, pese a lo cual no asumen la realidad.    
   Por suerte, nos conocemos todos. 
Gonio Ferrari