15 de junio de 2016

LA CORRUPCIÓN TANTAS VECES NEGADA SE ASOMÓ Y MOSTRÓ SU MÁS PERVERSA EXISTENCIA


   Atrás en el tiempo, como si hubieran transcurrido muchos más años, quedaron para la indignada evocación y los ingratos recuerdos aquellas cadenas nacionales de TV elaboradas con una impecable escenografía de honestidad, que la realidad reciente se encargó de desnudar en su real y dolorosa endeblez de cartón.
   Ya está la contracara. 
   Ya se vio lo de ayer y lo hemos atesorado. 
   Ya lo sentimos en el escalofrío de la sorpresa y esa dolorosa y gélida sensación de una puñalada con un cuchillo de hielo en el alma. 
   Los anuncios de la “década ganada” eran pomposamente serios, alentadores y dejaban traslucir una dorada grandeza futura, plasmada en rutas y otras obras magníficas que en el corto plazo mejorarían nuestra calidad de vida y aventarían todas esas sospechas que una oposición exacerbada por la concentración mediática imaginaba y creaba fantasmas vestidos de rapiña e indecencia.
   Desde la cúspide montada en el pedestal de la soberbia se cansaron de menoscabar nuestra inteligencia y mientras nos refregaban en las narices los fabulosos y cercanos tiempos del esplendor nacional y popular, esas mismas manos que aplaudían cada anuncio ya estaban sucias de saqueo con las uñas podridas que rasgaban las entrañas de un pueblo careciente por una parte, y anestesiado con las dádivas, por la otra.

 La justicia parcialmente domesticada se permitió lucir la ceguera de la complicidad y el apañamiento de situaciones claramente delictivas, que por eso de la prestidigitación política y su indignante lentitud devenían en casi inocentes y risueñas travesuras.
   Es por eso que posiblemente se haya sentado la base de una deplorable banalización de una realidad lacerante que escondió la pobreza y a los pobres; que manipuló todas las estadísticas y mintió que estábamos creciendo mientras día a día resbalábamos en el tobogán hacia la crítica e inevitable descomposición social.
   Desde el poder se alentó la configuración de un muro que separó a los aplaudidores de los críticos e impuso una repudiable distancia que transformó a los opositores en enemigos, destrozando el ejercicio del disenso y ahondando esa vapuleada grieta que tuvo su origen, precisamente, en la taimada y autoritaria arrogancia que se fortalecía en la cúpula y desde allí descendía para menoscabar y humillar a todo aquel ciudadano que osara pensar distinto del discurso oficial.
   Pese a todas las evidencias que se iban recogiendo y tomando conocimiento público, dos actitudes sobresalieron al respecto: en primer lugar la negación lisa y llana de los ilícitos y en caso que las versiones o las probanzas acuciaran la técnica se repetía en culpar siempre al prójimo con cero sentido y práctica de la autocrítica.
   El kirchnerismo estructuró una campaña precomicial basada en dudosas realizaciones, oscuros logros y principalmente sustentada en la descalificación de sus opositores y las empresas encargadas de las encuestas fallaron de medio a medio porque la mayoría complaciente y bien paga, se esmeró en asegurarles un triunfo y la continuidad en el sillón presidencial.
   El manifiesto e inocultable descontento de la sociedad quedó evidenciado en los guarismos finales, que desplazaron a un sorprendido modelo de gobierno que no estaba preparado para la derrota, hasta el punto que pasados varios meses, los que fueron sus principales personeros aún no terminaron de asumir ni digerir.
   Poco a poco fueron apareciendo los nichos de corrupción que involucraron a numerosos y encumbrados dirigentes que en muchos casos ni se dieron por enterados como consecuencia de la pachorra judicial que elaboraba sus chicanas hacia adentro, en una curiosa actitud de encubrimiento.  
   Ya estaba Lázaro Baez en el centro de la escena, a la vez que revoloteaba en la memoria de muchos sureños alguna sospechosa e irresuelta muerte ¿en un accidente? de quien fuera uno de los principales realizadores de la obra pública y estrechamente vinculado con el matrimonio que se alternara en el poder en el lejano y ventoso confín y luego en la Casa Rosada, prolijamente desplazado de aquellos quehaceres y reemplazado por el ahorrativo ex cajero de banco. 
   Uno de los puntos culminantes fue la mesa de La Rosadita donde se apilaban millones de dólares, atribuibles a parte del malhabido tesoro “K”, que para los nostálgicos no era más que un episodio aislado en el que, precisamente, se contaba dinero lo que no asumía el formato de una actividad ilícita.
   El estrépito mediático hizo que pasaran a un segundo plano algunas preocupaciones ciudadanas tales como las sospechas sobre los mentados “sueños compartidos”, las andanzas extraoficiales de quien ocupara la vicepresidencia de la Nación, el comportamiento de personajes tales como D’Elía, Moreno, De Vido o Jaime, los excesos que -entre otros- se cometieron en la utilización del Estado como bolsa de trabajo para la militancia adicta, la situación de Aerolíneas Argentinas, la venta de YPF, el contrato con Chevron, el pacto con Irán y otros temas menores que pese a la gravedad que adquiría cada situación, siempre hubo algo parecido a un blindaje que protegía a la expresidenta y exitosa abogada.
   La sospechosa muerte por homicidio o suicidio de un Fiscal mantuvo en vilo a la opinión pública pero luego esa  inquietud se amesetó superada por episodios que fueron creciendo en gravedad y trascendencia, pasando incluso por una especie de giro de brújula en las relaciones entre el Papa Francisco y los argentinos, hasta que llegamos al amanecer del reciente martes 14 de junio, que con toda certeza marcará una trascendente bisagra cuando se escriba la historia de la corrupción en nuestro país.
   Es tan conocido ya el caso en su profusión de detalles que van de lo jurídico a lo grotesco,
que cronicarlos ahora sería caer en una tonta e inútil reiteración.
   Decenas de intervenciones del principal protagonista de este gravísimo como inédito episodio donde queda certificada la cercanía del Ingeniero José López con la Sra. Cristina, llevan a pensar que una relación entre ambos iba más allá de lo institucional para configurar una cercanía societaria o al menos de un evidente conocimiento recíproco de todas sus actividades, desde el momento que ambos coincidieron en la función pública durante más de un cuarto de siglo, comenzando en la municipalidad de Rio Gallegos hasta terminar en el ministerio de Obras Públicas de la Nación como mano derecha de Julio De Vido.
   Si el dinero que se pretendió “depositar” en el convento llegó a los 10 millones de dólares, miles de euros y moneda catarí sumado a joyas y costosísimos relojes, es lo de menos.
   Lo trascendente fue la actitud del exfuncionario, desesperado y acosado por la inminencia de un allanamiento del que alguien le avisó y por eso adoptó la temeraria resolución de concretar la maniobra al amanecer, a donde estaba seguro que sería bien recibido, con la inocencia o el conocimiento de las monjitas a quienes frecuentaba al igual que De Vido, Scioli y otros mandamases.
   Le secuestraron una fortuna, una ametralladora y lo más importante, dos teléfonos celulares donde con toda certeza están registrados los llamados realizados y recibidos que serán claves para poner todo absolutamente en claro.
   Es para rogar que todas las actuaciones sean derivadas a una fiscalía cuyo titular no registre antecedentes como potencial suicida.
   “El drama del poder es que pone a personas ordinarias ante tentaciones extraordinarias”, sentenciaba Woodrow Wilson, aunque para los argentinos de bien es más contundente y aplicable una cita de Emerson: “No hay en todo el mundo cavernas que puedan ocultar a un malvado. Para el que comete un crimen, toda la Tierra es de vidrio”.
   De la historia reciente, ayer se comenzó a escribir uno de los capítulos más salientes por lo sórdido y feroz, que en sus conclusiones permitirá reconocernos como justos, desmemoriados o indiferentes.
Gonio Ferrari