6 de septiembre de 2016

Crisis en la salud pública ------------------

DESGRACIA Y NECESIDAD AJENAS
COMO VIL ELEMENTO DE PRESIÓN

   La verdad no conozco los motivos que han llevado a que la salud pública ingrese a un campo deplorable como lo es utilizar las enfermedades, las desgracias y los apremios de una urgencia para presionar al gobierno o a quien fuera para alcanzar objetivos que en los papeles pueden ser justos, pero los métodos que se aplican se acercan más al delito y al repudio que a la justificación.
   No conozco tampoco ni viene al caso si los que restringen sus servicios que estaban comprometidos con bastante antelación son médicos clínicos, especialistas, enfermeros o expertos en chatas y papagayos, porque todos hacen al conjunto de recuperar la salud y alejar la enfermedad para volver a un maravilloso estado de bienestar.
   Tomar como rehén a la salud del prójimo es una bajeza imperdonable, así lo practiquen por vía de protestas gremiales o cuando la acción es corporativa manejada desde la colegiación, muchos de cuyos integrantes olvidaron el meneado “juramento hipocrático” para caer en la penosa costumbre de erigirse en salvadores de vidas sólo cuando se les satisfacen sus demandas o caprichos.
   Y si es por repartir culpas, el Estado con una perniciosa actitud especulativa y abandónica empuja a los artífices de aquel bienestar a la banquina de la impotencia porque a decir verdad, no son muchos los elementos con los que cuentan para presionar, hacerse escuchar y negociar con sentido humanitario y aunque más no fuera una pizca de la perdida solidaridad.
   Si faltan insumos, si las condiciones edilicias no son las óptimas, si se vencen los contratos, no son problemas por los que se pueda culpar a la ciudadanía que paga sus impuestos para recibir una atención como la que se merece por tributar bajo presión y que el poder afecte después esos dineros a cualquier rubro, menos para los declamados por lo general en las campañas proselitistas.
   Es una bajeza moral someter a la impotencia a quien se sacrifica viajando repetidamente desde el interior o desde un barrio alejado para encontrarse con el insultante “No hay turnos” o frente a la negativa de la consulta y de ninguna manera es válido pretexto eso de “atender solo las urgencias” porque para un enfermo, y más si es pobre, todas, absolutamente todas son urgencias.
   Seguramente quienes motorizan las protestas salvajes que atentan contra la salud pública son personas sanas y sin apremios en materia de atención médica.
   Pero son potenciales enfermos cuando utilizan las dolencias y los padecimientos del prójimo -y peor aún cuando se trata de niños- para potenciar sus pretensiones, en un marco de doloroso egoísmo.
   Los enfermos desplazados por indiferencia sindical, colegiada o estatal no tienen la culpa.
Gonio Ferrari