21 de septiembre de 2016

21 de septiembre sin edad -------

PRIMAVERA, ESTALLIDO DEL 
COLOR Y DE LAS HORMONAS

   A la hora de las evocaciones, lo primero que surge al mencionar el Dia del Estudiante en la llegada de la primavera, es un rito transformado en clásico que originariamente fue privativo de la familias pero el tiempo le puso mostacillas y frescura al cedérselo a los jóvenes en un día tan especial como lo es cada 21 de septiembre en este hemisferio: el picnic.
   Añosamente vigente así se hiciera en La Calera, en el Parque Sarmiento, en Cabalango, en la Piedra Pintada de Villa Dolores o en cualquier punto geográfico adonde también fueran mujeres ya dispuestas a prescindir de encubridores pulóveres y otras prendas inventadas para el odiado arte de ocultar.
   En ninguno de estos lugares faltarían las hormigas, el pan olvidado en el pasto o el primer beso arteramente robado que dos personas atesoran en un rinconcito del alma y para toda la vida.
   Porque así eran las cosas, para el escenario del tácito acuerdo en que ellas llevarían los sándwiches y nosotros la coca.
   Ahora, en muchos casos, que ellas se hagan cargo de las ensaladas dietéticas y el yogur, mientras los muchachos piensan en el Fernando, algunos en las burbujas y otros en los preservativos.
   Son los signos de cada época y nadie debiera escandalizarse por ello.
   Pero la magia y el misterio siguen rodeando esa improvisada mesa sobre el pasto, con el sol que te parte la cabeza pero está la mirada de ella; sí, de ella, la que te tiene loco, a la que sueñas despierto y te exita dormido, que es lo que hace superar cualquier problema menos su lejanía.
   Eso, desde siempre, se llama amor aunque sea un flechazo, un espejismo o el comienzo de algo que derrotará a los tiempos.
   Porque también ella luce el desafiante e inédito atavío de una seducción que le hace bailar las hormonas al ritmo de una visceral pirotecnia que florece en el centro del pecho. O de los pechos.
   Porque no han sido pocas las familias que tuvieron por origen aquel legendario picnic donde varios perdimos la cordura y muchas la virtud.
   Aunque pasen los tiempos; aunque habitemos Saturno o consigamos enfriar al Sol, jamás se perderá la evocación de aquellos instantes mágicos en que nos creíamos hombres y ellas ya se sabían mujeres.
   Esos remotos arrebatos, que ahora se atribuyen a la estudiantina, no eran otra cosa que la explosión sensual que ahora ataca sin edades y sin sexos, pero que cada vez menos nos ocupamos de ocultar.
   La primavera, verdugo de los ocres inviernos y concubina del color, del calor creciente, de los suspiros y de las flores, ya está entre nosotros para que la recibamos con el alma henchida de felicidad como homenaje a los recuerdos y las nostalgias de tiempos idos, tan lejanos y a la vez presentes en el momento de evocarlos.
   Debe ser por eso que cuando el espíritu no envejece y tenemos la dicha de la serena plenitud, la llegada de la primavera tiene cada vez que ocurre, el explosivo despertar del amor naciente, ese dulce yugo de renovada frescura que silenciosamente nos encadena al placer de sentirnos vivos.
   Aunque dejando vacíos, tristezas y silencios hayan pasado demasiados años, casi como resucitando aquellos bisoños, inexpertos e íntimamente húmedos tiempos del picnic…
Gonio Ferrari