8 de julio de 2016


   El pensamiento propio me obliga a sostener con el paso -y el peso- de los años, que la independencia es igual a la libertad: si no es salvaje, no es aconsejable cometer la exageración de llamarle independencia.
   Porque una cosa es el legado de aquellos próceres que en Tucumán sacudieron el yugo de entonces y otra es la realidad actual que si somos absolutamente sinceros en la evaluación, llegaremos a la convicción que en muchos aspectos, seguimos tanto o más dependientes que en 1816.
   Generalmente los argentinos, apegados por idiosincrasia a las nostalgias, en los días patrios solemos deleitarnos al escuchar las radios copadas por fervores folklóricos de antaño, que se volatilizan en pocas horas cuando los intereses comerciales manejados desde el exterior, nos vuelven a invadir.
   Citando esa situación como ejemplo, en todos los órdenes de la vida nacional ocurre casi lo mismo al advertir lo que sucede en la economía, en el deporte y en todos los usos y costumbres que son parte de nuestra no definida identidad, que soportó y todavía soporta influencias no sólo de nuestros antepasados nativos sino de quienes alguna vez nos sojuzgaron.
   La globalización que pulverizó barreras y distancias permitió que irrumpieran en nuestra vida ciertos elementos nocivos que llevaron a desvirtuar valores que creíamos acendrados en la cultura propia y lo que puede ser tenido como símbolo dentro del campo productivo, es la muerte virtual del trigo a manos de la soja, imposición de los mercados internacionales que dejará como consecuencia, al decir de muchos entendidos, el agotamiento de la tierra para intentar en el tiempo retomar aquello de “el granero del mundo” cuando el hambre tanto exterior como interno nos obligue a volver a las espigas.
   Por creernos independientes y autoválidos nos encerramos y la tecnología extranjera nos superó sin esfuerzos y en la mayoría de los casos, llegamos tarde y nos conformamos con llamarle progreso a nuestra condición de armadores más que de fabricantes, de productos que en el exterior ya están discontinuados.
   No ha perdido actualidad lo que comentara un año atrás en este mismo espacio: “En lo político, los del interior dependemos del humor porteño, de las trenzas que se arman, de los acuerdos que se concretan, de las fidelidades que se exijan, de las broncas que se generen o de las mentiras a las que estaríamos obligados a tomar como verdades.
   En lo deportivo, dependemos de cómo se estructuren los campeonatos, de cómo se comporten los árbitros y de qué apoyo económico estatal reciban nuestras instituciones.
   En lo cultural, de qué música nos impongan como moda, qué ropa nos insten a usar, qué comidas y bebidas nos sugieran casi como una obligación de consumo”.
   Sostener desde un curioso sentido del patriotismo que somos independientes, tomado con algo de escepticismo es para confesarnos cultores de una mal disimulada hipocresía en coincidencia con lo que siglos atrás sostuviera Cicerón: “De todos los hechos culpables ninguno tan grande como el de aquellos que, cuando más nos están engañando, tratan de aparentar bondad”.
   Aranguren, por caso, no puede sentirse independiente ni pretender que lo tengamos como tal.
Gonio Ferrari